Recuerdos de Oranienburg

IMG_1094

Conocí a Monti un mes de agosto de temperaturas extremas que se empeñaban en asolar las plantaciones de tulipanes de Holanda y todos los jardines de Centroeuropa. Maldita la hora que elegí esas fechas para visitar Berlín. Era (hablo en pasado porque dudo que nuestras vidas vuelvan a cruzarse) una chica mallorquina, bien parecida, que dijo haber estudiado Turismo y tener veintisiete años. Después de alguna otra ciudad, había recalado allí, para trabajar en el hotel Eurostars, en Friedrichstrasse. También se dedicaba al free tour. Yo la conocí en uno de ellos. Espero que, aunque ya hace algún tiempo de eso, la memoria no me traicione y pueda ajustarme a la veracidad de todo lo a mí y otros cuantos nos fue transmitido.

Pese a mi interés por conocer Postdam, regresar al Reichstag, Alexanderplatz, la Puerta de Brandemburgo, la Filarmónica o Postdamerplatz, perdí la votación y no me quedó otra que citarme en Sachsenhausen. Mi cuerpo se había hecho a la festividad veraniega y no tenía ganas de contemplar penas que estaba harto de ver en infinidad de películas. Bastantes había visto ya allí, porque otra cosa no tendrá Berlín, pero obscenidades humanas tiene unas cuantas. La pérdida del plebiscito fue tan estrepitosa que no solo me tocó ver el campo de concentración; también me tocó hacerlo en una visita guiada y, aunque era un free tour, por supuesto, pagarlo. Fue un pleno al quince del que no me arrepentiré jamás.

El lugar de encuentro, una famosísima e histórica puerta, donde se alza la efigie de la victoria, abierta a una plaza cuyo nombre conmemorativo lo dice todo: Pariser platz. En el largo recorrido desde Brandenburger Tor a Oranienburg, el pequeño pueblo a treinta y cinco kilómetros de Berlín donde se encontraba la reclusión, primero, en el tren y, luego, según caminábamos, Monti, de grupo en grupo, fue arañando complicidades entre la clientela. A cuestas con una experiencia previa en la misma ciudad, y acostumbrado a desconfiar en este mundo tan mercantilizado, pensé: “hay que ver cómo se curra la gente el euro y la voluntad desde el primer momento”.

Conforme recorríamos andando el camino que hay desde la estación de Oranienburg a Sachsenhausen iba observando las construcciones e intentando identificar cuáles eran anteriores y cuáles posteriores a 1990. O, lo que es lo mismo, cuales habían sido construidas en la antigua República Democrática y cuáles en la gran Alemania. Eran fácilmente reconocibles. Tras un paseo de unos quince minutos, doblamos una calle, a lo largo de la que, a izquierda y a derecha, se extendían un sinfín de chalets aislados de construcción antigua, pero con un estupendo aspecto, todos ellos con su parcela ajardinada. “Aquí debía ser donde vivieran los jefazos de la RDA”, —pensé—. Según me volvía para fotografiar la estampa, el grupo se detuvo y comenzaron las explicaciones. Algunas advertencias para gente sensible y un poco más de propaganda acerca de que aquello no era una excursión turística al uso. Yo seguía con mis contrariadas meditaciones: “Bueno, y ahora nos enseñarán un par de pijamas a rayas y un par de hornos crematorios. Y ya hemos echado el día. Con lo bonito que tienen que ser los palacios de Postdam y el puente de los espías.”

El acceso inicial al campo era una gran verja de hierro que, tras repetidas llamadas, terminó por abrirse. Ya dentro, Monti se encargó de obtener los tickets de todo el grupo. Totalmente gratuitos. Tal como comentó, desde el principio, los alemanes decidieron que no podía sacarse provecho del horror. Tal vez, de esa forma, confían en expiar un poco sus bochornos.

En el vestíbulo del recinto, en una enorme placa de bronce, existe una maqueta del terreno en las que puede observarse el antes y el después. No recuerdo de cuántas hectáreas habló sobre su extensión, pero eran bastantes, dentro de un entramado urbanístico bien diseñado. Los numerosos chalets que acabábamos de dejar atrás formaban parte del complejo. Eran las residencias de los oficiales y suboficiales a cuyo cargo estaba el chiringo. Entre las primeras explicaciones, su antigüedad y un detalle importante: a diferencia de otros, como Auschwitz o Treblinka, no fue concebido como campo de exterminio; ni siquiera para judíos. Era un territorio experimental cuyos primeros moradores fueron los adversarios políticos de la ideología del orgullo, la culpabilización de los demás y la búsqueda del espacio vital que, como un reguero de pólvora, se extendió por toda la nación, sin que dentro ni fuera nadie pudiera o se atreviera a toserla. Visto lo visto y oído lo oído, en comparación con otros, y en principio, Sachsenhausen era un hotel de cinco estrellas y un paraíso.

Después, nos fuimos adentrando al corazón y lo profundo del lugar hasta llegar, ahora sí, a la puerta que constituye el recibidor de aquella pocilga inmunda. Las primeras explicaciones versaron sobre el lema que preside la puerta y la maldad intrínseca en el mismo: “el trabajo os hará libres” (porque con él encontraréis la muerte) y el recibimiento que se daba a los nuevos inquilinos. Justo a la entrada los hacían formar y comenzaba la iniquidad. Según escuchaba los pormenores, imaginé el lugar en una tarde noche del mes de diciembre de helada niebla y, de continuo, recordé la angustia instalada en el vientre, en las mismas fechas y circunstancias, mirando los árboles descarnados que, como manos crispadas, se alzaban por encima de la muralla que daba acceso al Batallón Alba de Tormes del Regimiento de Cazadores de Montaña Arapiles 62 que hacía más de treinta y cinco años que no había vuelto a ver. Comparado con aquello, una minucia. Con temperaturas que, a veces, llegaban a los diez, quince y veinte grados bajo cero, los hacían desnudarse por completo y así entraban al campo: desnudos y degradados. Desnudo el cuerpo, desnuda la mente, desnudos los sentimientos, desnuda la vergüenza: desnudez total. Luego, tras unos cuantos manguerazos purificadores, les entregaban el famoso traje, con un trozo de tela cosido al mismo de un color identificativo del motivo de su estancia (políticos, homosexuales, gitanos, judíos, testigos de Jehová) y unos zapatos de quinta mano, que deberían proteger de sus congéneres, para no quedarse descalzos. Pese al calor, el contacto directo con esta realidad me hizo sentir un cierto escalofrío.

Ya dentro del recinto, de diseño triangular, en primer lugar, una gran extensión donde se hacía formar a los prisioneros, la conocida apellplatz o patio de revista, en la que los concentrados eran contados varias veces al día, según las explicaciones recibidas al momento, y donde permanecían en pie las horas que hicieran falta si el recuento fallaba. Una superficie negra al costado, sobre la que los recluidos se morían andando y corriendo a base de probar hasta el desgaste las futuras botas de los soldados; la calle principal, las torres de vigilancia, la alambrada electrificada, otra previa enrollada de espino y el perímetro delimitador del espacio de los recluidos: una franja, de unos dos metros de ancho, antes de los alambres de púas, que los concentrados no podían pisar bajo ningún concepto, a riesgo de morir en el acto. Porque su actitud sería entendida como intento de fuga y ante la misma los guardias de las torres tenían órdenes estrictas de disparar a matar. Monti aprovechó esta referencia para comentar hasta qué punto les quitaban la dignidad. En ciertas ocasiones, los presos, incapaces de soportar tanta ignominia, decidían acabar con su vida, pisando aquella frontera infranqueable. Y, en esos momentos, cuando su deseo de morir era evidente, los guardias no disparaban. Eso hubiera sido demasiada bondad. El mensaje era claro: tú no dispones sobre tu vida, sobre ella sólo disponemos nosotros, a cuya aquiescencia estás sometido. Y morirás —si mueres— cuando, cómo y dónde nosotros lo deseemos. No sé si fue la congoja o el calor, pero la boca se me iba quedando seca y me resultaba difícil tragar.

Al frente, rellenos de grava, se adivinaban los solares que habían ocupado los barracones y a la derecha dos edificaciones. Una de ellas contenía las celdas de aislamiento y, la otra, en madera, el único barracón en pie que, nos dijo, estaba casi tal como era originalmente. Ella se abstuvo de acceder —como guía no tenía autorizada la entrada— y nos instó a visitarlos.

Comoquiera que todos enfilaron al tinglado de madera, yo tomé dirección primero a las celdas de castigo. A simple vista, los habitáculos, individuales, no parecían malos lugares, para ser lo que eran. Tenían un tamaño admisible, una cama individual y, alguno, hasta una silla y una pequeña mesa de trabajo. Henri Charriére, en su inolvidable Papillón, describe bastante peor los existentes años más tarde en la Guayana Francesa. Junto a los mismos, ya fuera del edificio, tres postes de madera, en los que en lo alto sobresalía un hierro claveteado en perpendicular. Ahí radicaba la verdadera diferencia. De esos artefactos (garruchas los llamaban) colgaban de las muñecas con los brazos a la espalda, a los recluidos. Cuando después de horas (a veces días) sus cuerpos terminaban de descoyuntarse, y su voluntad era doblegada, accedían a las celdas. Eso fue lo que luego contó Monti.

Antes de eso yo ya había visitado el barracón 38 que aún se mantenía en pie. Se encontraba al otro lado de “la calle”  y, todo él, era de madera. Para invierno y para verano. La primera vista, “los dormitorios”, tampoco terminó de impresionarme. La diferencia de materiales la ponía el tiempo, pero he dormido demasiadas noches en cobertizos hacinados en los que, al despuntar el alba, los cristales tenían más de un dedo de hielo por dentro. También en literas por las que corrían ratones que, al ser descubiertos, se escondían en una ratonera a cuarenta centímetros de mi almohada. No obstante, lo que vino después ya fue más difícil de digerir. En los aseos, unas enormes palanganas de hierro en las que, con agua helada y, por turno, tocaba lavarse la cara. Junto a ellas, sin aislamiento alguno, una hilera de wáteres donde vaciar las inmundicias a la vista de todos y en compañía. Como perros. A cuatro metros, las estancias. El hedor permanente en los meses de verano debía ser insoportable. Monti nos pidió que observáramos un camastro aislado que había al inicio de la sala de las literas. Era el que correspondía al capo del barracón, las más de las veces un delincuente común, que era quien, por delegación, imponía su autoridad a los demás, se encargaba del mantenimiento del orden y era el primero en conseguir las delaciones. Le iba en ello su status y/o su vida.

Nos adentramos hasta el lugar donde se encontraba la enfermería, hoy convertida en museo. Allí, pijamas y fotos varias, una carretilla que servía para transportar a los muertos (idéntica a la que sale en La Lista de Schindler) y, amén de otros artilugios, un medidor de altura. Cuando estalló, por fin, la guerra, y cuando se comenzó a dar muerte sistemática a los prisioneros, los ideólogos nazis observaron que los fusilamientos volvían agresiva y huraña a la tropa. La identificación del muerto con el propio disparo y la imagen de aquél desvaneciéndose hacían mella en la moral de la soldadesca que buscaba apagar esos fuegos en el alcohol y el juego, mostrando un exceso de agresividad entre ellos. Para evitarlo, primero diseñaron un sistema en el que de tres fusileros, sólo uno de ellos tenía una bala buena. Las demás resultaban de fogueo. Ninguno sabía qué fusil tenía el proyectil de la muerte. Pero aquello no era suficiente y, además, era muy caro. Poco después idearon el medidor de alturas. Éste disponía de un agujero que se ajustaba al cráneo de la persona medida. El aparato se colocaba junto a una pared, que también había sido perforada, y desde otra habitación, para no ver así al asesinado, alguien disparaba una pistola en la que un tercero había introducido la munición. Era como querer descargarse de la culpa de cualquier manera.

Según pasó el tiempo, y según se acordó la llamada solución final, comenzaron a funcionar los hornos crematorios y el exterminio generalizado. Aquí la excusa era un examen médico en virtud del cual, de habitación en habitación, el presidiario se iba desnudando, para, al final, recibir una inyección letal y, seguidamente, pasar por uno de los hornos crematorios que, como la rampa de fusilamiento, se instalaron en los confines del campo en un lugar vedado a los presos. Terminamos viendo los laboratorios y escuchando algunas otras historias de experimentos con los internos que ya no recuerdo. No hablaré de números, porque son sólo eso: números, que todos conocen, cuanto más grandes más fríos, cuya frialdad no permitiré que nuble el contenido de esta transcripción.

Terminado el recorrido, llegó el momento de la prosa gorda. Monti nos arengó. Nos dijo que lo que más quería era que contáramos lo que allí habíamos visto y como había sido nuestra experiencia con ella, cosa que yo no he hecho hasta ahora. Luego, con una exquisita manera de pedir nuestra generosidad, extendió los brazos con una bolsa negra y opaca en las manos, cerró los ojos y giró la cabeza. aboné el doble de lo que pensaba darle. Se lo había ganado. Pero yo venía escamado de otro free tour, tres días atrás, de la tercera parte de tiempo y la décima de contenido, en el que el guía, que nos había repetido cinco veces que le habían puesto una multa de cien euros al ir hacia allá y lo que costaban las visitas guiadas de pago, no había tenido tantos miramientos al momento de reclamar nuestras dádivas, que se entregaron a la cara, en público y de frente.

Salí de allí pensando en escribir alguna vez sobre aquello que acababa de descubrir. Pero no hay mayor agente del mutismo que el dolor. Y éste se me caló hondo. Sin embargo, tenía una cierta exigencia de exteriorizar agobios extraños y pasados que, en pocas horas, se me acomodaron como propios. No fue lo que vi, fue lo que escuché, allí, en el escenario de los hechos, porque, sin el relato, las imágenes no eran nada. Me resultaba (me resulta) difícil encontrar las palabras adecuadas para describirlo y para describir lo que uno siente al contemplarlo. Pero no ha mucho, desde aquí, alguien ha despertado aquella necesidad.

De regreso al presente, en el tren, Monti fue despidiéndose de cada grupo y cada pareja, y ofreciendo consejos turísticos. No pude reprimir la pregunta y, haciéndole ver que era personal, le dije:

— ¿qué siente una chica como tú cuándo cada mañana se desayuna con estas miserias?

No sé si su respuesta fue verdad o tan sólo la verdad que creyó yo demandaba en aquel momento. Me habló de sus comienzos de free tour en los que acudía todos los días de la semana a aquel lugar; de los cursos preparatorios que estaban obligados a realizar allí mismo para ser fieles en su relato histórico; de visitantes que lloraban al oír las historias; del momento en que decidió que no podía seguir haciendo aquello, porque se estaba ahogando; de cómo decidió hacer otros tours y de cómo volvió a éste, aunque sólo una vez por semana, porque el imperativo de contar a los demás y expulsar de dentro aquello tan aprendido, le había hecho superar su tormento. También me habló de algunos compañeros que no pudieron resistirlo y tuvieron que dejarlo para siempre. Yo la creí. Porque negarla y pensar que, en una persona tan joven, aquello era sólo pura pose y negocio, dejaba reducidas a escombros las posibilidades de creer, siquiera un poco, en el género humano.

Se bajó del tren en Friedrichstrasse, una estación antes que nosotros, camino de su trabajo, y se marchó aconsejándonos qué ver en Postdam en lo poco que quedaba del día. Lo hicimos al día siguiente, que era el de vuelta. Antes, a lo largo de la visita, nos había recomendado un par de películas, lejos del comercialismo de algunas otras, que reflejan con pulcritud de notario lo allí sucedido. Confesaré que no he visto ninguna. Tal vez, porque la persona, sin ser consciente, huye de las penurias y tristezas. Y porque ni quería ni quiero admitir en mi individualidad sórdidos comportamientos de mis semejantes que, siéndome lejanos y ajenos, me hacen sentir como una losa mi condición de hombre en este mundo tan inhumano. Sea cual sea el color del horror y del terror, se repite a lo largo de la historia. En cada nueva ocasión, con más refinamiento.

A orillas del río Spree, Berlín es una ciudad donde los olores a inframundo gritan junto a los chirridos de trenes frenando. También es una urbe, en continua reconstrucción, llena de bicicletas raudas y fabulosos tesoros expoliados a los que tanto tuvieron y ahora sólo tienen guerras. Lo mismo sucede en París y Londres. Son los privilegios de pertenecer al club de los poderosos. Es, asimismo, una ciudad cosmopolita, a día de hoy llena de mestizaje y tolerancia. Sin duda, son el producto del torrente que explotó un nueve de noviembre de 1989, en el que las cárceles del pensamiento y los muros de la vergüenza saltaron en mil pedazos como revienta el dique de un pantano que no puede contener tanta agua presa. Sin embargo, dicen, con razón, que Berlín es una ciudad que siente el oprobio de su pasado; que es una tierra donde el orgullo prusiano, pisoteado en Versalles, no acierta a explicarse a sí mismo la sevicia y el frenesí de la orgía de sangre y bacanal de muerte que, unos años más tarde de aquella paz mezquina (Alemania debe pagar), y en el furor de la mayor crisis económica conocida hasta entonces, se desmadró por todo el imperio en la creencia de intentar restablecerlo. En 2010, casi un siglo después, Alemania terminó de pagar las sanciones económicas del tratado de paz de la Gran Guerra. Pobres berlineses. Primero la humillación, luego los nazis y después los soviéticos.

Excluidas las atómicas, no debe haber ciudad en el mundo que haya necesitado la caída de tantas bombas para domesticarla. Tampoco hay, que yo sepa, ninguna otra que haya sido partida en dos de la noche a la mañana. Algunos hablan de Beirut, pero ésta no tiene muro. Junto a la ópera y cerca Alexanderplatz, en la universidad de Humboldt, uno se encuentra con los retratos de varias decenas de premios Nobel (por cierto, todos hombres) y, al fondo de una escalera que quiere representar el ascenso del saber, la frase que aún la preside: una bonita cita de Karl Marx, alumno de aquella, sobre la necesidad de cambiar el mundo. ¿Quién no se apunta a ese carro? Ahora viene lo difícil, ¿cómo lo hacemos respetando al hombre?

Anuncios

La búsqueda

La busqueda

Tras la pérdida de Yolanda comprendí, de inmediato, que debía salir a buscar a nuevos seguidores. Hombres y mujeres, jóvenes y jóvenas, que supieran apreciar mi talento y estuvieran a la altura de mis disertaciones, dispuestos a decírmelo sin tapujos ni medias tintas. Que me doraran la píldora y me engordaran el ego, porque, de otra forma, ¿qué era yo sin mi ego? ¿Por qué me había creado un blog si no era para satisfacer mi vanidad y sentir todo lo estupendo que era? En otro caso, podría dedicarme a los negocios. Pese a la crisis, creo que si me empeñara hasta podría hacerlo bien. O a explotar mis conocimientos de determinada materia. Pero eso, ya había concluido que no era para mí. En este momento. De modo que decidí rejuvenecerme y tirarme a eso del internet y las redes sociales. Sin miramientos. A tumba abierta.

Para abrir boca, empecé por inaugurar una cuenta en Twitter, otra en Facebook, una tercera en Instagram, y una cuarta  en Pinterest, un par de blogs adicionales al que ya tenía (uno de WordPress y otro de Blogspot), y hasta un canal en YouTube. No es que yo fuera el genio de Aladino manejándome en estos lugares, pero era ahí donde había que estar, porque, a las fechas actuales, si no estás en el ciberespacio, no estás en el mundo. Y eres un carca y un analfabeto.

Por el tiempo que tardé en abrirme todas esas cuentas -unas tres tardes-, deduje que iban a exigir mucho de mí: o dejaba el trabajo, o desatendía a la familia, o dejaba todos mis hobbies, o dejaba de escribir, o un poco de todas las cosas juntas.

Conseguida la hazaña de estar presente en el universo, o sea, de existir, había llegado el momento de hacerse visible. Podía esperar como Jesús diciendo aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”, pero me temía yo que -todavía- no era un dios con tanto poder de convocatoria. De tal manera, que llegué a la conclusión que había que aplicar el viejo adagio de “si la montaña no viene a Mahoma, tendrá que ir Mahoma a la montaña”. Y así lo hice.

Empecé por el Twitter. Parecía el más facilón. Se trataba de escoger seguidores (followers en el lenguaje de la red, que menos mal que existe el traductor de Google, que si no iba a pasar las de Caín con tanta palabrita del imperio) con el fin de provocar un efecto de reciprocidad e incluso alguna reacción en cadena. Y, ¿por dónde empiezo? Vamos a ver, yo no iba a hablar de fútbol (o sí, ¿quién sabe?), ni de delincuentes de cuello blanco (o sí, ¿quién sabe?), porque de los otros sí, que siempre dieron mucho juego para contar cosas. En cualquier caso, y en resumidas cuentas, necesitaba buscar gente que le gustara leer. Para que me leyeran, ¡joder! Y para que me hicieran llegar sus cantos de sirena. ¿De qué me iba a servir buscar a gente que supiera hacer punto de cruz? Aunque pensándolo bien, considerando que es una actividad muy femenina, seguro que me serviría más que si supieran mucho de fútbol. No es por menospreciar ese bello, noble y desinteresado deporte -que a mí me gusta como al que más-, sino porque las féminas suelen leer más que los varones, y tener la sensibilidad en más partes que el hombre. Que ya sabemos todos donde la concentra. Por tanto, tenía que buscar gente que le gustara leer. Y si ya escribían, sería la repanocha. El público femenino era buen candidato.

¿Y cómo busco yo a gente con esas características? El Twitter me había pedido mis aficiones y, al día siguiente de dar de alta la cuenta, ya me había mandado tres correos con las de gentes supuestamente afines a mis gustos. Las eché un vistazo. Ya, pero a estos tíos y estas tías, que no tengo ni idea de quiénes son, no los conoce ni la madre que los parió. ¿Y si alguno me sale rana? Menuda propaganda. De eso nada. Hay que indagar otras alternativas. Decidí buscar cuentas que tuvieran nombres de escritores famosos y universales. Sólo los hispanos. ¡Pues sólo me faltaba buscarlos anglosajones! Para no entender ni papa de las presentaciones.

Comencé por los viejos Gabo y Cortázar (bueno, a esas alturas, para desgracia de la humanidad, ya eran más que viejos). Salieron más de veinte cuentas, todas ellas con zorrocientos mil seguidores. Las más suculentas, apenas seguían a un par de cientos de personas. Aprecié el desequilibrio y concluí meditarlo despacio antes de tomar una decisión. Por un momento, el Alzheimer me atrapó, así que tiré por la calle de en medio y me fui a San Google a preguntarle por escritores famosos que estuvieran vivos. En la primera lista que encontré, junto a los que escriben en cristiano, había unos cuantos hijos de la Gran Bretaña y de la Commonwealth, pero, despreciando estos, me podía servir con los otros para empezar.

El primero de la lista era Carlos Ruiz Zafón: más de sesenta mil seguidores en Twitter, pero él sólo seguía a siete. Me uní a la marabunta. ¿Cómo no voy a seguir a D. Carlos? Busqué otros autores de renombre que recordé y no estaban en la lista. Mario Vargas Llosa: menos de mil quinientos seguidores, pero él sólo seguía a cinco. Esto tenía que estar equivocado. Sí, ya sé que no genera muchas simpatías, pero, joder, es que escribe cojonudamente. Determiné seguirle también. Proseguí con los premios Cervantes, el último, Eduardo Mendoza, ni siquiera estaba en la pomada. ¡Coño, y le habían dado el Cervantes! ¡Ayer! ¿Y cómo lo hizo? Porque para eso no basta sólo con garrapatear. Busqué algún otro escritor polémico, como el señor Pérez Reverte, el sexto en la lista. Un millón ochocientos mil seguidores y él siguiendo a menos de mil. ¡Cómo le gusta a la gente la carnaza! Pero también tiene trazos divinos. Decidí seguirle. Luego me encontré con una chica, ¡la quinta en la lista!, justo detrás de Ken Follet, de la que no había oído hablar en mi vida. Tampoco había muchos internautas tras ella. La dejé para mejor ocasión. Siguiendo el listado, de dieciséis escritores, figuraba, ¡como escritor!, Risto Mejide. ¡Por encima de Paul Auster y John Grisham! ¡Tócate el níspero! Acudí a la red, para comprobar su liderazgo: más de dos millones ochocientos mil seguidores y él siguiendo a unos pocos. Pues a éste no le voy a seguir, porque no me sale de ahí abajo. ¡Ya sería el colmo! Bueno, y me han contado que Belén Esteban también está o ha estado en el hit parade. ¡Y luego dicen que el informe Pisa es un bulo! En fin, que por hablar de algunas omisiones, no aparecían ni J.K. Rowling ni Tolkien (aunque éste ya criaba malvas), creadores de los mundos fantásticos más cinematográficos de los últimos años.

Bueno, pues poco más que esto había sobre escritores vivos. A los muertos no los podía seguir, salvo que me apuntara al club de fans, pero les había cogido manía desde que intentaron hacerme presidente del club de fans de El Fari. Fui buscando otra serie de autores que mi escandalizado intelecto logró reunir, estupefacto ante tanta calidad literaria junta, como la que acababa de descubrir en el top ten, y le fui dando al follow. Añadí unas cuantas editoriales de renombre, alguna revista y algún periódico, y, de primeras, me encontré que estaba siguiendo a ochenta personas. ¡Esto marcha!, me dije.

Sin embargo, cuando cerré la aplicación, se me encendieron las lámparas halógenas y las led, todas juntas. Vamos a ver, chavalote, ¿tú crees que Carlos Ruiz Zafón, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte y la editorial Planeta, por poner algún ejemplo, te van a seguir a ti? ¡Venga ya! No te lo crees ni un domingo de vacaciones con cinco cubatas encima. ¿Y qué hago? Porque yo lo que quiero es lo que quiero. ¡Hablar de mi libro, leche! De manera que empecé a diseñar una estrategia distinta, retomando la idea original. Repesqué las recomendaciones de Twitter y le di a la cocorota. Este dice que le gusta leer, pues a seguirle, a ver si nos devuelve el follow. Después ya empezaremos con los “I like”, pero, por de pronto, tras él. Y a ver a quién sigue y quiénes son sus seguidores, que seguro que esto es una mina. Esta otra dice que le gusta leer y escribir, pues a seguirle también. Provocando, que la gente necesita que le des un empujoncito ¡Pero es que éste dice que es de Colombia! ¿Qué hago yo siguiendo a un tío que no conozco de nada y que dice que es de Colombia, que seguro que no sabe ni dónde está Madrid? A ver si va a ser de algún cártel. O de la guerrilla. No lo pienses. A seguirle. Incitando. Dice que le gusta escribir, pues algo tendrá en común contigo. P’alante. ¡Pero si es morenito y achaparrao y yo parezco copito de nieve! Chitón. ¿No abogas tú por la diversidad? Pues p’alante. ¿Y ésta que dice que escribe literatura erótica y tiene aquí estas fotos que me están izando la bandera, cuando ya llevaba años arriada? También. P’alante.

Fui descubriendo un mundo desconocido hasta entonces para mí. Y, sin entrar en muchos detalles, al ser humano. Comencé a leer las presentaciones que hacían de sí mismos cada uno de los proyectos de escritores (o escritores, con más de veinte novelas a sus espaldas, pendientes de consagración) con los que me iba tropezando. El inicio fue simpático. Uno de ellos decía: “no me hables de usted, tuitéame”. De modo que decidí tuitearle. Tras este rayo de Sol se sucedieron los encuentros en la tercera fase. Me topé con un individuo que decía ser autor de “ensayos paraanormales”. Yo ya sabía que lo estaba haciendo, pero no me lo iban a decir en la cara. Hasta ahí podríamos llegar. Así que a éste no le seguí. Continué buscando y tropecé con otro que se decía ser “creador de mi propio mundo, por tanto, su Dios. Entra en mi web si te atreves”. Lo confieso, soy un poco cagueta: no me atreví. Días más tarde descubrí que la red estaba llena de dioses, repartiendo de todo menos limosnas. ¡Madre mía, qué subiditos que van algunos! Después me encontré con María Len que manifestaba tener, al menos, tres personalidades reconocidas. ¡Menudo manicomio que es esto del Twitter! Un poco más adelante localicé un segundo que se definía como “una alubia literaria en medio de este potaje de talento”. Se me quitaron las ganas de comer legumbres. Más tarde, hallé una tercera que decía ser “más feroz que todos mis miedos. Atrévete a buscarme”. Le dije, lo siento mucho, Caperucita, pero aquí el lobo feroz soy yo. Así que guárdate las tijeras. A la vuelta de esa esquina me choqué con una cuarta, con una bonita foto de perfil -en bikini, de espaldas y sin la parte de arriba-, que decía “estoy detrás de la pistola, disparando historias”. Yo sí que te iba a disparar a ti con la pistola, pensé… Y con el bazoka. Avanzando un poco más atiné con Oscar, que decía ser escritor y psicólogo y que nunca había demasiada magia. O sea, que pretendía sacarme de la depresión con magia. No, no, no. A mí, de artes raras, nada. Yo siempre fui freudiano. Eso es lo único que funciona. Continuando mi periplo me encontré con Doña Sierpe ¡Ondiá, la bicha! Lo siento, guapa, una cosa es ser freudiano, y otra bien distinta ser un psicópata. Tampoco la seguí. Por si éramos pocos, apareció Cuervo fúnebre, que se definía como “pájaro de mal agüero, pesimista empedernido y poeta oscuro retirado”. Comencé a ponerme tenso. ¡Vaya mundo! Y yo en mi casita de Pin y Pon. Después me encontré con Ana que decía vivir en la Inglaterra de 1946. Lo lamento, Anita, pero yo no practico la necrofilia. Tampoco la seguí. Choqué después con un “músico frustrado que escribía por no tocar”. Le recomendé, de inmediato, que tocara algo, aunque fuera la flauta dulce; el siguiente era tremendo. Decía: “no te metas con un escritor de ciencia ficción, es alguien que destruye planetas enteros antes del almuerzo”. Vista la recomendación y, por si acaso me daba por opinar a destiempo, de un plumazo, eliminé de la lista a todos los que se dedicaban a esos menesteres. ¡Me cago en la leche! Cuarenta posibles seguidores, de un golpe, a la basura. Un poco más delante había un capitán que decía: “no tengo barco, pero hay inconscientes dispuestos a seguirme como tripulación”. Hombre, si me lo dices tan clarito, te va a seguir quien yo te diga. Bastante estaba haciendo ya el inconsciente, para que, encima, me lo dijeran en la jeta. Finamente, llegué a otro que se decía cirujano de palabras. O sea, censor. Así que también le mandé con viento fresco, que estamos en el siglo XXI.

En fin, que después de esta jartá de personajes, personajillos y demás personalidades de alta alcurnia, y de ponerme morado el dedo índice de tanto darle al follow, a la semana tenía dos mil seguidores. Por los hechos, deduje que me hallaba en el buen camino. ¡Toma nota, Vargas Llosa! ¡Y sin un premio Nobel! -me dije-. Seguidamente, topé con una cuenta que te hablaba de “compra de seguidores”. Como suena. Te los daban de mil en mil. Joder, así se hace pronto un ejército, -rumié. ¿Y cómo se compra esto? ¿Con bitcoins? Pues está el mercao ahora como para ir a comprar esas chuches -pensé-. Por el momento lo desprecié, pero tomé nota para futuro. Por si acaso. Después, tras visitar a tanta gente tan variopinta, llegué a la conclusión que un buen envoltorio era un buen envoltorio y que la presentación era muy importante. Cuánto más llamativa, mejor. Y si era escandalosa, mejor aún. De modo que coloqué la foto de un buen horse en posición (yo buscaba público femenino) y planté tres colosales disparates, resumidos en ciento cuarenta caracteres, en la cabecera de mi cuenta. No os quiero ni contar los que me entraron y las invitaciones que recibí. Fueron todos bienvenidos. Las invitaciones las ignoré, pero, para evitar confusiones, cambié el jamelgo por una jaca, también en posición. Por aquello de las dos carretas.

La política de venta del producto funcionó a la perfección. Ya no escribo, me dedico a fusilar barbaridades, propias o ajenas, que una manada de borregos, cada día más numerosa, se apresuran a retuitear y decir cuánto les gustan. En cuatro meses he alcanzado los doscientos mil seguidores. ¡Chúpate esa, Ruiz Zafón! Y ahora, para rematar mi marketing, de manera inmisericorde, con un solo clic, voy a borrar a todos los que sigo, excepto a cuatro o cinco. Estoy a punto de convertirme en un nuevo dios. Las moscas van a acudir a mí por legiones. Me estoy viniendo arriba: Arturito como no espabiles te sobrepaso el fin de semana que viene. Y a ti, Risto, dentro de quince días. Al ritmo que van las cosas, cualquier día me sucede como a mi amigo Cuchillo -de los cuatro o cinco a los que aún sigo-, un tuitero mejicano de Sinaloa con el que establecí contacto para adquirir unos cuantos bitcoins. Tiene más de treinta millones de followers. Es un tío estupendo con el que he hecho una buena amistad, merced a nuestras pequeñas transacciones y profundos pensamientos. Como foto de perfil tiene un muerto boca abajo, colgado de un palenque, con la cabeza medio cortada, y con una serpiente saliendo de su boca y enroscada entre dos revólveres. Pues este joven me comentó que, hace unos días, iba paseando por Central Park, en compañía de Donald Trump, rematando algunos negocios, cuando oyó murmurar a la gente: “¿quién es ese señor rubio que va con Cuchillo?”. Pues eso.

Butaca de patio

butacas 2

Su padre escuchaba al otro lado del teléfono, ofreciéndole la vida cómoda que siempre tuvo. Para él era su niña, su única niña. Mientras ella mordisqueaba la yema de sus dedos encallecidos, que asomaban a través de unos viejos guantes ya perforados, dos lágrimas, redondas como lunas, se congelaban en sus mejillas, al tiempo que entre sollozos se desataba:

– ¿Acaso tú sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es sentir un escalofrío que te congela las venas por unos breves segundos? ¿Sabes lo que es sentir un calambre que te recorre el cuerpo desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la coronilla? ¿Sabes lo que es embriagarse sin probar el etílico? ¿Sabes lo que es el hechizo de despertar el anónimo reconocimiento? ¿Sabes lo que es sentir el éxtasis -sí, el éxtasis-, como muy pocos hombres serían capaces de hacerte sentir? Un éxtasis que te eleva, que te hace sentirte orgullosa de ser tú y hacer lo que haces  ¿Tú sabes lo que es eso?

– No, no lo sabes. Pues de saberlo no me vendrías con esas monsergas. Y no, no te haré caso, porque yo sueño cada día con esto, trabajo cada día para esto y vivo cada día para esto. No concibo la vida sin esos segundos interminables en los que el público se pone en pie y aplaude sin parar tu trabajo. Algún día se lo diré. Algún día, cuando acabe la función, tendré que decirles para qué estoy allí. Y eso sucederá,  ¡vaya que si sucederá!

– ¿Que no me dará para comer? Hace tiempo que vivo en una miserable habitación de un piso mugriento y sin calefacción; que me salen sabañones en las manos y tengo los calcetines agujereados; que, en silencio y en secreto, acudo algunos días a comer a una casa de caridad. Me da igual. Yo sé que valgo para esto. Yo sé que puedo hacer vibrar a la gente con mi voz, con mis gestos, con mi risa, con mis lágrimas. Lo sé, aunque tú nunca me lo hayas querido reconocer. Aunque tú quisieras ver a tu niña estudiando leyes o quién sabe qué…. Y podría hacerlo. Y no solamente podría hacerlo, sino que, seguro, lo haría muy bien. ¿Pero es que no lo entiendes? ¡Yo he nacido para esto¡ ¡Yo he nacido para esto!

Como tantas otras, aquella tarde, Julia, con un halo de melancolía, se subió a las tablas. Su mirada cristalina hacía tiempo que se había ido apagando y el contorno de su cara no era cosa que una mueca de desánimo y retraimiento. No recordaba muy bien si fue la soledad de su condición de huérfana, la tristeza que acumuló esperando la misma, o las largas jornadas de trabajo de su padre, lo que un día la llevó triunfante a los escenarios; aquello que, inicialmente, fue sólo un juego de niños, en el que su madre gastó sus últimos cartuchos y emociones, se había convertido en la pasión de su vida. Quedaban lejos aquellos gloriosos comienzos en los mejores teatros de la geografía nacional, merced a su entusiasmo y natural talento. Desde allí, su espíritu rebelde y honesto le había hecho descender a los infiernos del ostracismo. Hacía tiempo que recorría la península, de pueblo en pueblo, representando el discurso de La Mujer Sola, de Darío Fo. En aquel momento y lugar, un mes de enero en un pueblo perdido, escenificaba el monólogo dentro de unas jornadas culturales subvencionadas por el ayuntamiento, de entrada libre y gratuita. La sala presentaba algo más de media entrada y Julia terminaba el acto de su parlamento. En una fila trasera, un hombre de mediana edad se levantaba de su butaca y caminaba hacia la salida de espaldas al escenario.

– ¡Oiga! ¡Oiga! Sí, sí. Me refiero a usted. A ese que intenta salir por la puerta.

 El hombre se giró; y ella, interrumpiendo su soliloquio, comenzó un discurso que llevaba tiempo quemándole las cuerdas de la garganta:

– ¿Cuánto lo ha costado la entrada? ¿Cuánto ha pagado por ver este espectáculo? ¿Nada? ….¡Pero, bueno!

– ¿Cuánto cobra usted por su trabajo? ¿Lo hace gratis? ¿Estaría dispuesto a hacerlo gratis? ¿Cree que su trabajo tiene más valor porque cobra por ello?

– No, no. No se dé la vuelta y míreme. ¿Se creería usted con el derecho de chulearme? ¿De negarme el pan que honradamente me gano? Sepa que yo vengo  aquí, exclusivamente, a cambio de una comida y unas cervezas a las que, graciosamente, me invita su pueblo ¿Vendería usted su trabajo por tan poco? Pues yo no. No estoy dispuesta a venderme ni a prostituirme por tan poco. Tras estos ropajes apenas ven mi piel, pero yo les aseguro que, cada tarde, desnudo mi alma para ustedes. ¿Cuánto creen que vale eso? ¿Cuánto? Yo me conformo con muy poco, pues lo que yo quiero es algo que sólo ustedes tienen y, si lo dan, no les supone un quebranto. Yo quiero algo que para ustedes es tan poco, y para mí ¡es tanto! Perdonen mi osadía y atrevimiento, pero ya que no alimentan mi cuerpo, háganlo, al menos, con mi espíritu.

– Sí, se lo diré muy alto y muy claro, para que nadie se llame a engaño. Mi padre me espera en una casa acomodada con suficientes posibles para darme una vida relajada. Y yo estoy aquí, renunciando a ella, con estas gastadas ropas y un único repuesto que me espera en el camerino, para darles entretenimiento. Así que, si no les importa, compórtense. Yo no regalo mi trabajo. Menos aún mi alma. Por todo ello, he venido por sus aplausos.  Sí, han oído bien: ¡he venido por sus aplausos! Si he hecho bien mi trabajo, ¡páguenme!

– ¿Usted qué piensa? ¿Me he ganado su aplauso? Pues si me lo he ganado, denme esa satisfacción. Porque, en otro caso, tendré que concluir que mi trabajo no es bueno, o que son ustedes malos pagadores, o, peor aún, que ustedes no son merecedores del mismo.

– ¿Y qué mejor juicio que su aplauso? Se lo volveré a repetir: he venido por sus aplausos. Y si no me han de pagar, ¿para qué voy a actuar? No saben a cuantas cosas he renunciado para estar aquí. Sé que mi trabajo es bueno: pongo todo mi ser y mi conocimiento en ello, al igual que lo ponía cuando triunfaba en las mejores salas. Por eso, ha llegado el momento de que aflojen su bolsillo, se quiten sus guantes, calienten sus manos y me paguen como es debido. ¡Es tan poco lo que pido! ¡Y es tanto lo que me enriquece! Usted decide: si sale por la puerta como un cretino y un miserable, o se comporta como un hombre digno y agradecido.

– He venido por sus aplausos. ¡Páguenme, pues!

El tramoyista dejó caer el telón y una delicada canción comenzó a sonar en la sala: tres notas de un bajo, unos dulces acordes de guitarra y, después, un suave redoble de tambor. Duffy cantaba Breath Away (1).

Desde el pasillo, con la boca abierta, el hombre no supo cómo reaccionar. Un tímido aplauso comenzó a sonar al noroeste de la sala. Le siguieron otros un poco más adelantados. El caballero de la puerta de salida dejó su sombrero sobre una butaca. Julia dio media vuelta y se dirigió a su camerino. Desde allí, llorando sus miserias, escuchó lo que sucedió a continuación. El resto lo dejo en vuestras manos. El invierno es frío. Quizá sea hora de ir calentándolas, pues son esas las mismas manos en las que Julia, conteniendo el aliento, dejó aquel instante.

(1) Sin aliento

La parisina

IMG_1237

Una fina llovizna caía sobre Madrid, entristeciendo la ciudad. Luis caminaba cabizbajo, con los ojos hundidos, los hombros más cerca del suelo que su pecho y un rosario de arrugas en su cara que no eran otra cosa que una colección de amarguras y cicatrices de cada uno de sus fracasos. De pronto, se paró frente a un cartel. Anunciaba el concierto de una joven francesa, colgada de una sonrisa. Decían -los críticos- que era la voz de una nueva Édith Piaf, junto a la lucidez de Georges Brassens. Decía -el cartel- que ella era trop sensible y, con su cara dentro una delicada urna de cristal, anunciaba el concierto para pasados dos meses, en la ciudad de la luz, escrito sobre su frente, por encima sus dos llamativas farolas, azules y vívidas como el mar. ¿Quién será esta chica que no sale en los telediarios montando escándalos, o borracha y perdida? ¿Quién es esta parisina? –pensó. Y al tiempo que lo pensaba, algo en su interior se lo dijo en francés: On irá. Iremos. Mi hada y yo iremos a verla, de cualquier modo. Tomó nota de la dirección de internet y teléfonos para reservar entradas y dos meses después se encontraban volando sobre suelo francés, en busca de su nuevo descubrimiento.

Cuando avistaron la metrópoli, era una ciudad adormecida a la sombra de un techo grisáceo y cetrino. Bajo el cielo de París, los transeúntes desplegaban sus paraguas como si quisieran unirse a una añeja danza y antiguos amantes se arrebujaban en los bancos resguardados de los jardines de las Tullerías.

Cuando, poco más tarde, aterrizaron en el aeropuerto Charles De Gaulle, y salieron del avión, algo así como el rumor de una trompetilla se escuchaba a través de la megafonía de todas las dependencias del inmueble. Era un sonido rítmico y alegre que invitaba a bailar. Luis acudió a los baños a aligerar sus exigencias, tras el viaje. La señora de la limpieza, una joven negra de ojos profundos, le miró con una sonrisa suspendida de sus pupilas y, a pesar del cansancio que delataban sus facciones, le pidió, por favor, que esperara un momento que terminara de limpiarlos. A través de la puerta entreabierta la pudo ver como fregaba los suelos, moviendo su anotomía y la fregona al ritmo del soniquete que no cesaba de escuchar. Luego, a la vez que, amablemente, le franqueaba el paso, dijo: C’èst finí. C’est bien. Cuando salió de allí, contagiada del son, el hada que tenía en su casa le esperaba bailando, a la par que sonreía. De pronto, la voz rota y grave de una joven acarició el aire:

Donnez-moi une suite au Ritz, je n’en veux pas!
Des bijoux de chez Chanel, je n’en veux pas!
Donnez-moi une limousine, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala

Offrez-moi du personnel, j’en ferais quoi?
Un manoir à Neufchatel, ce n’est pas pour moi
Offrez-moi la Tour Eiffel, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala (1)

Luis quedó prendado de la voz que oía y de la pegadiza melodía y, según se alejaban, camino de los pasillos que conducían a la estación de tren que les llevaría a la capital, una parte de su alma quería quedarse para siempre escuchando aquella música, embebido como estaba en ella.

Se metieron al tren y, dados los últimos acontecimientos, una cierta congoja los acompañaba. Al pasar por Saint Denis y las estaciones aledañas el miedo se fue acentuando. Luis observaba a la gente sin perder detalle de sus movimientos, un ojo acá y la mente allí. Una mamá morenita, de culo ancho, llevaba de la mano a una chiquilla finústica de pelo infinitamente rizado, rematado por un moño. Cuando el tren se aproximaba a la estación, las dos se acercaron a la puerta con evidente intención de apearse. Miró despacio a la niña: se estaba riendo, y, aunque la única música que se escuchaba era el traqueteo de las traviesas al paso del tren, junto al chirriar de los frenos, la vio mover rítmicamente sus zapatillas de deporte, llenas de luces fluorescentes. La cría le enfocó y su risa se convirtió en jolgorio. Sin abandonar la vigilia, Luis seguía absorto con el ronroneo de la cancioncilla. No podía ser: aquellos pies se movían al mismo ritmo que la canción que se oía en su interior.

Cuando llegaron a París, tomaron acomodo en el hotel, en la Rúe de Víctor Hugo, cerca de la Plaza de L’Etoile, y, tras dejar las maletas y asearse un poco, fueron a comerse las calles. Bajaron por los Campos Elíseos, ante una ciudad tomada por la policía y en estado de permanente shock. Decididos a pateársela, llegaron al Grand y al Petit Palais. En este último, pararon a ver una exposición. Luego, caminaron hacia el río y se adentraron en el puente de Alejandro Tercero. Se hicieron algunas fotos junto a sus farolas y, después, decidieron embarcarse en el Batobus para apreciar la ciudad desde las aguas. Se apearon en la última estación. Desde ella, caminaron hasta cerca del Pont de Bercy, y allí, en el muelle del río, una chica, junto a otros dos jóvenes armados de un contrabajo y una guitarra, charlaba con los paseantes. De pronto, ella se llevó la mano a la boca, simulando soplar por una trompeta y el mismo soniquete que les recibió en el aeropuerto, como si saliera de un kazoo, comenzó a oírse, al tiempo que dos docenas de palomas, que se cortejaban, danzaban a su alrededor. La joven, de alegres ojos azul verdoso, como dicen que son los de las sirenas que se ocultan en las simas marinas, llevaba un abrigo gris abierto, atado con un cinturón, y un sombrero del mismo tono con una cinta alrededor. Después de soplar su trompetilla imaginaria se puso a cantar la misma melodía que habían oído en el aeródromo. Ella chasqueaba los dedos al ritmo del bajo, y no paraba de reír. ¿Era aquello la felicidad? Poco a poco, la gente se fue arremolinando junto a ellos, moviéndose, bailando y acompañando la música con palmas. En un momento determinado, su hada le agarró por la cintura, cogió su mano, la elevó y le empezó a mover. Los pies de Luis, de común amarrados al suelo, se despegaron de él con la ligereza de dos pequeñas plumas que elevara el aire. Luego, con su mano en lo alto, la hizo girar a ella. Varias veces. Por un momento parecían dos novios en la fase del enamoramiento, ensimismados el uno en el otro, y ella, la chica, reía, y cantaba, ¡cómo cantaba! Llegó el estribillo:

Je veux d’l’amour, d’la joie, de la bonne humeur
Ce n’est pas votre argent qui f’ra mon bonheur
Moi j’veux crever la main sur le cœur,

 Papalapapapala

Allons ensemble, découvrir ma liberté
Oubliez donc tous vos clichés, 

bienvenue dans ma réalité

Cuando terminó la canción, algunos jóvenes franceses quedaron charlando con ella. Otros, no tan jóvenes, como Luis y su hada, se fueron de allí despacio, muy despacio, moviendo los pies al son que acababan de escuchar. Más tarde, subieron a Nôtre Dame, y, pese a que se acercaba la oscuridad de la noche, vieron las gárgolas saltando de arco en arco, llenas de colores. Tras la visita, pensaron que aquella visión era producto de su cansancio y que lo mejor sería retornar al hotel y guardar fuerzas para el día siguiente. De modo que se volvieron a subir al Batobus para el regreso.

A la mañana, con nuevos bríos, ascendieron a Montmartre y, al llegar a la plaza del Tertre, una melodía, que ya empezaba a serles familiar, llegaba entre las calles hasta sus oídos. Se asomaron y allí estaba ella, la señorita de la permanente sonrisa, golpeando sus manos, una con otra, al ritmo que marcaba el contrabajo, y elevando al cielo su trompeta imaginaria. Se quedaron media mañana mirándola, como si la droga de la felicidad pudiera transmitirse gratuitamente, sin antes haber penado.

Después de aquello, acudieron a visitar el Louvre: La Gioconda reía a mandíbula batiente, La Victoria de Samotracia alzaba orgullosa sus alas y los fusiles y mosquetones de los libertadores de La Libertad guiando al pueblo se habían transformado en saxos dorados desde dentro de los cuales crecían flores multicolores.

Antes de acostarse, exploraron en la televisión. La vieron en un vídeo en Les Copains D’abord. Ella llevaba un vestido con los colores de la bandera francesa y salía al escenario con enorme descaro y decisión, y una sonrisa de oreja a oreja, llevándose la mano a la boca con su simulado kazoo. Se durmieron, reproduciendo cien veces la grabación. La claridad del día los despertó al ritmo de la misma tonadilla. ¡No podía ser, pero era cierto! Sonaba en la calle. Se asomaron por la ventana de la habitación del hotel y, para su sorpresa, allí estaba ella, acompañada de sus músicos: un contrabajo, una guitarra, un ukelele y una batería. Su hada abrió la ventana y extendió sus alas. Luis se agarró a las membranas, espolvoreó polvo de estrellas y cerró los ojos. Su maga decidió arrojarse al vacío. Y Luis con ella. Descendieron planeando y, al llegar a tierra, se sentaron en el suelo a escucharla. No tanto como hubieran querido, porque las articulaciones ya les chirriaban. Después, al caer la noche, acudieron a la Torre Eiffel y, desde ella, pudieron ver, de nuevo, a la chica saltando y brincando, con una risa que le estallaba en la cara y ese estribillo tan pegadizo y peculiar, convertido en un himno y en un grito de guerra:

Yo quiero el amor, la alegría, el buen humor
No es vuestro dinero el que hará feliz
Yo quiero morir con la mano en el corazón
Papalapapapala

Vamos, juntos, a descubrir mi libertad
Olvidad todos vuestros prejuicios
Bienvenidos a mi realidad

Cuando terminaba la canción, volvió a oírse el sonido de una trompetilla singular. Y, al tiempo que eso sucedía, las ratas saltaban de sus cloacas y alcantarillas. Por el atracadero del río la vieron alejarse, agarrada a su imaginaria trompeta y a su permanente sonrisa. Las ratas formaron un ejército tras ella que, como el flautista de Hamelín, iba embriagando los oídos de los roedores de aquel alegre ritmo. Cada batallón de ellas llevaba una placa con una red metálica llena de candados que retornaban a su lugar de origen. Eran los candados del amor eterno que, con arrebato, se habían jurado millares de jóvenes, anudándolos al Pont des Arts. Muchos de ellos se habían perdido, como el frenesí pasional que aquellos chicos se juraron, pero aún quedaban otros tantos en pie. Según levantaron la vista, algo más allá, entre el Campo de Marte y el puente de Bir-Hakeim, los viejos amantes descansaban en bancos de piedra, al tiempo que se besaban sin prisas, escuchando la canción que, para ellos, compusiera Jacques Brel. Y allí, en lo más alto de la Torre Eiffel, según Luis y su hada, deslumbrados por la noche, acariciaban con los dedos el cielo de París, como por arte de magia, los labios de la parisina entonaron para ellos la misma melodía. Se miraron con ojos cansados. Los años habían pasado sobre sus caras y sus sonrisas. No hacían falta palabras. Los dos bien supieron que, a cambio de toda una vida, ese día sería una pausa que les pertenecería para siempre.

(1)

Dadme una suite en el Ritz, ¡no la quiero!
Joyas de la casa Chanel, ¡no las quiero!
Dadme una limusina, ¿qué haría con ella?

Papalapapapala

Ofrecedme personal, ¿para qué lo quiero?
Una mansión en Neufchatel, ¡no es para mí!

Ofrecedme la torre Eiffel, ¿qué haría con ella?
Papalapapapala

El jardinero fiel

image

Existe un jardín
Dentro de mi casa,
Que la lluvia riega,
Que el Sol abrasa.

Altos muros de hormigón
Lo protegen,
Una valla
Y más de cien cipreses.

Flores blancas
Adornan sus inviernos
Y cantan los pájaros
En su silencio.

Azul en el cielo,
Verde en el suelo,
Un peral, seco un cerezo,
Y un ciruelo.

Un arco iris de rosas,
Casi puras:
Grandes y olorosas,
Breves y maduras.

Mudas alumbran
Dos farolas blancas
Si llega la noche,
Si el Sol no alcanza.

La senda que he andado
Aquí me detuvo:
Las calles son fuego,
El mar muy obscuro.

Soy yo un jardinero
Tranquilo y fiel.
Esa es mi vida,
Vivir como se es.

Una rama del peral
Partió el viento.
Un rayo mundano
Secó el cerezo.

Alimañas ciegas,
Fieras voraces
Mutan sus rosas
En charcos de sangre.

Por sus espinas,
Desnudas las manos,
Sin su voz,
Gritan pétalos callados.

Mas muestro el jardín
A quien viene a verme,
Uñas y dientes
Si pisan su verde.

Enseño el jardín
A mansos de siempre,
Los que comparten
Y viven mi suerte.

Enseño el jardín
Con miedo a la gente.
Quedan muy pocos,
el mal se hizo fuerte.

Enseño el jardín
-no soy tan valiente-,
aquello más bello
conmigo a la muerte.

Cabaret

cabaretita4sh

Me disculparán ustedes si estiman un desatino la historia que hoy les traigo. Lamento desde el inicio que puedan considerarla atrevida e, incluso, en algún pasaje, escatológica. De ser así, no dudo que algún censor, con más y mejor criterio que el mío, procederá a arrojar este relato a la papelera y al más absoluto olvido. Pero, para el caso de que así no lo hiciere, continuaré con el cometido que me he fijado y que hoy me trae aquí, rogándoles anticipadas disculpas por lo que seguirá a continuación. Y, por favor, no me hagan el feo de dar crédito a todo cuanto les cuento, que algo -cuando no todo- debe quedar a la imaginación del autor.

Verán, no ha mucho tiempo que, en un determinado foro, por casualidad, encontré una reseña acerca de la película Cabaret (1972). Al margen de su contenido, me llamó poderosamente la atención el póster de la película que acompañaba la crónica. Como me viene sucediendo cada vez con más frecuencia, mirando el susodicho cartel, un tumulto de recuerdos vino a agolparse en mi memoria. Esa película, o más bien, ese cartel, forma parte de uno de esos eventos, aparentemente intrascendentes, que quedan grabados para siempre en la caché y en la ram de la CPU.

Perdón por la brutalidad a la hora de explicarlo, pero, para decirlo tal como sucedió, debo exponer que la primera vez que vi esa imagen tuve la sensación de que cierta parte de mi cuerpo se alzaba en armas y rebeldía. Si bien en aquel instante no supe identificarlo, ese involuntario gesto no fue más que un aldabonazo de lo que vendría tiempo después. Espero que, como ya todos tenemos una cierta madurez, no les escandalice ni la osadía ni el vocabulario. Pero esa fue la realidad.

Por aquel entonces, yo me encontraba interno en un determinado colegio público, a más de cuatrocientos kilómetros de mi casa, y, aunque disponíamos de un maravilloso edificio para disfrutar del cine, que, algún desalmado se encargó de afear tiempo después, los fines de semana acudíamos al pueblo de al lado para disfrutar de los penúltimos estrenos cinematográficos. Y, entre esos, nos encontramos con Cabaret.

El pueblo se encontraba a un simple paseo de algo más de tres kilómetros de ida, y otros tantos de vuelta que, por supuesto, recorríamos andando. Para los que se quedaban dentro, tanto los fines de semana, como en el cine club de los miércoles, se proyectaban películas que hoy son auténticos clásicos. Así, allí pude ver todos los ríos en los que intervenía un tal John Wayne -el rojo, el bravo y otros dos más que no recuerdo-, otro buen puñado de inolvidables películas del Oeste, las grandes producciones de romanos de Hollywood y una joya -al menos para mí en aquel momento y lugar- que jamás olvidaré: Los Nibelungos. En cuanto al cine club vienen a mi memoria dos fabulosas películas de Bergman, Fresas Salvajes y El séptimo sello, así como otras dos de Woody Allen, Toma el dinero y corre, y Sueños de un seductor.

Y, sin querer, en eso debía estar yo pensando cuando sucedió lo que sucedió: en mis sueños de seductor. No estaba lloviendo fuera, pero, como, embadurnando con betún negro una pistola de jabón, rememora Woody en la escena final de Toma el dinero y corre, tras aquello, mi pistola se derritió sin el derivado de los hidrocarburos. Sería, sin duda, un mes de abril, un maravilloso mes de abril, cuando ocurrió aquello. Pero lo mejor del asunto es que tuve el mismo conocimiento de ello que los rosales que adornan los jardines, y que, según avanza el mes, van cogiendo su esplendor. Por esa época yo era aún impúber (tal vez, justo hasta ese instante) y, aunque, en mi ambiente, del tema se hablaba con una inusitada intensidad, y la hipérbole era un diminutivo al lado de todo lo que se hablaba y fantaseaba, yo no había ejercitado exploración alguna de mi ser, más allá de la de constatar la existencia de dos piernas, dos pies, dos brazos y dos manos, cuyo mayor mérito, por aquel entonces, era el de servirme para ir perfeccionando una letra cada día más preciosista.

Como dije, al pueblo de al lado íbamos los fines de semana. Bueno, lo de íbamos es un decir, porque, para llegar a conseguir ese logro, necesitabas catorce permisos, incluido, por supuesto, el paterno (las madres entonces decían -mucho-, pero no firmaban) y una hoja semanal de servicios impecable. Así que, para no dar más rodeos, yo no vi Cabaret. En aquella ocasión. Y no entraremos en detalles. Algunos de mis amigos, que tuvieron mejor suerte, sí acudieron a verla. Volvieron contando historias, además de armados, cada uno de ellos, con el póster de la película, uno de los cuáles, durante algún tiempo, adornó la habitación. Y, aunque no resulte menester decirlo, creo conveniente aclarar que, escondidos en el hueco de los pósters, perfectamente enrollados y cerrados con una tapa a cada lado, llegaron también los suministros semanales de tabaco. Que tal vez fuera esa la excusa para tanto papelito satinado. Y, por favor, no echen cuentas, ya se lo digo yo de antemano: tenía la voz de pito, pero ya fumaba casi como un carretero. Afortunadamente, me quité de ello hace tiempo. Del tabaco. De lo otro, ya les cuento después.

El caso es que, según contaban y decían, con el propósito de extraer, y esconder, lo más interesante: los asuntos del fumar, mis amigos fueron desenrollando los pósters y, entre el significado y contenido de la palabra que daba título a la película (exagerado en mi pueril imaginación), las fábulas de mis amigos -tras ver el film no supe encontrar de dónde- y la visión de Lizza Minelli de aquella guisa, mi anatomía vino a recordarme para qué narices estamos aquí, en el más estricto sentido de la expresión que figura en el Génesis 1:28. Y, como expuse, debo decir al respecto que no fui consciente de lo que ocurrió hasta algún tiempo después, pero me van a perdonar que, por pudor -ahora sí-, no entre en mayores descripciones.

La realidad es que viendo ahora ese cartel en aquel foro y edición, y observando la escafandra que luce la hija de Mr. Vincent Minelli, que cantaba maravillosamente, pero que, para mi gusto, y, pese a su edad de entonces, la naturaleza le robó de otros lugares lo que le dio en la voz, no pude por menos que sorprenderme. De cómo se pasan los días y como se viene la …., que decía Don Jorge Manrique. Y de cómo cambian las cosas según el tiempo se atropella. Pero como dice la canción:

No está permitido que
algún profeta de la muerte
borre las sonrisas.
Ven aquí a escuchar la música.
La vida es un Cabaret, vieja amiga,
¡Ven al Cabaret!

En cuanto a mi experiencia, pasado el tiempo, no logro entender que una película, tan liviana en lo explicito como aquella, arrastrara mis hormonas -y alguna cosa más- por el despeñadero, cuando, por ejemplo, un año antes, Pier Paolo Passolini había estrenado El Decamerón, o el mismo año, Bernardo Bertolucci, engañando a una jovencísima María Sneider en la famosa escena de la mantequilla, había hecho lo propio con El último tango en París. Tendré que achacárselo a mi condición y a lo lejos que quedaba Perpignan. El caso es que, mucho tiempo después de aquello, me acerqué a otro cabaret: el del Moulin Rouge (2001), donde una alocada Nicole Kidman hacía las delicias de un Duque. No hablaré de las evidencias de la chica -en realidad, esta joven, además del Duque, hizo las delicias de medio mundo-, pero, a diferencia de Cabaret, el tango de Rosanne (…And please, believe me when I said: I love you…) y la versión del The show must go on, calificados de atrevidos y desmedidos, en su momento, cada vez que los vuelvo a ver, me parecen sublimes.

A día de hoy, bien es cierto que hemos cambiado de siglo y que, con ese cambio, también lo hemos hecho de luces y de moral, de lo que está bien y de lo que está mal y las cosas se ven con tanta normalidad que ya no hay emociones. Ahora, muchas de estas últimas se concentran en unas pastillitas azules que te venden por internet, a razón de cincuenta céntimos la pieza, ante cuyas fábulas, las de mis amigos son un juego de niños, nunca mejor dicho. Pero debido a los efectos secundarios de esos minúsculos trozos de cielo, cuya mayor expresión ha sido la de algunos prohombres bien conocidos, que, estando en la gloria, se han quedado en ella, para regocijo y satisfacción de esa señora mal encarada que se hace acompañar de una guadaña, y que uno ya va teniendo edad de mirarse el ritmo cardiaco, debo decir que estas cosas -las pastillitas del demonio- las contemplo con una cierta aprehensión. Si a eso le unimos que, mi muy leal y fiel infantería, a veces remolonea y no se encuentra tan presta para el combate como entonces se encontraba -dicen que es por la edad y la hiperplaxia, pero, con cierto interés, sobre todo cuando miro al futuro, yo no paso a creerlo-, habrá que ir buscando un bombín y un bastón, para acudir a ver Cabaret. Todo ello, antes de que el segundo, con película o sin ella, tenga que llevarlo, necesariamente, como una prótesis añadida.

Después, terminada esta pantomima, como decía Freddy Mercury, el espectáculo deberá continuar.

Decidme como es un árbol

decidme-como-es-un-arbol

Decidme como es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire. 

Recítame un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo. 

¿Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa? 

22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol. 

Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron. 

No puedo seguir
escucho los pasos del funcionario

Marcos Ana (1920-2016)

La fábrica

chimeneas-fabricas

Lo que antes era humo,
Ahora es más humo.
Lo que antes era muerte,
Ahora es más muerte.
Mas traerá la vida.

Y yo volveré.
Volveré a la fábrica tibia
Que, sobre la tierra yerma de cenizas,
Con los ojos grises de sus chimeneas,
Allá, entonces, nos veía.

Volveré a la fábrica homicida
Que, por igual,
Nos trajo el pan de la vida
Y el arcángel de la muerte lenta
Al abrasivo sol de su blanca química.

Volveré, ya sin dolor,
Con una antorcha en cada brazo,
Para iluminarte en tus tinieblas
Y que ellos sean dos farolas de fuego,
para ti, siempre encendidas

Volveré lleno de sed
por los besos que se quedó tu garganta
Enredados en vergüenzas asesinas,
Y por el agua que brotaba de tus manos
Para apagar el fuego de las mías

Volveré por los “te quiero”
Que, como un sello, callaron tus labios,
Mientras anhelaban mi humedad
Ahora que, sin mi cuerpo, por fin,
ya sé que, todos ellos, me asediaban

Volveré para verte parir hijos hermosos,
Aunque ya no serán míos.
Me haré viento para acariciarlos
Y estiércol y agua para que tu tierra
Te dé el maná que ha de ser su pan

Volveré para arrancarte las sonrisas
Que cicatrizaron tu boca con amianto.
No podré entregarte mi piel,
Pues al fuego, por ti, la he arrojado
Pero por mi vida -que eres tú- que volveré

Mientras tus compañeros lloran,
Lo que antes era humo
Ahora es más humo.
Ellos soplan quejas al destino
Mis manos -no lo saben- les han traído la vida

Yo vengo de una isla perdida

rajaampatislandsindonesia6                            
                                                Para Ed,
                                                que, sin saberlo, vive en esa isla.

Yo vengo de una isla perdida
En los océanos del miedo.
Yo vengo de una isla escondida
En los jardines del tiempo.

Yo vengo de una isla perdida
En las arrugas de la cara.
Yo vengo de una isla escondida
En los médanos del alma.

En esa isla de la que vengo,
Doradas a fuerza de caricias,
Las luces son limpias sonrisas
Hechas con los dientes más tiernos.

En esa isla de la que vengo
Corren, saltan y chillan niños,
Vestidos con piel de cariño
Y nutridos con dulces sueños.

Yo vengo de una isla arbolada
Por inocencias milenarias.
Yo vengo de una isla encontrada
En las más desnudas miradas.

Yo vengo de una isla arbolada
Por albas que nacen descalzas.
Yo vengo de una isla encontrada
En las minas de la esperanza.

En esa isla de la que vengo
Hay volcanes de caramelos
Y lluvias que son finos velos
De rabietas de los pequeños.

En esa isla de la que vengo
Existe un palacio de marfil,
Robado a la sonrisa infantil,
De pequeños dientes que llevo.

Yo vengo de una isla bañada
Por mares que sólo son charcos.
Yo vengo de una isla guardada
Por colores vivos de un arco.

Yo vengo de una isla bañada
Por agua de  pequeñas manos.
Yo vengo de una isla guardada
Por un gran batallón de enanos.

En esa isla de la que vengo
Hay una nube como un guante,
Donde se pierden los gigantes,
Con el miedo de hacerse viejos.

En esa isla de la que vengo
No hay media verdad ni hay mentira,
Solo ojos de un niño que  mira,
De un niño, que es lo ÚNICO CIERTO.

Yo vengo de una isla perdida,
Yo vengo de una isla perdida…..

EL RATONCITO PÉREZ     

Malizia

Malizia

Cierto que no consigo traer a mi memoria como sucedió aquello. Hoy en día todo resulta mucho más simple. Basta con dar a un botón y un par de teclas, y puedes saber quién, cómo, dónde y cuándo está haciendo sus necesidades al otro lado del mundo, aunque sea la persona menos conocida y más insignificante. Pero, por aquel entonces, las cosas eran de otra forma.

El caso es que corrió el rumor que en el Cine Cervantes, que estaba en la plaza del mismo nombre -y que antes y después fue el Corral de Comedias de Alcalá de Henares, estrenarían Malizia (1973), película sobre la que habían corrido ríos de tinta y leyendas inconfesables, y que suponía la consagración de una hembra italiana de tomo y lomo, que, con todo merecimiento, y sin discusión, pasaría a ser el símbolo erótico por excelencia de los setenta y buena parte de los ochenta: Laura Antonelli.

El revuelo y expectación generados en mi círculo de amistades fue considerable. Mientras media España estaba esperando la muerte de Franco, y la otra media lamentándolo, nosotros, una pandilla de adolescentes de 14 y 15 años, sólo esperábamos a Malizia, ajenos a lo que, en aquel entonces se cocía. Y digo que sólo esperábamos a Malizia porque, en nuestra abrumadora ingenuidad, así era como pensábamos que se llamaba la protagonista femenina de la película. Era esa toda la malicia que, entonces, almacenábamos.

Todas las semanas nos acercábamos una o dos tardes a la cartelera del cine, para ver si, por fin, proyectaban el filme, que había sido estrenado en España el 18 de diciembre de 1974. Hasta que llegó el día. Fue un cuatro de marzo de 1975. Allí estaban, en tecnicolor, los esperados fotogramas de las secuencias del celuloide. Nada explícito. Las ordenanzas lo prohibían. Pero, por fin teníamos delante de nuestras narices a aquella Divina Criatura. Nos relamíamos pensando lo que habría dentro del cine, una vez se apagasen las luces. No quiero ni contar hasta donde daba nuestra inocente imaginación. Pero, con nuestra edad, y la cara de críos que algunos de nosotros teníamos, estar dentro de la sala de proyección se hacia una tarea difícil, porque, por supuesto, la película era para mayores de 18 y, por aquel entonces, no existía eso de recomendada.

Con esa ansiedad que teníamos por ver lo que, luego, no se vería, no nos percatamos de la inconmensurable belleza del rostro de aquel animal. Desde ese mismo momento, lo único que empezamos a pergeñar fue cómo conseguiríamos entrar a la sala.

El primer pase de la cinta se anunciaba para el 19 de marzo. Tomando en consideración lo lejos que quedaba Perpignan ¡Menudo regalo para un día del Padre! Nosotros decidimos esperar a la semana siguiente, y el 27 de marzo, después de embadurnarnos la cara y el cuello con ceniza y repasárnoslos con un trozo de piedra pómez, allá que nos fuimos los siete.

A las puertas del cine nos encontramos con la mitad del colegio, incluidos los estudiantes de Ingeniería Técnica de Telecomunicación. Nosotros, estudiantes de sexto de bachiller, éramos los más jóvenes en atrevernos a aquella aventura.

Por supuesto, ninguno llevábamos encima el carnet de identidad, que nos hubiese delatado sin remedio. El mayor de nosotros -que ya gastaba patillas al estilo de Curro Jiménez- se acercó a la taquilla para sacar las entradas de todos. Como, además, era morenito no necesitó ni de la ceniza ni de la piedra pómez. Y se las dieron sin mucho problema. Faltaba lo más difícil, cruzar la última frontera, que, para nosotros, se nos antojaba tan difícil como cruzar la alambrada por la puerta de Brandemburgo. Nuestro amigo nos repartió las entradas y nos colocamos estratégicamente para cruzar aquella frontera, los más jóvenes y aniñados entre los más desarrolladitos. El portero nos miró con cara de circunstancias, pero teníamos la entrada. A la par que un sudor frío me recorría todo el cuerpo y desde mi frente empezaba a arrastrar los restos de ceniza, yo sentí su mirada como la de un cura de rigurosa sotana reprendiéndote antes del pecado. Por un momento me encontré con el implacable ataque de la conciencia, y una vocecita que por dentro me decía al oído: ¿Pero qué estás haciendo? No supe contestarle. Simplemente, me dejé llevar ¡Tenía tantas ganas de pecar!

Para todo lo que habíamos oído y nos habíamos imaginado, la película fue bastante decepcionante ¡Ni un cuarto de glándula mamaria! Menos aún de aquel lugar donde la espalda pierde su casto nombre. La censura había mutilado la cinta con tanta obstinación, que, no siendo muy larga, se había quedado en nada. Y en un auténtico sinsentido. Como el cine era de sesión continua, vimos el rollo un par de veces, para cerciorarnos de que, con los nervios, nada se nos había pasado. Muchos de nosotros no habíamos visto jamás a una mujer quitándose las medias con aquella protocolaria elegancia. Y aunque el censor cortó todo lo demás de esa escena, la misma, la que reflejaba el cartel anunciador de la película, quedó impregnada para siempre en nuestra retina. Y, esta vez sí, con la preciosa cara de Laura.

Años después, ya en la universidad, en pleno examen de matemáticas, mi amigo Manolo, con un extraordinario parecido a Alessandro Momo, el protagonista adolescente del filme, me pidió que le pasara la resolución de un problema. Se lo pasé, y al pasárselo, el folio que la contenía se cayó al suelo en medio de los dos:

– ¡Cógelo, cógelo, que viene el vigilante!

Como pese a su insistencia, yo no me atrevía, mi amigo tuvo una idea fugaz:

– Pues se me van a caer todos los apuntes al suelo.

Y así fue, que se le cayeron todos los libros y apuntes, formando un estruendo en medio de la clase. Y cuando se agachaba para recogerlos, junto al folio donde se encontraba la resolución del problema, me vino a la memoria la escena en la que el protagonista adolescente deja caer su servilleta debajo de la mesa para recoger el trofeo ganado de su musa, mientras un cura zampabollos llamaba su atención sermoneándole.

No recuerdo si esa escena la vimos o no en aquel momento. Sin embargo, debo decir que, a pesar de lo decepcionadas que quedaron nuestras expectativas, aquella noche, por los mares de nuestras sábanas, navegaron a más de cuarenta nudos el Juan Sebastián Elcano y toda la flota real, con el Santísima Trinidad al frente, con sus velas completamente infladas. Cumplida su misión, en la madrugada, el viento amainó. Después de la lluvia y la calma chicha, el velamen volvió a armarse para surcar aquellos mares a toda velocidad hasta el amanecer.

Dos años más tarde volví a ver en el cine a la diva. Esta vez sí, tal cual Dios la trajo al mundo, en toda su extensión, en L’innocente (1976), la extraordinaria película de Luchino Visconti. Ya sabéis:

Doctor, recuerde, pase lo que pase, queremos que se salve la vida de la madre.

Y aunque aquella frase, en la época que se decía, fuera totalmente inadecuada e irreverente, ya puestos, yo me levanté, en mitad de la proyección y en medio del cine, gritando que, pasara lo que pasara, también la conservase para siempre con aquella belleza. Y con aquella lozanía.

Menos mal que era la época que era, y sólo me llevé un par de collejas, que, de haber sido algún año antes, habrían tenido que ir del cuartelillo a mi casa para darle alguna noticia a mi padre. Y mi padre no daba collejas.