La memoria descosida

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Se le conocía como Luis “el loco” y se decían muchas cosas de él. Ninguna buena. Se decía que, algunas noches, se oían voces y gritos desgarrados que parecían provenir de dentro de su casa, y en el ambiente circulaban más que rumores acerca de su salud mental y fábulas increíbles de muertos a sus espaldas, que hacían que los niños, y algunos no tan niños, con sólo oír su nombre, corrieran despavoridos a refugiarse en sus moradas.

Su metro noventa y cinco y ciento veinte kilos de peso realmente impresionaban. Pero aún impresionaba más su leyenda. Vestía una capa negra, un sombrero de fieltro, también negro, y unos viejos guantes de cuero con los que agarraba la cabeza de bronce de un bastón sobre el que se apoyaba en su caminar. A su paso, las calles quedaban desiertas y un aire gélido sellaba con hielo las puertas de todas las casas. En su andar, desde su más absoluta soledad, miraba el mundo a través de unas gafas oscuras. O quizá ni siquiera lo miraba: tal era su desinterés.

Se hallaba cerca de cumplir los cincuenta y, desde hacía catorce, vegetaba en una antigua casa de una céntrica, pero escondida, calle, llena de recovecos. No había niño o adolescente que tuviera valor para atravesar aquella calle. Tampoco había muchos adultos dispuestos a hacerlo.

Pocos en el pueblo conocían su historia: su verdadera historia. Se había perdido en una desgraciada curva de la carretera, de regreso de la capital. Allí quedaron sus tres únicos amigos y, un poco antes, en una acera de la gran urbe, con los ojos abiertos de par en par, sobre un espeso lago púrpura, el amor de su vida. Allí la vio por última vez: la piel infinitamente nívea y un rosario en la palma de mano, con las cuentas y el crucifijo incrustados sobre la carne. Cuando él llegó, estaba cubierta por una manta y, aunque sus amigos (que le habían acompañado para despedirle) intentaron sujetarle, saltándose el cordón policial, se arrojó sobre ella para verla por última vez. Y, al levantar la manta, ella -o lo que quedaba de ella- le clavó aquellos ojos blancos de hielo que, como dos puñales fríos, se cosieron para siempre a su memoria. Fue sólo un instante -lo que la policía tardó en reaccionar-, pero suficiente para, tal vez, trastornar alguna que otra conexión neuronal.

De vuelta a casa, dentro del coche, por el camino, Luis relataría a sus amigos los detalles de su crónica: había conocido a Mercedes, como todos sabían, desde la niñez. Habían compartido juegos, secretos, confidencias y aficiones, y, pese a tener su complicidad, tal vez para no destruir los maravillosos momentos que pasaba junto a ella, nunca tuvo el valor de decirle lo perdidamente enamorado que estaba de ella. Al cumplir la chica los diecisiete, un nuevo trabajo en la embajada de Francia para su padre los separó para siempre. La vio marchar en un Ford negro, un catorce de junio, tras el boquerón de un pajar de su familia, desde el que se divisaba la carretera, al que corrió desesperadamente desde su casa, después de colgar el teléfono despidiéndose de ella. Allí, con toda su humanidad, lloró sin consuelo como el niño que aún no había dejado de ser.

Mercedes pasó ocho años en Francia y, a su vuelta, acomodados en la capital, a base de argucias e insistencias con ella, sus padres consiguieron casarla con un militar de carrera, de sólida posición social, con quien terminó estableciéndose en Madrid. Por aquel entonces, Luis, merced a las triquiñuelas de los padres, había perdido todo contacto con ella y se había convertido en un joven solitario y apesadumbrado, ante el que pasaba una vida que, para él, había quedado amortajada bajo unas gavillas empapadas por su llanto un catorce de junio de 1951.

Algunos años más tarde, tal vez subyugada por sus silencios y sus ausencias, la bella Rebeca consiguió arrancarle algunas sonrisas, para terminar desposándose con él. Ella sabía muy bien que dentro de aquel grandullón habitaba un buen hombre, pero nunca supo de su semblanza hasta que la encontró escrita en aquellas cuartillas en las que la tinta, de vez en cuando, se desdibujaba en algunas pequeñas ampollas húmedas que le habían salido al papel antes de llegar a sus manos.

Él, por tratarse de un hombre serio y laborioso, había devenido en ser elegido como representante de los empresarios locales en la Cámara de Comercio provincial, y en una de sus reuniones nacionales, por las calles de Madrid, se topó de bruces con Mercedes. Por un momento, los dos quedaron parados, mirándose, reconociéndose, deslumbrándose. Habían pasado quince años desde que la viera por última vez.

Decidieron comer juntos. Y, luego,  decidieron comer juntos muchos días más, aprovechando las reuniones de él en Madrid. Y Luis, el mismo Luis que no tuvo valor para confesarle su amor adolescente, deslizando su mano por debajo de la mesa para coger la de ella, que bajaba a coger la servilleta colocada sobre sus muslos, tomó el camino de lo ilícito y lo prohibido. La mano de ella se llenó de calor, de dudas, sonrojos y zozobras… Y de pasión. De la misma pasión que tantas veces había asfixiado con silencios en su adolescencia y juventud. Una gota de sudor se le acomodó en el hoyuelo de la garganta. Luego, sin decir ni una sola palabra, cerró su mano con fuerza sobre la de él; levantó la cabeza con la mirada llena de amor; y dos lágrimas redondas, que Luis se apresuró a secar, cayeron de sus ojos. Como el sentimiento nunca supo de razones los dos terminaron convertidos en adúlteros. Vivían en España, ella estaba casada con un militar, y era el año 1966.

La desatada pasión con la que, en los días de reuniones camerales, parecían querer recuperar tantos años perdidos, les llevó a concebir un hijo. Al notar la falta ella, y decírselo a él, habían tomado la decisión de huir: ella conocía bien París y, siendo que él era un buen veterinario, no les resultaría difícil rehacer su vida allí. Con las maletas preparadas, en el último momento, el militar descubrió el engaño. La acorraló: primero verbalmente; luego, físicamente, contra el balcón. En su retroceso, había enganchado un rosario que adornaba una de las paredes, ofreciéndoselo a él para aplacar la ira de su honor y hombría mancillados. Él desenfundó su arma reglamentaria y, alzándola hacia ella, con un mínimo gesto de su dedo índice, dibujó en Mercedes un pequeño círculo rojo en el centro de su frente, del que saltaron incontables pedacitos de piel. Un círculo rojo que, para siempre, dejó sus ojos enormemente abiertos y llenos de terror. Luego, la arrojó por el balcón.  Se estampó contra el suelo desde un sexto piso.

Porque, por aquel entonces, había cosas que no pasaban y no podían pasar, la versión oficial de lo ocurrido fue que ella, endemoniada, había terminado arrojándose por el balcón, huyendo de Belcebú. La cruz incrustada en la palma de su mano ayudó bastante a esta gran mentira.

Según se sinceraba hasta el desnudo con sus amigos, sobre ellos iba cayendo todo el peso de la empatía y de la tristeza. Y, entre esa tristeza y la neblina, el conductor no vio venir una curva. Terminaron en un terraplén, ochenta metros más abajo de la carretera, después de siete volteretas de campana. Y allí quedaron todos, menos Luis, que, milagrosamente, resultó ileso. Eran las dos de la tarde. Dicen que, justamente a esa hora, pese a llevar muerta más de cinco, Mercedes apretó con fuerza el crucifijo del rosario que quedó incrustado en su palma, como había asido la mano de Luis bajo la mesa, cuando éste decidió cruzar aquella frontera de perdición.

Llegó a su casa como un alma en pena a la una de la madrugada. Antes de partir al encuentro de Mercedes, con enorme dolor, porque Rebeca era una mujer que no merecía aquello, había escrito en cinco cuartillas, encerradas en un sobre, toda la pesadumbre que había ido acumulando a lo largo de los años, y la desatada locura a la que había decidido entregarse. Encima del sobre, una simple leyenda: “ábrelo si no he vuelto al anochecer”. Lo encerró en un cajón junto a un despertador encendido que comenzó a sonar a las diez de la noche.

Cuando se presentó delante de ella, Rebeca ni siquiera le preguntó por qué había vuelto. Sentada sobre una mecedora, sosteniendo un abrecartas ensangrentado que le temblaba en las manos, había logrado abrir una hendidura en su costado. Al verlo llegar, se levantó. Con las cuartillas impregnadas de sangre se acercó a él y, sin decir palabra, con la mirada perdida, las dejó caer a sus pies. Luis llevaba mudo bastantes horas, pensando para sí por qué no había cogido en algún momento el arma de algún policía para saltarse la tapa de los sesos. Y así siguió. Y Rebeca, con esa mirada perdida, introdujo la mano por su costado abierto y, antes de derrumbarse definitivamente, sacándoselo de dentro, le entregó en una mano su corazón. Todavía estaba caliente y bombeando plasma. En uno de esos bombeos, Luis sintió sobre sus mejillas el calor de la sangre de Rebeca, que impregnó toda su cara, y, al mismo tiempo que ella se moría, se desmayó.

Le llamaban Luis “el loco”, y él pensaba que la verdadera locura era no haber acabado por siempre con aquellos sufrimientos.

Una tarde de abril de 1980, en la plaza del pueblo, encontró llorando a una niña. Su gatito se había escapado y perdido, y un coche había terminado atropellándolo. Sentada en un banco, con el gatito -al que asomaban los intestinos- contra su regazo, no notó la llegada de Luis. Al verlo, se sobresaltó. Él la tranquilizó y le preguntó por su tristeza; luego, por su edad. La chiquilla, que dijo tener trece años, contó lo sucedido con el animal. Él examinó al minino, le preguntó si creía en los milagros y le pidió que rezase lo que supiera. La niña cogió confianza y le preguntó si sabía que le llamaban Luis “el loco” y por qué lo hacían. Luis dijo saber algo de aquello y también un poco de medicina -no en balde era veterinario- y, en ese escaso saber, pensaba que había que diferenciar las enfermedades del cuerpo y las del corazón, y él estaba enfermo del corazón, pues, a base de vivir sólo para remotos recuerdos, había cruzado algunas barreras que le habían dejado, irremediablemente, encadenado al día más trágico de su existencia, como pocos seres humanos serían capaces de vivir y soportar. Aún así, había terminado cosiendo a su memoria todos sus momentos de felicidad, aunque, algunas veces, merced a otros recuerdos que no conseguía descoser, le asaltaban terribles pesadillas.

– Aún no sé porqué -le explicó-, pero, lo creas o no, no estoy loco. Simplemente estoy triste, muy triste.

Se quitó sus lentes y, mirándola de frente, le dijo:

– ¿Lo ves? ¿Por qué crees que llevo estas gafas oscuras?

Luis preguntó a la muchacha por el lugar donde vivía y le pidió, por favor, si le podía acompañar a su casa. Su madre los vio venir calle abajo. Viéndolos andar y charlar su desconfianza inicial fue encontrando relajación.

– Buenas tardes, señora -saludó Luis-, y ella le devolvió el saludo.

– Tiene usted una niña encantadora y un gatito un poco travieso y confiado. Voy a ver qué puedo hacer por él.

Dejó a la chica con su madre y se marchó. La vida que Mercedes llevaba en su vientre el día de su muerte, en aquel momento, tendría su edad. De haber nacido niña, tal vez su semblante.

Días más tarde, le vieron bajando la calle principal del pueblo. Llevaba una pequeña jaula y, dentro de ella, un animalito. Llegó a la casa de la muchacha y golpeó tres veces con el llamador. El hielo que rodeaba aquella entrada, desde el dintel hasta el suelo, se evaporó con el aliento del gatito. La madre se asomó tras una persiana y, al ver la estampa, salió a abrir la puerta con la niña. Luis le entregó la jaula con el felino. La mirada de felicidad y la sonrisa de la cría le conmovieron. Se agachó para mirarla a los ojos y que fueran ellos los que le trajeran por un instante una felicidad hacia tanto tiempo pérdida:

– No pude coser a las mujeres de mi vida -le dijo-, pero sí he podido coser a tu gatito. Tráemelo si alguna vez se pone enfermo.

Y prosiguió:

– Sin embargo, ten esto bien presente: llegará un momento en que no podrás coserlo. A partir de entonces, no dejes que nunca se descosan de tu memoria los hermosos recuerdos de todo lo vivido junto a él. Tal vez, algún día, los necesites para vivir.

Luis se alejó calle arriba, caminando despacio, apoyado en su bastón, mientras madre e hija le veían alejarse desde el vano de la puerta. De pronto se dio la vuelta y, dirigiéndose a la chica, dijo:

– ¡Ah! Una pregunta que aún no te he hecho ¿Cuál es tu nombre?

– Mercedes, me llamo Mercedes.

– ¡Vaya! Siempre supe que los ángeles tenían ese nombre, pero acabo de volver a corroborarlo. Mi hija hoy tendría tu edad. Y, por supuesto, tu nombre.

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Mi ballena verde

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La avisté dos millas al oeste del faro de Roche. Formaba parte de un grupo de rorcuales que, por alguna extraña razón, buscaban despavoridos la costa. Se fueron acercando, poco a poco, y el mar hizo el resto. Los entregó a la playa, aunque más que a la playa, los entregó a las calas.

Aquella tarde, una docena de ballenas pigmeas fueron arrojadas en la pleamar contra las calas y los acantilados de Roche, donde quedaron cautivas. Y, aprovechando la bajamar, un grupo de voluntarios intentó devolverlas al agua. Lentamente, lo fueron consiguiendo con cada una de aquellas que habían quedado varadas en las calas principales. Al caer la noche, habían conseguido devolver al océano ocho de ellas. No así mi ballena, a la que divisé desde lo alto del acantilado en la quinta cala. Se plantó allí, sola y abandonada a su suerte, atrapada entre la arena y las rocas.

Descendí por las escaleras que dan acceso a la cala y me fui directamente hacia ella: la boca abierta, los chillidos aterradores. Como pude, traje del mar toda el agua posible para bañarla. Le acariciaba, y ella bufaba, a la par que su sonar emitía unos penetrantes chillidos que formaban una orquesta de sonidos chirriantes con los de las demás ballenas encalladas. Acudí en busca de auxilio hacia las calas anteriores, pero los voluntarios no daban abasto con el trabajo que allí tenían. Me intentaron ayudar tres espontáneos, pero poco sabíamos del mar ninguno de los cuatro. Poco del mar y nada de ballenas. El agua que nos servía para mojar su piel, servía también para humedecer la arena en la que, poco a poco, la ballena se iba anclando. Ni éramos suficientes, ni teníamos los materiales adecuados para devolverla al océano. Según subía la marea, intentamos empujarla, aprovechando el agua que traían algunas olas. Conseguimos darla la vuelta y ponerla mirando al mar, pero el resto de nuestros esfuerzos resultaron baldíos. Me será muy difícil olvidar el tacto de su piel, su mirada, esa mirada entre el agradecimiento y la desesperación que se te clavaba en las entrañas, y aquellos agudos chillidos que te golpeaban con fuerza los tímpanos.

A medida que el día se iba acabando, la marea fue subiendo más y más. Según se acercaba el ocaso, por momentos, amenazaba con dejarnos allí atrapados a nosotros también. Todos lo sabíamos muy bien, la pleamar no dejaba al descubierto ni un solo grano de arena en aquella cala. Tampoco hacía prisioneros. Menos aún aquella pleamar de la luna llena de agosto. Días atrás había buscado en internet el horario de las mareas de la zona. Para aquel día, la mar llena estaba prevista a las once de la noche, y el coeficiente de penetración, muy alto, sería de 112 metros.

Sobre las nueve, el agua nos cerró el paso hacia las escaleras de salida. Esa fue la inequívoca señal de que había llegado el momento de marcharse. Nos dirigimos hacia las rocas que separaban la quinta cala de la anterior, y, con el líquido por las rodillas, accedimos a ella y a sus escaleras. Según doblábamos las últimas rocas para adentrarnos en la cuarta cala, vimos a la ballena dando desesperados aleteos con su cola. Y allí se quedó. Para siempre. No consiguió hacerse al agua con la marea alta. Debió agonizar cuando el mar se retiró en la madrugada.

Aquella noche los voluntarios consiguieron devolver a su hábitat a los tres cetáceos restantes, pero no así la que bauticé como mi ballena. Cuando, en la mañana del día siguiente, acudí a verla, ya no le quedaba ningún soplo de vida. Me senté a su lado, a la altura de su aleta dorsal, y, por un momento, quedé mirando la inmensidad del océano haciéndome un montón de preguntas, para ninguna de las cuales encontré respuesta. Esa misma tarde terminaron mis vacaciones.

Tiempo después me contaron que, primero, cerraron todos los accesos a la cala con determinadas advertencias y, después, ante la imposibilidad de devolverla al mar, para que él se hiciera cargo de su cuerpo en descomposición, plantearon dinamitarla con explosivos. Pero, por alguna razón inexplicable, la ballena pigmea se momificó por completo antes de que llegaran aquellos. Quien tenía que tomar la decisión dudó por momentos -la decisión no era fácil, los acantilados estaban encima-, los suficientes para que el rorcual fuera, paulatinamente, metamorfoseándose con el paisaje, al igual que lo hiciera Bill Turner “el botas”, y otros muchos más, cautivos en El Holandés Errante de la película Piratas del Caribe. Así, pues, la decisión fue dejarla allí, controlando la aparición de posibles contaminantes, caso de que se produjera su descomposición.

Regresé al año siguiente y, sin saber la sorpresa que me esperaba, aprovechando la marea baja, a primera hora de la mañana, fui dando un paseo y adentrándome en las calas. Al llegar a la quinta, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo: en el mismo sitio en el que varase el cetáceo, una gaviota se encontraba posada sobre la aleta dorsal de una ballena verde. No pude reprimir las ganas de dejar aquel instante para la posteridad. Como llevaba encima mi teléfono móvil, lo desenfundé y me puse a disparar fotos como un poseso. Para verla más cerca, avancé un poco más, con miedo de espantar a la gaviota, que, a los cinco o seis pasos, salió volando. Ante esto, una vez finalizada la sesión fotográfica, me fui directamente a la ballena. Se encontraba totalmente cubierta de algas, que le conferían su color verde, con innumerables lapas adosadas a su cuerpo, algunas pequeñas caracolas y crías de mejillones por doquier. A través de su piel horadada entraban y salían minúsculos cangrejos, y, en aquel ambiente rocoso, se confundía a la perfección con el paisaje. La miré por todos los lados. Además de la aleta, aún se le dibujaba con claridad la boca. Me senté a su lado, tal como había hecho un año antes. Frente a nosotros, el mar y, sobre una roca, la gaviota que había visto posada en su aleta. Con el cuello estirado. En permanente alerta. O, tal vez, altiva, consciente de su belleza. Reanudé el rosario de preguntas que ya me había hecho, con el mismo resultado que tuviera un año atrás y retorné al apartamento con el tesoro guardado en la cámara de mi móvil.

Ese verano acudí unas cuantas veces más para disfrutar de aquel regalo de la naturaleza. Sólo el batir de las olas rompía el silencio de aquel lugar. Bueno, el batir de las olas y, en la cuarta cala, dos leones marinos, madre e hijo, jugando sobre la arena, también petrificados.

Acabaron las vacaciones. Volví a mi rutina, como acabo de volver ahora. Mi ballena verde quedó allí, solitaria, mirando al mar, esperándole, quizá desafiándole con la secreta esperanza de que un Leviatán surgiera de las profundidades para devolverla a su sitio, donde descansar junto a sus congéneres.

Pero el mar embravecido no necesita de leviatanes para devorar las ánimas. Él, por sí mismo, es un auténtico leviatán. Más o menos, debió de suceder así: en el mes de enero, el primer temporal del año trajo olas que alcanzaron los ocho metros. El monstruo, en uno de los embates de esas olas, primero, la partió en dos mitades: una en la arena, la otra arrebatada; luego, jugó con esta mitad; más tarde, la lanzó contra las rocas del acantilado, partiendo su aleta; y, por último, con la ayuda de algunas rocas arrancadas, partió también su mandíbula. El resto fue un simple trabajo de acarreo. Mi ballena verde vio cumplido su deseo y hoy descansará en el fondo del océano, donde sus restos en descomposición servirán para cerrar el ciclo de la vida marina.

Volví al año siguiente, ignorando lo sucedido. Nada más llegar, corrí a la playa y, tras andar unos cinco kilómetros por su orilla, llegué al lugar deseado. Busqué mi ballena verde por todas partes. Reexaminé las rocas entre las que se había metamorfoseado, pero no encontré ni un solo resto de ella ¿Acaso sólo había sido un sueño? ¿Lo había imaginado y estaba confundiendo la realidad con la ficción? Rápidamente, eché mano a mi teléfono móvil y rebusqué en sus archivos de fotos. Allí se encontraba ella con su inconfundible aleta  y la gaviota posada sobre la misma: mi ballena verde.

Desde entonces, cada vez que me surge la duda sobre su realidad, miro los testimonios que un día me traje sin pensar que me servirían para convencerme a mí mismo de mi verdad. Aquí os los dejo: es ella y está allí.

Soledad

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Lo hacíamos todas las noches. Como animales. Esa era la única verdad entre nosotros. Cada madrugada, cuando cerrábamos el pub, juntos acudíamos a mi apartamento y allí, con la pasión de quién, de manera irremediable, siente cómo la vida se le está yendo a trozos, nos bebíamos el uno al otro, hasta acabar impregnados de la misma humedad pegajosa que flotaba en el aire. Yo succionaba toda la sal del agua que corría por cada palmo de su piel morena y, cuando después de escurrirnos el uno en el otro, alcanzábamos el éxtasis, antes del alba, como dos furtivos, en pelota picada, bajábamos a la playa. Allí, tras refrescarnos y jugar a alcanzar el reflejo de la Luna en el agua, lo volvíamos a hacer. Luego, ella recogía su ropa -apenas un short y una camiseta de tirantes, sin más-, tomaba su Seat Ibiza de tercera mano, con un par de ITV’s por pasar, y se volvía a la que siempre había sido su casa. Con pocos besos y sin muchas palabras. Nos despedíamos a mordiscos, con la misma fiereza con que mordíamos la soledad que nos crujía en las entrañas. Hasta el día siguiente.

Poco antes, como un ritual, sobre un colchón tirado en el suelo, tan desnudo y solo como nosotros, y empapado de nuestro sudor, al terminar, jadeante y con el pelo chorreando, ella dejaba los ojos en blanco, y con una deliberada cara de atolondrada, siempre me repetía la misma pregunta:

– ¿Me quieres?

Yo le mentía casi tan bien como ella lo hacía con su pregunta, al tiempo que gastaba una gota de su sudor en recorrerle con suavidad la espalda y dibujarle un corazón. Uno más entre los tantos que ella había emborronado con pinturas en infinidad de hojas de cuadernos de apuntes sin apuntes y en forros de libros sin abrir, a lo largo de su adolescencia y primera juventud. Sólo que éste que no era de colores, sino del mismo tono oscuro de su piel tostada por el Sol, y del humo gris que, fumando un cigarrillo, exhalaba por su boca, según yo lo dibujaba.

Después, sin colocarme los trapos, yo me enrolaba de capitán en una pequeña barca de remos de la que también era el armador y, sin más tripulación que los grupúsculos de arena que se habían adherido a mi espalda mientras ella cabalgaba sobre mí, me hacía a la mar oscura, con mi caña de pescar, echando anzuelos que terminarían por prenderse entre los labios de algún pez incauto y hambriento, la mayoría de los cuales terminaba devolviendo a su origen. Con los primeros rayos de Sol, regresaba a mi hogar, ¡qué palabra tan vacía! Allí, cansado como estaba, tenía la suerte de que pronto me atrapara el sueño, antes de que lo hiciera la escarchada orfandad que, en los meses de verano (y, con más tenacidad, en los del resto del año), aquietaba mi existencia.

Marisol, como yo, tenía treinta y tantos (con bastantes tantos), y un olor a algas, y a hembra en celo, que quedaron adheridos a mi subconsciente desde la primera vez que yací con ella. También tenía un carácter irascible, un pronto de echarse a temblar, y un vocabulario que haría palidecer a un camionero. Era un espíritu libre, salvaje y rebelde, sin ataduras, que, sin querer, presumía de unas carnes prietas, las redondeces justas y el culo mejor formado de toda la bahía. Y detrás de aquel carácter arisco, un corazón que rara vez se atrevía a mostrar.

Los dos trabajábamos en el pub de Johnny, un viejo amigo de mi infancia que, desde temprana edad aprendió a manejarse en eso de los negocios. Merced a esa amistad, yo hacía las veces de encargado. Fue así como la conocí. Apareció por la puerta, con ese aire de fémina segura de su porte, ligera de ropa y directa, como era ella, pidiendo trabajo de lo que fuera. Yo examiné sus manos, su ímpetu y su desparpajo, y deduje enseguida que era la chica ideal para el puesto de camarera que estábamos buscando. Antes de eso, me abrí una cerveza, y, enfrentándola, según hablábamos, le extendí otra a ella. Me miró con displicencia:

– Yo no he venido aquí ni de charla ni a ligar, ¿tienes o no tienes trabajo?

– Sí, mujer, pero tendremos que conocernos un poco antes de decidir si es para ti o no.

– Y la cerveza, si quieres te la tomas y si no la dejas ahí, que ya habrá alguien que se la tome.

Se la bebió. A morro, chupando de la botella, como yo. Me tomé la libertad de decidir por mí mismo. Mañana empiezas -le dije-. No me preguntó nada del cuánto -ni del trabajo ni del salario-, tan sólo algo breve sobre el cuándo,

– ¿A qué hora vengo? -musitó

– Sobre las nueve. Más adelante tendrás que venir un poco antes, porque serás tú quien abra.

Pronto demostró ser una moza diligente y con el suficiente mundo para saber engatusar a la clientela y servirles tres birras y dos gin tónics cuando sólo pensaban tomar una cerveza. En más de una ocasión, algún cliente borracho, baboso o salido, o las tres cosas juntas, le echaba una mano al culo, casi tan rápido como después la volvía a su cara enrojecida, tras un estruendoso sopapo, que provocaba la carcajada general de los acompañantes del imbécil de turno. Así se las gastaba Marisol cuando le tocaban los ovarios. Sin contemplaciones. Luego yo bromeaba con ella, mientras recogíamos las cosas antes de cerrar.

– Si es que estás muy buena, Sol. Y a ver quién se contiene con esos muslos y esas otras cosas que te bambolean ahí arriba.

– Vete la mierda -terminaba diciendo, a la par que yo sonreía y la miraba de reojo, con la intención de arrancarle, también a ella, una sonrisa. Hasta que una noche, entre bromas y chistes, tiramos de la Smirnoff, para servirnos un par de vodkas con naranja.  Luego, sin pensar que lo hacía sin paracaídas, la invité a venir a mi casa.

– ¿Y qué vamos a hacer en tu casa?

– ¿Tú qué crees? -le solté

– ¿Qué pueden hacer en una casa, a estas horas de la madrugada, dos almas solitarias como tú y como yo?

No contestó ni dijo nada. Yo tampoco dije nada más. Tras echar los candados del cierre yo me volví, avergonzado de mi osadía, sin decirle adiós siquiera. Cuando me disponía a arrancar mi carro, ella golpeó con los nudillos sobre el cristal de la puerta del acompañante:

– Bueno, ¿me vas a abrir este trasto o me tengo que volver a mi coche?

Esa noche, tras gastar todas las existencias de preservativos de las que disponía (uno de propaganda y un par de ellos caducados) lo hicimos cinco veces hasta que, embriagados y ahítos el uno del otro, el cansancio nos venció.

Repetimos la noche siguiente, y la otra, y la otra… Terminamos por convertirnos en amantes sin amor, sibaritas del placer y cómplices de la soledad.

Los días que librábamos, que eran los martes, nos íbamos al barrio de La Viña, a la calle Virgen de la Palma, entre La Caleta y la lonja, a comer pescaíto frito y marisco fresco. La segunda vez que fuimos, un joven desharrapado tañía una guitarra, a la vez que con voz ronca, dejaba en el aire algunos quejíos despeñándose, esperando que el Cristo de la Misericordia, que merodeaba por allí cerca, se descolgara del cartel de su calle, y acudiera en su auxilio. Yo estaba de espaldas a él, mirando la carta, cuando sentí que alguien me tiraba de la manga de la camisa. Con un gesto negativo de la mano manifesté mi intención, siguiendo a lo mío. De pronto, Marisol hizo algo que no acostumbraba a hacer: me suplicó. Con voz casi llorosa, me suplicó:

– ¡Dale algo, Richy! ¡Dale algo, por favor!

Yo levanté la mirada y la vi. Apenas tendría los veintitrés, iba descalza, y llevaba impregnada en la cara la misma belleza e infinita dulzura de todas las vírgenes que paseaban y adoraban mis coetáneos y antepasados. Sujetaba un niño en brazos, dormido, con la boca agarrada a uno de sus pezones, descolgado sobre un bombo de siete meses, y, a su lado, cogida de su mano, una mocosa, con cara de ángel, que no tendría los tres años, también descalza. Pese al bochorno de la noche, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Me metí mano al bolsillo y saqué cincuenta euros que alargué a la de Marisol.

– Toma, dáselos tú.

Y giré la cara para que no percibiera que se me estaban saltando las lágrimas.

La chica palideció. Luego cogió la cara de Sol, mirándola con los ojos encendidos de agradecimiento, llenándola de besos y colmándola de bendiciones. ¡Que Dios te bendiga!, ¡que Dios te bendiga por el resto de tus días! –repetía una y otra vez.

Después de aquello, nos tomamos unas sardinas y poco más. Al terminar, volvimos por las callejas que llevaban a la lonja y al edificio de Correos, para acercarnos a la catedral. Según subíamos, en las esquinas, algunas putas conversaban con pretendidos clientes, detallando los pormenores del trato. Otras la miraban a ella con cara de envidia. A mí me entró el complejo de macho protector y, por primera vez, le di la mano. Algo más arriba, una ramera, cuando ya la habíamos sobrepasado, dijo

– Adiós, Sole.

– Adiós, Yoli -contestó ella, con tristeza.

Esa noche no follamos. Cuando volvimos al coche, dijo estar cansada y que quería irse a su casa. Yo puse el motor en marcha sin protestar -a mí tampoco me quedaban ganas- y la llevé hasta allí. Antes del bajarse del coche, me dio un beso seco en los labios y, luego, pronunció un rutinario hasta mañana. Al día siguiente, recuperamos el tiempo perdido.

Así fueron transcurriendo la primavera y el verano, hasta que pasados cuatro meses, después del primero de la noche, mientras yo dibujaba el consabido corazón en su espalda, ella no me preguntó. Se quedó boca abajo, exhausta, y, comiéndose la almohada, murmuró:

– Me has dejao preñá.

Yo la oí perfectamente, pero algo, por dentro, me decía que lo que había oído no lo estaba oyendo.

– ¿Cómo dices?

– ¡Que me has dejado embarazada, joder!

Nos quedamos callados los dos, al tiempo que afuera comenzó a llover con fuerza.

En ese momento pensé que ya teníamos otra verdad entre los dos. Sólo que ésta era más grande. Enormemente más grande. Un ancla sobre el que echar raíces y desnudar nuestras crudezas sin tapujos. ¡Íbamos a ser padres! Fui rumiando, también, algunas otras cosas que nos unían, en las cuales, hasta ese momento no había reparado: la miseria en la que nos criamos cada uno de los dos, a la que no terminábamos de despedir, los treinta y tantos gastados sin ton ni son, un rosario de fracasos a las espaldas sin cicatrizar, una vida vacía y solitaria por llenar, un irrefrenable deseo de dar sentido a nuestra existencia, y un corazón plagado de costras, tras las que habitaba una bendita ternura.

– Me voy a duchar -dijo ella, dando por sentado que, tal como estaba la noche, no iríamos a la playa. Pasados un par de minutos, cuando acabé con mis pensamientos,  me metí en la ducha con ella. Y la abracé. Y la besé. Y le hice el amor por primera vez. Cuando terminamos, escupiéndole el agua de la ducha que chorreaba entre nuestros labios, sin que ella preguntara nada, se lo dije:

– ¡Te quiero! ¡Quiero que sepas que te quiero!

Ella no contestó.

Tras la ducha, se vistió y, cuando terminó de vestirse, dijo:

– Bueno, ¿entonces qué hacemos de esto?

– ¿Que qué hacemos de qué?

– ¿De qué va a ser? De esto que me has metido aquí dentro.

Yo me acerqué a ella, le coloqué el dedo entre los labios y, lentamente, lo dejé escurrir hasta su barbilla

– Creo que no has entendido nada de lo que te he dicho.

– Pues qué vamos a hacer, tener ese niño que es nuestro. Yo no soy de los que se desentienden de sus responsabilidades.

– Ya, pero tú vives aquí y yo en mi casa. Y no tenemos ná juntos.

– Tráete la maleta mañana. Creo que tenemos espacio para los tres. Puedes empezar por dormir aquí esta noche. No hace tiempo para que te vuelvas a tu casa. Y sí, lo he estado pensando y tenemos muchas cosas juntos.

Pese a mi insistencia, ella se empeñó en volver a la casa de sus padres, sin esperar a que escampara. Cuando nos despedimos, no dijo mucho, pero la sentí abrazarse a mí como nunca antes lo había hecho, asiéndose a dos vidas que podrían empezar a dar sentido a la suya. Sus ojos desprendían fulgor, al tiempo que ella sujetaba mi cabeza con sus manos y nos entregábamos a un largo, húmedo y cálido beso, en el que nuestras lenguas se negaban a desembarazarse. Yo salí a la terraza a despedirla. Desde allí la silbé. Como si fuera un albañil asediándola desde el andamio.

– Tía buena. Macizorra.

A la vez que hacía ostensibles gestos para que me callara, se echó a reír. Luego alzó la cara, se llevó la mano a la boca y soltó un beso, que sopló, para que la brisa de mar lo trajera hasta mí. Después, antes de seguir empapándose por más tiempo, se metió en el coche. Lo vi alejarse entre la lluvia, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que mi vida viajaba en él.

Me metí en la casa a reírme del mundo en silencio y a gozar de aquel momento de quietud, porque la vida era maravillosa. Al cuarto de hora sonó el móvil. Desde el otro lado, un hilo de voz angustiada dijo:

– ¡Por favor, Richy, ayúdame, por favor!

– ¿Dónde estás? ¿Qué pasa?

Ya nadie respondió a mi pregunta.

En tres brincos bajé las escaleras del apartamento y cogí mi auto. No sabía dónde ir, así que decidí hacer el camino de su casa. Había dejado de llover, aunque la carretera iba bien cargada de agua. Pasado un buen rato divisé su coche. Con las luces encendidas, estaba empotrado contra un árbol que separaba los dos carriles, en mitad de la carretera. Me acerqué con las piernas temblando. El limpiaparabrisas seguía funcionando, cosa que no había hecho el airbag, -los cinturones hacía tiempo que habían dejado de hacerlo- y ella estaba recostada sobre el asiento con la cabeza ensangrentada y, sobre su regazo, una agenda sin nombres, de la que colgaba un bolígrafo sin destapar, abierta por su mitad, dónde en una página, con el color rojo de su sangre, con trazo tembloroso, había dibujado un corazón, atravesado por un fecha con nuestros nombres, y en la página de al lado, en mayúsculas, un breve mensaje sin terminar:

– TE QUIE…

Yo la sentí a ella tibia. Palpé su yugular y le busqué, desesperadamente, el pulso. No lo encontré. Luego intenté escuchar su corazón. Percibí que se estaba poniendo rígida, y, al tiempo que maldecía mi puta vida, el día que nos conocimos y el día que nacimos los dos, la cogí en brazos y me la llevé a mi carro. Después, puse rumbo a la cala en la que tenía amarrada mi embarcación.  Al llegar, la desaté y, con mimo, deposité en ella a mi chica, como el primer grumete que tenía a mis órdenes. La desvestí y yo también me desnudé. Más tarde, nos adentramos en el mar. Las nubes habían desaparecido y la Luna volvía a reflejarse en el agua. Remé con rabia hasta alcanzar su reflejo. Media hora más tarde, sin conseguirlo, detuve el bote, arranqué uno de los remos y, como un poseso, con todas mis fuerzas, comencé s golpear con él el fondo de la barca. Hasta que conseguí abrir una buena brecha por la que entrara el agua. Tomé la libreta en la que Marisol había dibujado el corazón y, mirándola a ella,  con un amor desesperado, mientras el líquido inundaba el navío, me puse a escribir esta historia.

Ya se adivina la clareá. En pocos instantes dejaremos de ser ella y yo y seremos uno para siempre. Desde hace un par de minutos, me estoy hundiendo abrazado a la desnudez de mi soledad. Por un milagro -presumo que de la misericordia-, ahora que el agua empapa el papel, no se han descorrido las tintas. Ya tengo que dejar de escribir. Apenas me queda aire en los pulmones y, el poco que me queda, lo voy a compartir, por última vez, con Marisol. Con mi fría y anhelada Soledad.

Eterna inocencia

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Me llamo Marisa y tengo diecinueve años. Antes estudiaba, pero ahora trabajo en la capital, en un sitio donde hay muchos chicos y chicas como yo. También hay señores mayores, que llevan mucho tiempo trabajando aquí.  Parece que todos ellos tienen mucha necesidad de que les quieran. Dicen que es un Centro de Ocupación Especial, pero yo no veo que haya diferencias con otros sitios donde la gente trabaja, excepto que nos pagan muy poco. Y, a veces, ni nos pagan, y son mis padres los que tienen que pagar para que vaya a ese lugar.

Antes iba a un colegio en el que, también, había muchos niños y niñas como yo, pero estaba un poco harta, porque se pasaban  todo el día enseñándonos la tabla de multiplicar. Ya ni me acuerdo cuántos años han estado enseñándomela. Cómo si no me la supiera. Y dormía en aquel colegio. Pero, cuando cumplí los dieciocho años, me dijeron que ya no podía estar en aquel lugar. La verdad es que los señores que estaban allí eran todos muy simpáticos, y, algunos, pese a tener más de treinta años, se comportaban como auténticos críos. Cuando terminaban las clases, jugaban con nosotros sin parar. Y siempre estaban de buen humor. Aunque eran como los curas, no lo parecían. También tenía muchos amigos y amigas, que eran de un montón de sitios. Algunos de ellos, de vez en cuando, se ponían a llorar, porque se acordaban de sus papaítos, que vivían muy lejos. En ciertos casos, vivían tan lejos que había que coger el avión y cruzar el mar para llegar hasta su casa. Con lo peligroso que debe ser eso. Así que, sus papás no podían ir a verlos todos los fines de semana. Y ellos se ponían muy tristes viendo a los demás chicos con su familia. Algunas veces, cuando iban a verme, mis papás pedían permiso y se llevaban con nosotros a algún muchacho para comer. Y los chicos, aunque casi siempre era chicas, amigas mías, se lo agradecían mucho. Y ese día no lloraban.

Por mi parte, yo no me puedo quejar. En mi casa siempre me han querido mucho. Bueno, a veces se ponen un poco serios conmigo y no me dejan hacer determinadas cosas, que a mí me apetecería. Dicen que, en esta vida, uno no puede hacer siempre lo que le dé la gana. Y a mí me gustaría que no fuera así. Pero sé que me quieren mucho.

Yo también quiero mucho a la gente. Cuando voy por el pueblo, todo el mundo me saluda, y charlan conmigo, y, muchas veces me invitan a pipas y a palomitas. También a caramelos. Y, últimamente, hasta a alguna Fanta. Pero, no sé, otras ocasiones, tengo la impresión, de que me dan esquinazo. Y eso que a mí me gusta mucho hablar y les doy mucha conversación. Incluso cuando voy al cine o a misa con ellos. En misa se ponen muy solemnes y, con gestos, me dicen que no hable. Y el señor párroco me mira con caras raras. Y, luego, cuando termina la misa, me echa el sermón, aparte.

La verdad es que, en mi pueblo, todo el mundo tiene su papel. Yo no hablo del mío, porque voy todos los días, en autobús, a la capital, pero, aquí, tenemos de todo. Hay una señora que es la maestra, ¡más maja ella! A mí me quiere mucho. Y yo a ella también. Antes cuando iba a la escuela, siempre estaba pendiente de mí, y, luego, todos los días, le contaba a mi mamá las cosas que yo había hecho; hay otro señor que es guardia civil, que es muy amigo del alcalde, del médico y del farmacéutico; luego están los herreros (que son esos señores que trabajan en la fragua, todo el día golpeando barras de hierro y que hacen las rejas de las casas), los ganaderos (que son los que crían ovejas, cerdos, vacas, y todo eso), los agricultores (que son esos señores que van con su tractor y se levantan muy temprano), el sereno (que es un señor que trabaja siempre de noche y que yo no he visto nunca, porque mis padres me hacen acostarme pronto), el alguacil de la villa, el señor alcalde y Don Julián, que es el más rico del pueblo y que todo el mundo dice que manda más que el alcalde, y que su familia siempre ha sido la que ha mandado en el municipio.

Mis padres tienen una librería. Y, además, venden bolígrafos, lápices, estuches de rotuladores y de ceras, gomas de borrar y papeles de todas las clases y colores. Yo tengo mucho de eso. Y mis papás me dicen que soy una mimada, porque menuda suerte que tengo. Luego son muy pesados diciéndome que los cuide y no gaste tantos ¡Con todos los que ellos tienen en la tienda! También venden periódicos. Y, con todas las cosas que venden, mi papá dice que va a ir a no sé qué concurso para que le dejen poner, también, un estanco, porque, como casi nadie lee en el pueblo, los libros se le ponen de color sepia, antes de venderlos. Y, entonces, ya nadie los quiere. Además, hace poco, han puesto una biblioteca. Y, claro, dice mi padre, que, para los pocos que leen, la gente prefiere hacerlo con los libros amarillos de la biblioteca, que no les cuestan nada. A veces, cuando se enfada, dice que, aquí, lo único que vale es el vicio. Porque mis papás no fuman ni beben ninguno de los dos. Además, me dicen que eso es malo para la salud. Muy malo. También me lo decían en el colegio. Y, como no les gustan esos vicios, yo les pregunto  ¿Y, entonces, por qué queréis poner un estanco? Pues, porque hay que vivir de algo, hija, porque hay que vivir de algo, -me repiten, con cara resignada.

El que sí que fuma -y mucho- es Don Julián. Se pasea por las calles con un traje de alpaca y un sombrero de paja, todo blanco, siempre con un puro en la boca. Mi mami dice que el sombrero se llama panamá, porque es muy típico de aquella zona de Centroamérica. Y también debe beber, porque, muchas veces, cuando va de vuelta para su casa, lleva el traje lleno de lamparones que, al ser el traje blanco, resaltan mucho más. A veces lleva manchas, incluso en ese sitio por el que los varones hacen pis. Lo llaman El Cubano, aunque él no lo sabe, ¡si lo supiera!, porque dicen que, cuando era muy joven, se fue a Cuba. Y estuvo allí mucho tiempo. Y que se tuvo que venir corriendo cuando llegó a mandar ese señor con barba sucia que siempre sale en la tele fumando muchos puros, como él. Dice mi padre que Don Julián, El Cubano, no fuma cualquier clase de puros. Que sólo fuma habanos. Con lo caros que son, dice. También, cuando está enfadado, dice, pero solo en petit comité (esta es una expresión que le gusta mucho utilizar a mi madre), que no ha dado un palo al agua en su vida. Y digo yo, ¿qué culpa tendrá el agua, para que tengan que andar, todo el día, dándole palos?

Pues ese es Don Julián. Una vez, cuando yo tenía diecisiete años, y estaba de vacaciones en mi casa, un día de domingo, después de salir de la iglesia, me encontré con él. O Don Julián se encontró conmigo, que no lo sé muy bien. El caso es que mis amigas, como hablaba mucho en misa, me dieron de lado. Y, cuando salí, ya no las vi. E iba yo andando por la calle, un poco desorientada, y se me acercó Don Julián. Y me saludó. Este señor siempre iba saludando a todo el mundo. Con lo grande que es, que debe medir casi dos metros y pesar más de ciento veinte kilos, con una mano se llevaba el habano a la boca, lo mordía,  y, con la otra, la movía un poco por arriba del hombro, y hacia el ademán de saludo. O, simplemente, se cogía el ala del panamá con la mano y movía la cabeza. Luego se sacaba el puro de la boca y sonreía, dejando ver un diente de oro súper reluciente.

Bueno, pues, a lo que iba, que el señor Cubano me saludó. Se echó mano al bolsillo de la americana y sacó un caramelo para dármelo.  Más chulo. En mi vida he visto un caramelo tan bonito como ese. Como vio que me gustaba mucho, me dijo que en su casa tenía más, que si me apetecía y me iba con él, me daba otros que, incluso eran más bonitos. De modo que accedí. Aunque mis padres siempre me han dicho que no hable nunca con extraños y menos aún que me vaya con ellos, Don Julián no era ningún extraño, porque todo el pueblo le conocía.

Cuando llegamos a su casa saludó a la sirvienta y, antes de darme el caramelo, me dijo: ¿quieres ver un potrillo recién nacido, que tenemos en los cubiles? Ven, que te lo voy a enseñar. Me cogió de la mano y me fui con él. Me metió muy dentro de su casa -¡qué casa más grande! -pensé-, y, después de pasar no sé cuántos corrales, llegamos a las caballerizas.

En las cuadras, para dar de comer a los animales había amontonada un montón de paja. Me enseñó el potrillo. No era para tanto. Ya estaba bien crecidito. Según lo estábamos mirando, me echó la mano por encima del hombro. Con mucha confianza. Yo ya estaba acostumbrada a eso, porque, como todo el mundo me quiere mucho en el pueblo, muchas veces, en medio de la calle, cuando estaba en algún grupo, algún señor mayor me echaba la mano sobre el hombro, y con cara afectuosa y sonriente me decía: ¡qué suerte tienes, Marisa. No sabes los progenitores que te han tocado! Y todos los demás decían: ¡ya lo creo!

Pero Don Julián, después de eso, me llevó la otra mano a la cara y empezó a acariciarme. Y a mí eso nunca me lo había hecho nadie que no fuera de mi familia. Me entraron cosquillas, pero me puse nerviosa. Y, luego, me dio un beso, pero no en la mejilla: en la boca. Y, después, me dijo: ¿qué vestido más bonito tienes? Y se puso a acariciármelo por el fruncido del pecho. Más tarde, se sentó en una paca de paja y a mí me sentó en sus rodillas. Y me acarició las piernas ¡Qué piel más suave que tienes! -dijo. Yo me puse a gimotear, porque aquello no me gustaba nada. Y luego me tocó en ese sitio. Y yo ya me puse a chillar y a berrear, desconsoladamente. La sirvienta debió oírlo desde la casa, porque la oí llegar corriendo y asustada. Pero, cuando abrió la puerta y vio al señorito, aunque yo seguía gritando y llorando, se santiguó, dio media vuelta y se fue. Que la vi yo.

Ahora está sentada en el segundo banco de ahí enfrente. El letrado de mi padre (porque mi padre, después de que yo se lo contara con mucha vergüenza a mi madre, contrató un abogado), antes de que yo me sentara en esta silla, le ha hecho muchas preguntas, pero ella, excepto que me vio llegar a la casa, para que su amo me diera una golosina, ha dicho que no sabe ni  se acuerda de nada ¡Qué mentirosa! ¿Acaso sus papás no le enseñaron que no se debe mentir? También se han sentado en esta silla muchos caballeros que dicen que son científicos. Y les han preguntado cosas, pero yo no lo he entendido.

Don Julián -bueno, qué narices, El Cubano, este hombre no se merece el Don, después de lo que me hizo-, cuando terminó todo aquello, me llenó el bolsillo de chuches, dijo a la sirvienta que me limpiara un poco, que me había caído en el pajar, y, luego, a solas, me dijo ni se me ocurriera contarle nada a nadie, que si no me iba a arrepentir. Por mí y por mis papás. Yo llegué a casa, más tarde que nunca, con el vestido lleno de manchurrones, unos churretes negros que me habían quedado en la cara de la llantina que me pegué, y algo agitada, porque salí de allí corriendo, con unos lagrimones tremendos saltándome de los ojos, y no paré hasta llegar a mi hogar. Y mi madre no dejó de preguntarme e insistirme hasta que le conté lo que me había pasado. Aunque yo no quería, porque El Cubano me había asustado mucho con sus amenazas.

Mis padres están en el tercer banco, frente a mí. Mi padre no hace más que apretarse los puños y restregárselos, cada uno con la mano contraria, y mi madre, aunque trata de disimularlo, no para de gemir. A mi lado hay un señor muy serio con un babi y un gorro negro muy raros, con una mesa muy grande delante. Al final del babi bruno tiene unas cosas blancas, como de encaje, que mi mamá me dijo el otro día (porque hemos tenido que venir varias jornadas) que se llaman puñetas. Y lo dijo con toda normalidad, pese a que esa es una palabra fuerte que alguna vez le he oído decir a mi papá cuando estaba muy enfadado conmigo.

Me han estado haciendo preguntas: el señor que contrató mi padre, otro señor muy serio que no conozco y que ha intentado ser cariñoso conmigo y, ahora, este otro señor, que me mira muy mal.  Todos ellos también se han puesto un babi de color carbón. Este último me está poniendo nerviosa. El hombre afectivo y el abogado que contrató mi padre le ha dicho al caballero del gorro sombrío que está sentado ahí al lado, y que parece que es el que manda, que me protegiera, porque el otro me estaba acosando. Y ahora me ha preguntado una cosa que me ha hecho ponerme a sollozar. Me ha dicho que si me gustó. Mi padre se ha levantado como un rayo, con la cara tensa y encendida, y le ha dicho que cómo se atrevía a preguntarle eso a la niña, refiriéndose a mí. Y, seguidamente, le ha dicho:

– ¡Tú no eres más que un cabrón y un hijo de puta! -tal cual.

Yo, en mi vida, había visto nunca así a mi padre. Ni le había oído decir esas palabrotas.

Se ha armado la de San Quintín. Como mi papá no se calmaba, el señor del gorro negro les ha dicho a los guardias que se lo llevaran. Y mi mamá se ha puesto a llorar, ya sin miramientos. El abogado que contrató mi padre, y el otro hombre afectuoso, se han puesto muy enfadados los dos con el del gorro oscuro. Pero es el que manda.

En el pueblo todos me dicen que mis padres han sido muy valientes, porque si pierden el juicio se tienen que ir de aquí; que El Cubano es mucho Cubano, y que, desde que ellos nacieron, no ha habido nadie en el lugar que osara enfrentarse a Don Julián. Sería una lástima, después de que mi padre ganó el concurso del estanco, que seguro que tuvo que estudiar mucho para ello. También dicen que hay personas que, antes, iban todos los días a comprarle el periódico o tabaco, y, desde que denunció al amo del pueblo, ya no aparecen.

En fin, que a ver si termina esto, porque lo estoy pasando peor que cuando estuve en los establos con el innombrable. Éste, que lo tengo enfrente, en el primer banco, ha adelgazado bastante, y aunque me pone cara de simpático, enseñando su diente de oro, a mí ya no me la da. Porque, aunque no entiendo mucho de esto, yo creo que, cuando alguien hace cosas como las que me hizo a mi Don Julián, sin yo querer, deberían castigarlo. Eso creo yo, pero, vamos. Es lo que llevan debatiendo, una y otra vez, tantos días, estos señores de color triste. Tan listos ellos.

Esperanza

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El Sol también saldrá mañana. Lo hará poco antes que hoy. Y quizá algunos rayos dorarían aún más sus anhelados cabellos ¿Lo harán antes de irse? ¿Y quién se irá antes?

Ayer la abracé para desearle un feliz año: su cuerpo breve, su aspecto enfermizo. Todavía tuvo tiempo para devolvernos a todos una sonrisa. Y yo, que no estoy dentro, y lo miro todo desde fuera de ella; que quedo lejos, porque no sabría quedarme cerca; alzo los ojos y, sin querer, me repito una machacona pregunta: ¿hasta cuándo?

Quién sabe si cuando llegue la lluvia, chorreando por su cara, sus gotas se confundan con sus lágrimas. O, tal vez, le traigan dos vasos de vida con sus manos de agua, y doce pétalos de rosas, al tiempo que llenen su esperanza, limpien con la primavera su mirada. Pero, hasta entonces, si yo me pregunto hasta cuándo, ¿qué piensa ella? ¿Qué piensa con sus llagas, con sus dolores, con su cuerpo menguante y, a la vez, hinchado por lo química? No lo sé. Lo puedo imaginar, pero no lo sé. Y, pese a ello, nos ha regalado una sonrisa.

El aire trae la vida a mi boca. Es el mismo aire que jugará con su pelo cuando llegue el esplendor, para extenderlo al Sol y que éste siga dorando sus cabellos; el mismo aire que desempañará los cristales de sus ojos al tiempo que refresque su rostro; y el mismo aire que elevará al cielo cientos de milanos al llegar su floración ¿Los soplará? ¿Regresará a su niñez y a sus sonrisas? ¿O, tal vez, los alcance en lo alto, agarrándose a su tallo, para ascender hasta quién sabe dónde? ¿Se descolgará en los tejados, para recorrer las azoteas y observar el mundo como nunca antes lo vio? ¿O descenderá para bañarse en los charcos que el agua forme en su calle?

¿Y qué nombre tendrá su calle? No lo sé. Sólo sé que será una calle arbolada por cientos de especies, algunas inimaginables. Desde las recias secuoyas hasta los suaves lilos. Una calle de colores, de tiernas palabras y de sonrisas, con un mantel extendido sobre su hierba, sobre el que comer frutas maduras y beber vinos selectos. Allí descorchará su vientre, nuevamente encendido, a la vez que manos firmes y dedos hambrientos acaricien su piel. Y sentirá su tacto en su espalda, al tiempo que un dulce viento la llenará de caricias. Pero, ¿cuándo? ¿y dónde estará el aire?

Tantas dudas quedan en él, en la lluvia y el sol, a espera de su decisión. Será para las Idus de marzo. O, tal vez, no.

La chica de la gabardina

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Llevaba tanto tiempo solo que, cuando me encontré con ella, mi vida dio un vuelco de repente. La vi allí, frente a mí, con esos dos inmensos luceros azules, como es el Cantábrico en invierno, y una cuidada melena rubia, como si fuera la más pija del barrio. Al igual que yo, esperaba a ser atendida por la dependiente de la tienda, una joven de rasgos orientales, con quién otro cliente había iniciado una conversación sobre algunos géneros. Mientras eso sucedía, de espaldas a ella, sentí su furtiva mirada sobre mí. Fue sólo una intuición, pero al abrirse la puerta, noté como una ráfaga de viento me traía su vista hasta el cogote. Disimuladamente, me acerqué a ella, y, por detrás, casi sin querer, percibí el roce de su piel. La mía se erizó con aquella suavidad, y -ya sin tapujos- la miré con descaro. No sé si fue porque se estaba haciendo de noche, o porque ella quiso hacerse la interesante. El caso fue que dudé sobre si había percibido mi mirada ¡Qué estupidez! Siendo mujer, claro que se habría percatado. La dependienta encendió la luz. Decidí ignorarla, porque yo ya tenía mis ojos enfrentados a los de la chica. Y sólo los tenía para ella.

Mientras ella fijaba en mí su mirada, yo le susurré algo por lo bajo. No nos dijimos más palabras. Pese a ello -no me preguntéis cómo ni por qué-, adiviné su nombre: Natalia. Se llamaba Natalia. La agarre del brazo y juntos salimos de la tienda. Caminamos sobre los parques y paseamos sobre las aguas. Como si flotáramos. Su presencia me llenó por completo. La invité a mi casa y ella accedió. Lo que sucedió después no es éste el lugar para contarlo. No debo. No puedo. Me tengo por un caballero.

Se quedó a vivir conmigo. Y a dormir conmigo. Y a soñar conmigo. Y a llorar conmigo. Cada noche yo me entregaba a ella y ella se entregaba a mí. Tenía un perfume tan especial, que terminó por embriagarme. No he conocido nunca una historia de amor, ni propia ni ajena,  tan fascinante y tan generosa como aquella. Ella nunca me pidió nada; sin embargo, yo se lo entregué todo.

Cada tarde, al regresar del trabajo, la encontraba allí, asomada al balcón, esperándome. Con esa mirada que se le llenaba de amor sólo con verme. Hasta que un día, harta de la espera, en aquella casa, donde la fría soledad congelaba todo su ser, decidió acompañarme todas las mañanas al trabajo. Se sentaba allí, a mi lado, en el asiento del copiloto, con su boquita de piñón, de rojo carmesí, sus enormes ojos azules y su melena rubia, siempre tan bien colocada. Gustaba de adornarse con una gabardina, sobre la que descansaba su cabello, y unas gafas de sol grandes, de esas como las que gustaba lucir Jacqueline Kennedy. Ése era su atuendo favorito para viajar. Se acomodaba callada, en el silencio más puro, pero su sola presencia, y su porte esbelto, llenaban y encendían mi ánimo.

Desde la casa que tengo en El Escorial, todos los días bajábamos a Madrid por la carretera de A Coruña. Para hacer más corto el viaje, utilizábamos el Bus VAO. Al llegar a la oficina, ella desaparecía con el sigilo de una gacela; misteriosamente, como si, de pronto, se transformase en algo etéreo y gaseoso. Algunas veces me escapaba de mi ocupación para encontrarme con ella. Y, cuando tenía esa suerte, nos entregábamos a esas cosas que los amantes furtivos hacen en los archivos, ocultos tras algún armario metálico, o, directamente, sobre una mesa escondida. Allí abría sus piernas desde sus rodillas y acariciaba sus nalgas, que ella apretaba contra mí, para terminar perdiéndome tras su pelvis, y vaciándome en ella. Y cada vez que nos abandonábamos a esas verdades, terminaba susurrándole la misma frase a los oídos: no te vayas, no te vayas nunca, porque, cuando te vayas, mi vida se irá contigo.

Fue un veintitrés de julio de 2016. A la salida del Bus VAO nos detuvieron los Picoletos. Nos trataron como perros. A mí me arrancaron de mi asiento y a ella, que ni siquiera abrió la boca, se pusieron a hacerle fotografías como posesos, después de abrir su puerta: a mi chica, que era sólo mía. Le arrancaron la gabardina, el resto de la ropa y el pelo, y, desnuda, siguieron haciéndole fotos. Yo me encelé y no me supe contener. Como pude me desembaracé del guardia que me sujetaba y me fui hacia los que estaban con ella. Les golpeé. Creo que sólo una vez. Al segundo intento, sentí algo así como un martillo cayendo sobre mi cara. Perdí el conocimiento.

Me encerraron en esta celda a la espera de juicio. Además de ello, me pusieron una multa de seiscientos euros por utilización indebida del Bus VAO. Se llevaron a mi chica, y me pidieron dos penas de cárcel: una de seis meses, por engaño; la otra de veinticuatro, por atentado a la autoridad.

Y aquí me encuentro, esperando el desenlace. No me preocupa la privación de libertad. Lo que realmente me hiere es que será de otro, o de otros, y ya nunca más volveré a verla. Ni a acariciar su piel, ni a besar su boca, ni a vaciarme en ella.

El ganado vuelve al redil

Metro hora punta

Hacía ya más de tres años que no viajaba en Metro a hora punta. La última vez que recordaba haberlo hecho, a la par que, desde el cielo, un murmullo grisáceo se desplomaba, un halo de tristeza y depresión congelaba la ciudad, con tal intensidad, que hasta resultaba factible tener sitio para sentarse, haciendo el viaje en una línea concurrida.

En aquellos años, y aunque me hubieran estado permitidas otras licencias más suntuosas por mi condición, asumiendo la austeridad reinante, tomaba la línea uno, esa que, en tiempos, tuviera inicio en Plaza de Castilla y final en  Portazgo (o al revés), sobre la que pendían recuerdos de algunos momentos demasiado pretéritos, sobre unos vagones de hierro viejo, con escasos asientos de madera, aún más añejos, reservados para los caballeros mutilados, que, como reminiscencias de años de barbarie y sinsentido, adornaban -en algunos casos mendicantes-, las calles de la villa y corte.

Por aquel entonces, yo tomaba la línea uno, desde Sol a Bilbao, y de allí, por la cuatro, marchaba hasta Argüelles. En plena pubertad, comenzaba a conocer la ciudad, y lo más fácil era hacerlo bajo tierra. Como los mutantes de El planeta de los simios. Allí me encontraba todos los días, por los pasillos de la estación de Bilbao, con Manuel Mont -eso decía la chapa de su guitarra-, un pretendido cantautor, de genética e indumentaria vasca, que nunca vino a más, y que, cada mañana, me repetía la misma pregunta con su idéntica respuesta:

Preguntas por qué canto
El canto es tierra arada
Donde siembran los poetas
Donde siegan las espadas

Y sería por aquello de hallarse en Bilbao o por su aspecto, de vez en vez, aparecía algún muchachote ya crecido, portando una chapela, y, sobre la funda de plástico de su guitarra, dejaba caer mil pesetas. Por aquella época, un maestro debía ganar unas diez mil al mes. La forma de entrega de la afortunada dádiva era siempre la misma: el paisano pasaba como de largo, y, sin apenas mirarle, dejaba caer un billete verde, al tiempo que se saludaban en euskera. Después, sin detenerse, seguía su curso. Eran tiempos en los que ciertos gudaris bajaban a la capital, de manera clandestina, para ametrallar, al azar y sin piedad, algunos grises, cuyo pecado original era el de haber tenido hambre. Yo gastaba algo del tiempo de mi mañana y me quedaba durante un buen rato, allí, en el pasillo del Metro, sentado frente a él, ensimismado. Rara vez le pagaba: no tenía con qué.

Alguna de esas mañanas en las que el tiempo gastado fue mayor del inicialmente deseado, cuando volvía a los trenes, estos ya estaban despejados e incluso algún asiento reservado me esperaba para ofrecerme la comodidad -o el lujo, según se mirase-, de ir sentado. Una de ellas, al cabo de una de las dos estaciones que me separaban de mi destino, en la oscuridad del túnel pude ver el reflejo del individuo que se sentaba al otro lado del vagón. No tenía pinta de caballero. Tampoco estaba mutilado. Llevaba un pelo y una vestimenta grasientos, y tuve la sensación de que no paraba de mirarme. Poco más tarde, el cristal del coche me devolvió una imagen más agria: el muy cerdo se había sacado su miembro, que acariciaba con veneración, mirando, ora el falo, ora a mi persona, extasiado de su tremenda virilidad. Un cúmulo de sentimientos vino a agolparse en mi mente. De asco. De rabia. De ganas de levantarme y pegarle un patadón en salva sea la parte. Porque el innombrable en cuestión no tenía ni medio guantazo. Mas siempre fui persona de paz, y, sin perderle de vista, a través del reflejo del vidrio, aguanté hasta llegar a la parada, que era la última y mi destino. Luego, salí pitando de allí.

Y, ahora, me encontraba una vez más en esos bólidos. En los mismos en los que, en más de una ocasión, había presenciado como alguna congénere salía de ellos con manchas blancas y viscosas recorriendo la parte trasera de su vestimenta y resbalando por ella; o donde, en otro momento, una voz violenta y enrabietada había gritado:

– Vamos a ver, si yo tengo una mano aquí y la otra aquí, ¿quién coño me está tocando el culo?

También eran los tiempos en los que, plantado en el corredor, ante la imposibilidad de adentrarme en el vagón del Metro, pude ver cómo se cerraban las puertas que aprisionaban a una señora mayor por los pies, para, después, ser arrastrada por el convoy a lo largo de todo el andén hasta dejarla a diez metros de estamparla contra la pared del final del muelle. Alguien tiró de la alarma en el último segundo. Un mozo que, sin duda, se casaba ese día, pues iba vestido de novio y acompañado por una novia, se encaró y agarró por la pechera al revisor. ¡Menuda boda!

Cuánto había cambiado el paisaje desde entonces. Ya, pocas veces, se oía el traqueteo de las traviesas al paso del tren. Ahora sólo se oía un silbido característico al tiempo de su frenada. Y casi todos miraban sus teléfonos móviles, como esperando algo. Yo levanté los ojos y me atreví a mirarlos a la cara, con la osadía de intentar desnudar sus entrañas. Es curioso, en esta ciudad llena de vida y de color, casi todo el mundo parece ignorarse. La mirada del chico que tenía justo frente a mí, parecía una mirada noble. Él enfocaba su móvil, tecleando con un solo dedo imaginarias respuestas de una agradable conversación. No sonreía, pero estaba sereno. Por eso, supuse un grato diálogo. Pero, ¿quién estaba al otro lado? Un familiar -su madre, tal vez-, un amigo, un compañero de trabajo, su novia, una amante… No, no podía ser ninguna de estas dos últimas, pues en ese caso sus ojos brillarían con una intensidad que noté ausente.

Giré la cabeza en otra dirección. A mi lado, sentada, una señora de unos cuarenta y cinco, bien formada y mal vestida, con la mirada cansada, iba leyendo las Cincuenta sombras de Grey. No hacía falta ser Einstein para deducir que, por el lugar en el que nos encontrábamos, iba camino de su trabajo. Sin duda, dada la hora, en alguna casa particular, sirviendo, limpiando o cuidando algún enfermo o persona mayor. ¿Sería un empleo furtivo? Tal vez. Lo que sí eran furtivos eran los deseos que se adivinaban en su cara. Acostumbrada a que el cansancio propio y ajeno, y alguna que otra preocupación terrenal, cada noche, la dejaran sola en su cama de matrimonio, esperando que el ronquido de su acompañante le sirviera de nana, devoraba aquellas aventuras que nunca tuvo, y jamás imaginó, que, a borbotones, le llenaban de saliva la boca. Llevaba desabrochado un botón de su vestido, oscuro y lleno de pequeñas florecitas, que dejaba al aire parte de su piel y, desde mi altura, el perfil de un sostén blanco. En un instante levantó la mirada. Me encontré con ella. Sus ojos la delataban como alguien que hubiera sido pillado en falta y, por igual, deseosa y molesta con la mía.  Distraídamente, la desvié. Para no comprometerla. Y para no comprometernos, antes de que volviera a alzar la vista para pedirme, sin palabras, que nos sumergiéramos entre la celulosa de las páginas de su libro, para bebernos el alma hasta convertirnos en seres líquidos. Sí, yo también gozaba de mucha imaginación.

Según desvié la vista, me topé con lo que, supuse, un joven matrimonio. Ella, con la cara limpia y llena de ojeras, llevaba un bebé en brazos, dormido como un ángel, y él, con barba de dos días, portaba una americana gris y deshilachada, un pantalón de pana y unos zapatos oscuros rajados. Con la cara llena de cansancio los miraba a los dos con una enorme dulzura, al tiempo que, entre sus manos, jugaba con una pequeña libreta de color azul oscuro donde podía leerse: Libro de Familia.

Un poco más allá, una chica, bien vestida. Tenía el aspecto de alguien que acude a sus primeras jornadas de trabajo. Se le notaba vibrante. Miró su móvil y echó una sonrisa. Con su dedo pulgar, en el tiempo que yo parpadee, devolvió la respuesta. Se bajó un par de estaciones después. Estábamos llegando a la zona noble de la ciudad. Antes de eso, en las antiguas estaciones de enlace -Sol, Gran Vía, Tribunal, Bilbao- la gente salía y entraba como mejor podía de los coches, empujándose los unos a los otros, como el ganado que entraba y salía del redil en los viejos Western. Sólo les faltaba bramar y los cuernos. A veces, ni siquiera lo primero; otras, quién sabe si ni siquiera lo segundo. Eran éstas las nuevas alegrías que habían vuelto a la ciudad con el aumento del PIB. Y yo ya no me podía permitir las licencias de otrora.

A diferencia de las pretéritas épocas de bonanza, ahora la población indígena era la preponderante. Algunos rumanos con las manos encallecidas y blanquecinas de yeso, y otras morenitas y bajitas, de culo caído, eran la nota de color que, en ese momento, remataba el decorado. Pero la mayoría eran, y siempre habían sido, de aquí.

Me pasé de estación. Consciente de ello. Tenía tiempo y tuve unas enormes ganas de volver a Bilbao. Me hubiera adentrado por los túneles para llegar a la estación fantasma de Chamberí, pero quedé recorriendo los pasillos de la primera y consumiendo aromas del pasado. En el ambiente aún flotaban los sonidos de las canciones de Manuel Mont, y, al tiempo que rememoraba las melodías del rasgueo de su guitarra, saboree el regusto del final de una de sus canciones:

Tarantarantaran Taran
Si quieres nos vamos al parque más cerca
Y allí solos, juntos pasamos la fiesta

Cuando me harté de revolcarme en el pasado, regresé a Tribunal, para coger la línea diez, camino de la zona norte de la ciudad. Mi destino también se hallaba en un sector pudiente de la urbe. Al salir del Metro, ya en la calle, giré la vista hacia atrás. Allí podía adivinarse la silueta de un enorme coliseo, desde donde el aire arrastraba hasta mí las voces y los cánticos de victoria del viejo Chamartín. Mezclados con ellas, llegaban unos nuevos baladros de triunfo del reluciente y remodelado estadio. Las glorias del pasado habían regresado con vehemencia y con brío. Intenté agudizar la vista. En un dejá vu pude ver cómo eran legiones los que entraban y salían del recinto, gritando con sus bufandas y banderas elevadas al viento. Antes de unirme a ellos, me quedé parado un instante y, en ese momento, me volvió a asaltar la misma certeza que, hacia menos de una hora, me había asaltado en el Metro: el ganado vuelve al redil.

Una pequeña comisión

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La vida le había tratado bien. Aunque blanquecino, conservaba un pelo recio, así como algunos restos de la que, pese a su aspecto enjuto, fuera una espléndida musculatura. Aún retenía una magnifica memoria y una sorprendente lucidez, de la que también disfrutaba su adorada Vicenta. Narciso Ibáñez, nonagenario, nació y vivió toda su vida en aquel poblachón manchego que, ahora, le miraba demudado.  Era un hombre culto para su edad. No en balde, durante cerca de cincuenta años, había enseñado letras a todos sus paisanos. Aún podía recordar los tiempos en los que ser maestro se pagaba con cinco reales y había que sobrevivir ejerciendo de escribano furtivo, y con las frutas, las verduras, los dulces, los pollos y los conejos  que, como una religiosa obligación, cada año, poco antes de la Nochebuena, llenaban su casa, en forma de aguinaldos. Los padres de sus alumnos siempre fueron conciudadanos agradecidos. Él lo merecía.

Era un hombre serio, recto y cabal, pero no al modo de entender de los nuevos tiempos. Pese a haber sobrepasado, hacia lustros, el nuevo siglo veintiuno, Narciso se consideraba a sí mismo un hombre cabal, a la usanza de los albores del siglo veinte, donde, a falta de otros poderes, la palabra -su palabra- era todo el patrimonio de un hombre de bien. Y así lo entendió toda su vida.

Metódico, ordenado, parsimonioso, cada mes acudía a la sucursal bancaria a retirar gran parte de la pensión que cobraba, la cual entregaba a su mujer, al objeto de que pudiera servirles para atender los gastos domésticos. Lo de las tarjetas no era para ellos. Para las fechas que corrían, no era una mala pensión: mil trescientos euros líquidos, en catorce pagas anuales. Cada vez que acudía al banco rememoraba con más vehemencia aquellos tiempos en los que, primero, se personaba ante el Secretario del Ayuntamiento, y, más tarde, ante la Habilitación de Hacienda, para cobrar sus emolumentos. Y disfrutaba evocando el olor de los billetes y el de aquellos sobres de color amarronado dentro de los que percibía sus haberes.

No era muy amigo de los bancos. Ni de los banqueros. Aún resonaba en su memoria la primera -y la única- vez que abrió una cuenta de ahorro. Por aquel entonces le recibió el director, que le facilitó acomodo -aún era Don Narciso- con una amabilidad tan artificial que no escapó a su entender. El susodicho sacó una nueva libreta de un archivador metálico, la colocó sobre la máquina de escribir y, sobre ella, se puso a teclear los datos de la titularidad.

  • Bien, Don Narciso ¿Y cuánto dinero quiere ingresar usted?

Narciso le miró con gran sorpresa y cierta incredulidad

  • Verá, Ildefonso –sin abandonar el usted, Narciso se negaba a otorgar el tratamiento de Don a su interlocutor, que bien sabía no lo tenía ganado por sus estudios-, creo que ha debido haber un mal entendido sobre el asunto. Como bien le he comentado, el Ministerio nos ha comunicado que, a partir del mes que viene, necesita disponer de un número de cuenta bancaria para ingresarnos la nómina, pues ya no nos la van a pagar como hasta ahora. Ese es el motivo por el que quiero abrir la cuenta.
  • Ya, Don Narciso, pero para abrir una cuenta, es preciso ingresar algo de dinero. Además, usted debe tener sus ahorrillos y le garantizo que, dónde mejor guardados van a estar es aquí ¡Mire que hermosura de caja fuerte tenemos!

Según se expresaba, con tanto baberío como lo hacía, sin percatarse de ello -o haciendo como que no se percataba- cuatro o cinco gotas de saliva saltaron de su boca, yendo a parar a la americana de su oponente. Narciso miró con desdén la parte de su chaqueta a la que habían ido a parar las babas del bancario y, con mucha tranquilidad, le dijo:

  • Ildefonso, le he dicho que sólo la quiero para poder cobrar la nómina.
  • Pues será como usted diga, Don Narciso, pero sepa que está perdiendo una excelente oportunidad de rentabilizar sus ahorros e irse haciendo una hucha para la vejez. En fin, en cualquier caso debe hacer un mínimo ingreso.
  • Por si no ha reparado en ello, yo necesito muy poco para la senectud. ¿Vale con una peseta?
  • Hombre, Don Narciso, ¡qué menos que un duro!
  • Ahí va el duro –dijo Narciso, al tiempo que, introduciendo la mano en su bolsillo, sacó una moneda de níquel en cuya cara podía verse la efigie de un señor calvo y la fecha de 1957 y, en su cruz, un águila inclinada, donde, además, podía leerse el número cinco seguido de la expresión ptas. Con ese gesto, daba por zanjada la conversación.

De aquello hacía más de cuarenta años. Nunca más había abierto ninguna otra cuenta bancaria. Desde entonces, cada vez que le ingresaban sus haberes, acudía al banco a retirar sus dineros y los llevaba a casa, donde se los entregaba a Vicenta, que era quien los administraba. Durante todo ese tiempo, había sido capaz de mantenerse en pie y no sucumbir a tanta oferta de productos de pasivo, sorteos, regalos, tarjetas, libretas de colores, y hasta aparentes y apetitosos pelotazos, que junto a otros restos de propaganda, se iban almacenando en sobres sin abrir encima de la que fuera su mesa de trabajo. Pese a ello, la crisis de los últimos años vino a llamar también a su puerta, por medio de las nuevas condiciones de su libreta. Primero fue el establecimiento de comisiones obligatorias por mantenimiento de cuenta:

  • Señor director -le había dicho al nuevo inquilino jefe de la sucursal, y que, a todas luces, por muchos que fueran sus estudios, no le llegaba a la suela del zapato a Ildefonso-, en el contrato que yo firmé nada decía de las comisiones y no les he vuelto a firmar ningún otro. Esto no es más que un abuso y no tienen derecho a hacerlo.

El director, que después de haberle esquivado en varias ocasiones, no tuvo más remedio que atenderle, según salía del banco, como invitándole a marcharse, le echó la mano sobre el hombro, ya doblado por la edad, al tiempo que le hablaba:

  • Mire, Narciso, las entidades financieras funcionan así. Lo hacemos con todo el mundo. El banco es el que decide las condiciones de las cuentas, según evolucione el mercado. Entenderá usted que, si no fuera de esa forma, esta Caja de Ahorros no podría subsistir. Y, sin duda, resulta necesario.
  • Sobre todo para usted, que se llena el bolsillo con mis comisiones y las de los demás –le espetó Narciso, sin alzar la voz, para sorpresa del interlocutor.
  • Bueno, venga, ya. Es que hay que ir acostumbrándose a los nuevos tiempos.
  • ¿Los nuevos tiempos significan que, por tener mi dinero, ustedes me deben cobrar a mí, en lugar de ser al revés? No fue eso lo que me dijo su antecesor cuando abrí la cuenta. Espero que, en algún momento, me lo pueda explicar.

Narciso dio por terminada la conversación y salió a la calle. Despacio, tranquilo, sin perder las formas ni acelerar el pulso. No sólo era su condición. También la vida le había enseñado a templar los nervios. Según salía del banco, en el quiosco de la acera pudo leer los grandes titulares de la prensa del día: La Caja de Ahorros X intervenida por el Banco de España. Se calcula un agujero de más de tres mil millones de euros. Sus directivos asumieron altísimos riesgos crediticios con empresas vinculadas a sus familiares y amigos.

Un año más tarde subieron las comisiones de mantenimiento de cuenta. Narciso volvió a quejarse.

  • Señor Narciso, es que usted tiene poco dinero en la cuenta. Si tuviera más dinero no le cobraríamos comisiones. Lo que debe hacer es traernos el dinero que tenga en casa o en otros bancos y ya no le cobraremos comisiones –le dijo el nuevo mequetrefe que dirigía el chiringuito.

En esta ocasión, Narciso no dijo nada, Salió a la calle y en el quiosco de la acera pudo leer los grandes titulares de la prensa del día: la Caja de Ahorros Y intervenida por el Banco de España. Se calcula un agujero de seis mil millones de euros. Vendía participaciones preferentes a jubilados. Se estima que muchos de ellos han perdido todos sus ahorros.

Narciso no necesitaba mirar las portadas de los periódicos en el quiosco de la calle, para tener noticia de algunas cosas. Le bastaba con mirar la televisión y contemplar, cada día, un escándalo tras otro.

Pasado un tiempo, llegado el primero de mes, acudió a su sucursal bancaria para retirar gran parte de su sueldo. Tenía por costumbre, pedir un extracto de los movimientos de la cuenta, una vez retirados los fondos. Ese día observó una anotación adicional a su retirada de efectivo. Era un cargo por importe de tres euros. Miro al cajero, con cara de sorpresa, y le dijo:

  • Oiga, ¿y este cargo en la cuenta, por importe de tres euros?
  • Son las nuevas normas de La Caja, abuelo. Si se retira dinero en efectivo tenemos que cobrar tres euros. Poca cosa para los tiempos que corren.

Narciso sintió más el desprecio que contenía la hermosa palabra de abuelo, dicha en aquel momento y contexto, que la nueva comisión que le cobraba el banco.

  • Mire, yo ni soy ni he sido nunca su abuelo, así que, si no le importa, mozalbete, para usted soy Don Narciso. Me lo gané hace mucho tiempo, incluso antes de que tú correteases por el pueblo con los zapatos raídos y los mocos colgando. Y, en cuanto a los tres euros, ya que el banco ha decidido robarme con ansia mi dinero, procuraré dejar menos, cada día, para que el robo no pueda ir a mayores, porque esos tres euros son míos.

Y, terminada la frase, dio media vuelta y se fue. Según salía de la oficina bancaria, en el quiosco de prensa de la acera pudo leer los titulares del día: el Presidente y el Director General de la Caja de Ahorros X, condenados a una pena menor por su desfalco, no irán a la cárcel. Aquella visión, tras su experiencia, le alteró el pulso que tan bien conservaba.

Pasados unos meses y, tras haber comprobado que con cada retirada de su dinero el banco le cargaba en cuenta tres euros de comisión, Narciso acudió, como cada mes, a su religiosa operación de retirar el dinero de su pensión. Realizada la operación, con parsimonia ceremonial, pidió un extracto de la cuenta. En esta ocasión, además del dinero retirado, había dos cargos, ambos de tres euros.

  • Disculpe, creo que hoy se han excedido. Me han cargado dos veces una comisión de tres euros por sacar mi dinero.
  • No, abuelo, respondió el cajero gritando, mientras masticaba un clip entre los dientes. Es que ahora el banco también cobra comisiones por facilitarle el extracto de los movimientos de su cuenta.

Narciso quedó mudo y atónico ante lo que le estaba contando el cajero y la forma que tenía de contárselo. Tan desconcertado estaba que hasta se le olvidó el orgullo ante aquel chupatintas.

  • Y, entonces, ¿como voy yo a saber el dinero que tengo en mi cuenta?.
  • Es que se tiene que modernizar, abuelo. Ahora todo funciona por internet. Entras allí y se encuentra todo. Y así no le cobramos la comisión por darle el extracto.

Narciso salió algo trastornado del banco. Según salía, en el quiosco de prensa de la acera, pudo leer los titulares del día: Los presidentes y consejeros de la Caja de Ahorros Z pagaban sus gastos particulares con cargo a tarjetas de la Caja.

Al mes siguiente acudió a su cita bancaria. Cuando entró en la oficina, el cajero se encontraba solo. Tras los pormenores acostumbrados, le entregó el efectivo, y Narciso volvió a pedir el extracto de la cuenta. El cajero se lo dio sin muchos miramientos, al tiempo que le desatendía para ocuparse de otros menesteres.

  • Oiga, joven, por favor, podría salir un momento y recogerme el papel que me acaba de dar. Se ha caído al suelo y a mi edad me es imposible agacharme.

     El cajero salió. Como no lo vio, peguntó donde se encontraba el papel.

  • Está ahí abajo. Mire, mire bien. Creo que se ha metido debajo del mueble.

De mala gana, el bancario se puso de rodillas, agachándose a mirar por debajo del mostrador. Mientras eso sucedía, Narciso echó mano al bolsillo derecho de su pantalón y sacó un pequeño instrumento que le acompañaba desde su juventud. Lo abrió. Era una vieja navaja de cinco dedos de hoja que cualquier paisano, coetáneo suyo, llevaría por necesidad y con orgullo en su bolsillo. Según el cajero se levantaba del suelo, sin haber encontrado el extracto, aprovechando su impulso hacia arriba, Narciso se la clavó a la altura del hipotálamo y, seccionando su médula,  le dio el descabello. A continuación, recogió la navaja, la limpió con el extracto y se la guardó en el bolsillo. Abandonó despacio la oficina financiera. Al llegar a casa abrió una vieja estufa de leña que calentaba el salón y tiró el extracto dentro de ella. Luego acudió al baño y lavó con cuidado los restos de sangre en la  navaja.

Cuando la guardia civil acudió a la oficina bancaria encontró al empleado en medio de un charco de sangre. La nueva directora informó que no faltaba dinero alguno. La última operación que figuraba en las operaciones del cajero eran tres movimientos nominales de ciento cincuenta mil euros cada uno, al DEBE y al HABER, en la caja del banco, y, un poco antes, una pequeña salida de numerario para el pago del reintegro de Narciso. A la hora de comer, la guardia civil se personó en su casa.

  • ¿Quién es, Vicenta? –Se le oyó decir desde dentro de la casa.
  • Preguntan por ti.
  • Sea quien sea, dile que pase. Esta casa siempre estuvo abierta para todo el mundo.

La parisina

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Una fina llovizna caía sobre Madrid, entristeciendo la ciudad. Luis caminaba cabizbajo, con los ojos hundidos, los hombros más cerca del suelo que su pecho y un rosario de arrugas en su cara que no eran otra cosa que una colección de amarguras y cicatrices de cada uno de sus fracasos. De pronto, se paró frente a un cartel. Anunciaba el concierto de una joven francesa, colgada de una sonrisa. Decían -los críticos- que era la voz de una nueva Édith Piaf, junto a la lucidez de Georges Brassens. Decía -el cartel- que ella era trop sensible y, con su cara dentro una delicada urna de cristal, anunciaba el concierto para pasados dos meses, en la ciudad de la luz, escrito sobre su frente, por encima sus dos llamativas farolas, azules y vívidas como el mar. ¿Quién será esta chica que no sale en los telediarios montando escándalos, o borracha y perdida? ¿Quién es esta parisina? –pensó. Y al tiempo que lo pensaba, algo en su interior se lo dijo en francés: On irá. Iremos. Mi hada y yo iremos a verla, de cualquier modo. Tomó nota de la dirección de internet y teléfonos para reservar entradas y dos meses después se encontraban volando sobre suelo francés, en busca de su nuevo descubrimiento.

Cuando avistaron la metrópoli, era una ciudad adormecida a la sombra de un techo grisáceo y cetrino. Bajo el cielo de París, los transeúntes desplegaban sus paraguas como si quisieran unirse a una añeja danza y antiguos amantes se arrebujaban en los bancos resguardados de los jardines de las Tullerías.

Cuando, poco más tarde, aterrizaron en el aeropuerto Charles De Gaulle, y salieron del avión, algo así como el rumor de una trompetilla se escuchaba a través de la megafonía de todas las dependencias del inmueble. Era un sonido rítmico y alegre que invitaba a bailar. Luis acudió a los baños a aligerar sus exigencias, tras el viaje. La señora de la limpieza, una joven negra de ojos profundos, le miró con una sonrisa suspendida de sus pupilas y, a pesar del cansancio que delataban sus facciones, le pidió, por favor, que esperara un momento que terminara de limpiarlos. A través de la puerta entreabierta la pudo ver como fregaba los suelos, moviendo su anotomía y la fregona al ritmo del soniquete que no cesaba de escuchar. Luego, a la vez que, amablemente, le franqueaba el paso, dijo: C’èst finí. C’est bien. Cuando salió de allí, contagiada del son, el hada que tenía en su casa le esperaba bailando, a la par que sonreía. De pronto, la voz rota y grave de una joven acarició el aire:

Donnez-moi une suite au Ritz, je n’en veux pas!
Des bijoux de chez Chanel, je n’en veux pas!
Donnez-moi une limousine, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala

Offrez-moi du personnel, j’en ferais quoi?
Un manoir à Neufchatel, ce n’est pas pour moi
Offrez-moi la Tour Eiffel, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala (1)

Luis quedó prendado de la voz que oía y de la pegadiza melodía y, según se alejaban, camino de los pasillos que conducían a la estación de tren que les llevaría a la capital, una parte de su alma quería quedarse para siempre escuchando aquella música, embebido como estaba en ella.

Se metieron al tren y, dados los últimos acontecimientos, una cierta congoja los acompañaba. Al pasar por Saint Denis y las estaciones aledañas el miedo se fue acentuando. Luis observaba a la gente sin perder detalle de sus movimientos, un ojo acá y la mente allí. Una mamá morenita, de culo ancho, llevaba de la mano a una chiquilla finústica de pelo infinitamente rizado, rematado por un moño. Cuando el tren se aproximaba a la estación, las dos se acercaron a la puerta con evidente intención de apearse. Miró despacio a la niña: se estaba riendo, y, aunque la única música que se escuchaba era el traqueteo de las traviesas al paso del tren, junto al chirriar de los frenos, la vio mover rítmicamente sus zapatillas de deporte, llenas de luces fluorescentes. La cría le enfocó y su risa se convirtió en jolgorio. Sin abandonar la vigilia, Luis seguía absorto con el ronroneo de la cancioncilla. No podía ser: aquellos pies se movían al mismo ritmo que la canción que se oía en su interior.

Cuando llegaron a París, tomaron acomodo en el hotel, en la Rúe de Víctor Hugo, cerca de la Plaza de L’Etoile, y, tras dejar las maletas y asearse un poco, fueron a comerse las calles. Bajaron por los Campos Elíseos, ante una ciudad tomada por la policía y en estado de permanente shock. Decididos a pateársela, llegaron al Grand y al Petit Palais. En este último, pararon a ver una exposición. Luego, caminaron hacia el río y se adentraron en el puente de Alejandro Tercero. Se hicieron algunas fotos junto a sus farolas y, después, decidieron embarcarse en el Batobus para apreciar la ciudad desde las aguas. Se apearon en la última estación. Desde ella, caminaron hasta cerca del Pont de Bercy, y allí, en el muelle del río, una chica, junto a otros dos jóvenes armados de un contrabajo y una guitarra, charlaba con los paseantes. De pronto, ella se llevó la mano a la boca, simulando soplar por una trompeta y el mismo soniquete que les recibió en el aeropuerto, como si saliera de un kazoo, comenzó a oírse, al tiempo que dos docenas de palomas, que se cortejaban, danzaban a su alrededor. La joven, de alegres ojos azul verdoso, como dicen que son los de las sirenas que se ocultan en las simas marinas, llevaba un abrigo gris abierto, atado con un cinturón, y un sombrero del mismo tono con una cinta alrededor. Después de soplar su trompetilla imaginaria se puso a cantar la misma melodía que habían oído en el aeródromo. Ella chasqueaba los dedos al ritmo del bajo, y no paraba de reír. ¿Era aquello la felicidad? Poco a poco, la gente se fue arremolinando junto a ellos, moviéndose, bailando y acompañando la música con palmas. En un momento determinado, su hada le agarró por la cintura, cogió su mano, la elevó y le empezó a mover. Los pies de Luis, de común amarrados al suelo, se despegaron de él con la ligereza de dos pequeñas plumas que elevara el aire. Luego, con su mano en lo alto, la hizo girar a ella. Varias veces. Por un momento parecían dos novios en la fase del enamoramiento, ensimismados el uno en el otro, y ella, la chica, reía, y cantaba, ¡cómo cantaba! Llegó el estribillo:

Je veux d’l’amour, d’la joie, de la bonne humeur
Ce n’est pas votre argent qui f’ra mon bonheur
Moi j’veux crever la main sur le cœur,

 Papalapapapala

Allons ensemble, découvrir ma liberté
Oubliez donc tous vos clichés, 

bienvenue dans ma réalité

Cuando terminó la canción, algunos jóvenes franceses quedaron charlando con ella. Otros, no tan jóvenes, como Luis y su hada, se fueron de allí despacio, muy despacio, moviendo los pies al son que acababan de escuchar. Más tarde, subieron a Nôtre Dame, y, pese a que se acercaba la oscuridad de la noche, vieron las gárgolas saltando de arco en arco, llenas de colores. Tras la visita, pensaron que aquella visión era producto de su cansancio y que lo mejor sería retornar al hotel y guardar fuerzas para el día siguiente. De modo que se volvieron a subir al Batobus para el regreso.

A la mañana, con nuevos bríos, ascendieron a Montmartre y, al llegar a la plaza del Tertre, una melodía, que ya empezaba a serles familiar, llegaba entre las calles hasta sus oídos. Se asomaron y allí estaba ella, la señorita de la permanente sonrisa, golpeando sus manos, una con otra, al ritmo que marcaba el contrabajo, y elevando al cielo su trompeta imaginaria. Se quedaron media mañana mirándola, como si la droga de la felicidad pudiera transmitirse gratuitamente, sin antes haber penado.

Después de aquello, acudieron a visitar el Louvre: La Gioconda reía a mandíbula batiente, La Victoria de Samotracia alzaba orgullosa sus alas y los fusiles y mosquetones de los libertadores de La Libertad guiando al pueblo se habían transformado en saxos dorados desde dentro de los cuales crecían flores multicolores.

Antes de acostarse, exploraron en la televisión. La vieron en un vídeo en Les Copains D’abord. Ella llevaba un vestido con los colores de la bandera francesa y salía al escenario con enorme descaro y decisión, y una sonrisa de oreja a oreja, llevándose la mano a la boca con su simulado kazoo. Se durmieron, reproduciendo cien veces la grabación. La claridad del día los despertó al ritmo de la misma tonadilla. ¡No podía ser, pero era cierto! Sonaba en la calle. Se asomaron por la ventana de la habitación del hotel y, para su sorpresa, allí estaba ella, acompañada de sus músicos: un contrabajo, una guitarra, un ukelele y una batería. Su hada abrió la ventana y extendió sus alas. Luis se agarró a las membranas, espolvoreó polvo de estrellas y cerró los ojos. Su maga decidió arrojarse al vacío. Y Luis con ella. Descendieron planeando y, al llegar a tierra, se sentaron en el suelo a escucharla. No tanto como hubieran querido, porque las articulaciones ya les chirriaban. Después, al caer la noche, acudieron a la Torre Eiffel y, desde ella, pudieron ver, de nuevo, a la chica saltando y brincando, con una risa que le estallaba en la cara y ese estribillo tan pegadizo y peculiar, convertido en un himno y en un grito de guerra:

Yo quiero el amor, la alegría, el buen humor
No es vuestro dinero el que hará feliz
Yo quiero morir con la mano en el corazón
Papalapapapala

Vamos, juntos, a descubrir mi libertad
Olvidad todos vuestros prejuicios
Bienvenidos a mi realidad

Cuando terminaba la canción, volvió a oírse el sonido de una trompetilla singular. Y, al tiempo que eso sucedía, las ratas saltaban de sus cloacas y alcantarillas. Por el atracadero del río la vieron alejarse, agarrada a su imaginaria trompeta y a su permanente sonrisa. Las ratas formaron un ejército tras ella que, como el flautista de Hamelín, iba embriagando los oídos de los roedores de aquel alegre ritmo. Cada batallón de ellas llevaba una placa con una red metálica llena de candados que retornaban a su lugar de origen. Eran los candados del amor eterno que, con arrebato, se habían jurado millares de jóvenes, anudándolos al Pont des Arts. Muchos de ellos se habían perdido, como el frenesí pasional que aquellos chicos se juraron, pero aún quedaban otros tantos en pie. Según levantaron la vista, algo más allá, entre el Campo de Marte y el puente de Bir-Hakeim, los viejos amantes descansaban en bancos de piedra, al tiempo que se besaban sin prisas, escuchando la canción que, para ellos, compusiera Jacques Brel. Y allí, en lo más alto de la Torre Eiffel, según Luis y su hada, deslumbrados por la noche, acariciaban con los dedos el cielo de París, como por arte de magia, los labios de la parisina entonaron para ellos la misma melodía. Se miraron con ojos cansados. Los años habían pasado sobre sus caras y sus sonrisas. No hacían falta palabras. Los dos bien supieron que, a cambio de toda una vida, ese día sería una pausa que les pertenecería para siempre.

(1)

Dadme una suite en el Ritz, ¡no la quiero!
Joyas de la casa Chanel, ¡no las quiero!
Dadme una limusina, ¿qué haría con ella?

Papalapapapala

Ofrecedme personal, ¿para qué lo quiero?
Una mansión en Neufchatel, ¡no es para mí!

Ofrecedme la torre Eiffel, ¿qué haría con ella?
Papalapapapala

Yolanda ya no está

barca solitaria

La he perdido. Hace tiempo que no sé nada de su ser. Solía ser la primera en llegar al portal, ahíta de sencillez, y, hoy, aunque he acudido donde solíamos encontrarnos, ya no estaba. Me he pasado la tarde, peleando contra viento y marea, buceando por espacios siderales en su búsqueda, pero no queda rastro de ella. Ni de sus luces, ni de sus sombras, ni de sus bellas palabras. Yolanda ya no está.

Acaso os preguntaréis quién es ella. Tan sólo os diré que fue la originaria y la que mejor me regalaba los oídos. Ella fue quien, tras de mí, iba enseñoreando mi bandera, quien me entregó su afecto y ya no recuerdo cuántas estrellas. Solía esconderse detrás unas gruesas lentes y el hociquillo de una mascota, pintarrajeando papeles en su biblioteca. Y me escribía versos. Bueno, tal vez, sea muy pretencioso decir que los escribía para mí. Así que, diré mejor que componía hermosas poesías que se me ahondaban ahí: adentro, en ese mar oscuro en cuya costa se me ha abierto una saja por la que sangran letras deshilachadas, rememorando sus poemas. Todavía recuerdo la primera vez que la vi, cuando apartó su perrillo y sus anteojos, para mostrarse tal cual era: la mano sujetando su barbilla, tras la que se adivinaba una media sonrisa y dos lunas protegiendo el azul intenso de sus ojos, que también sonreían. Esa era el aspecto de la chica que empezó a traer soplos de vida a mis ilusiones de viejo. Aunque no mucho, ella siempre estuvo lejos, pero te hacía sentir que estaba cerca. Con nobleza baturra miraba de frente; con el mismo señorío te enviaba sus aplausos y sus elegantes críticas. Y, ahora, una estúpida pantalla me dice que ha borrado su sitio. ¿Su sitio?, ¿por qué?, ¿de dónde?, ¿de la faz de la tierra? Así lo parece. Cuando yo era huérfano y caminaba entre tinieblas, ella vino a rescatarme. Luego, llegaron otros, pero ella fue la primera. Y, ahora, la he perdido. La primera follower de mi blog se ha evaporado, dejando un vacío inmenso y, tal vez, irreparable, a sus espaldas. ¿Quién me hará ahora los comentarios? ¿Habrá alguien que tome su antorcha? Adiós, Yolanda. Hasta siempre.

Tres mendigos

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Mi amigo Ínigo era hijo de un conocido industrial vasco, dueño de una importante fábrica con marca, que, por aquel entonces, por razones de seguridad, como tantos otros, había decidido vivir fuera de Euskadi. Su padre era un auténtico atleta y, con más de cincuenta y cinco años, representaba lo que hoy vendría a ser “un armario”. Un armario de metro ochenta y ocho de altura, unas manos que, mirando la cara de mi amigo, constataba que nunca se las había puesto encima, unos brazos más gruesos que mis piernas y unos pectorales que le hacían estallar los botones de las camisas. Estas dotes físicas hicieron que, dentro del círculo de amigos de Ínigo, su padre fuera popularmente conocido como “Tarzán”.

Su madre, sensiblemente más joven, era de una belleza extraordinaria. Tenía la naturalidad y la sencillez de quien está segura de sí misma y te hablaba o hacia las cosas como si no hubiera otra forma de hablarte o hacer las cosas. Y esa naturalidad le hacía aún más bella.

Todos ellos vivían en el número cinco de la calle Amapolas de Madrid, dos manzanas más abajo de donde se encuentra la Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno. La casa era un enorme chalet individual, rodeada de un gran jardín, delimitado por una hilera de cipreses que le conferían intimidad. Estaba guardado por un león -porque aquello no era un perro, aquello era un león-, cuyo sólo ladrido te ponía los pelos de punta. Tras el jardín existía una pequeña pista de baloncesto, con el suelo algo más hundido, donde, al llegar la primavera, acudíamos por las noches a jugar. Cuando, en alguna ocasión, el balón saltaba la valla para desembocar en el jardín -y como, salvo Ínigo, nadie se atrevía a ir a buscarlo-, su madre salía a la penumbra para devolvérnoslo. Y debo confesar que yo rezaba todas las noches porque se nos escapara alguna pelota.

La primera vez casi me da un pasmo. Maite, que así era como se llamaba la madre de Ínigo, salió al jardín descalza. La pudimos ver entre los huecos de luz que dejaba pasar la pared de cipreses. Llevaba suelta su melena rubia y un camisón blanco, que, al contraluz, dejaba traslucir una única y ajustada prenda de ropa interior, igualmente blanca, unas formas como las de la mejor modelo, y dos redondeces, oscurecidas por dos pináculos, que nos dejaron a todos sin palabras durante un buen rato. Lisa y llanamente, la madre de Ínigo era una mujer totalmente deseable, incluso para unos jóvenes como nosotros, recién salidos de la adolescencia.

Desde aquel día, o, mejor dicho, desde aquella noche, juro por lo más sagrado que puse todo mi empeño por aprender a jugar al baloncesto. En casa de Ínigo, por supuesto. Y casi lo consigo: jugar bien al baloncesto.

Cierta noche que acudí a buscar a Ínigo a su casa, me tocó esperarle mientras terminaba de ducharse. Él me franqueó la puerta, me pidió que pasara al salón y que allí me sentara y esperara. Y, mientras esperaba, apareció Maite. Llevaba una falda roja de tubo, ligeramente por encima de la rodilla, una camisa blanca de Oxford remangada, la melena recogida en una coleta, y unas sandalias con medio tacón. Me saludó cariñosamente, y, con esa naturalidad que ella gastaba, me plantó dos besos. Con los labios ligeramente pintados de marrón, me dejó una pequeña marca, que, nada más salir, su hijo advirtió en mi cara. Se sentó frente a mí, sobre un sofá de flores, cruzando suavemente las piernas. Lo primero que me dijo fue que le tuteara, que ya era suficientemente mayor para que yo la hiciera más hablándole de usted y, acto seguido, como era natural, me preguntó por mis estudios. Me dijo lo bien que hablaba Ínigo de mi  en ese aspecto (ojalá pensaran lo mismo mis padres, me dije) y me preguntó por mis planes de futuro.

Por un momento, los dos allí sentados, frente a frente, recordé a Dustin Hoffman, mi actor favorito, en la película de El Graduado. Pero la madre de Ínigo no era Miss Robinson, sino que, además de ser la madre de mi amigo, era toda una señora de la cabeza a los pies, y, si se me permite decirlo, parafraseando lo que se decía de Ava Gadner, uno de los animales más bonitos del mundo.

Casi en la confluencia del número cinco de la calle Amapolas comenzaba la calle de Los Olivos, en cuyas dos esquinas había sendos bancos. Al tratarse de una calle poco transitada, con cierta asiduidad, algunos mendigos acudían a pasar la tarde, o la mañana, a ese lugar de paz. Y allí llevaban a cuestas sus escasos enseres, entre los que nunca faltaban una caja de leche y una o dos botellas de vino.

Una tarde de finales de abril de 1980 allí acudieron tres mendigos. A saber, dos varones y una mujer. Ellos, con sus abrigos grises raídos, sus pelos largos y lacios y, como las barbas, todos blanquecinos; ella, con un abrigo de color, algo más nuevo, unos labios secos y cortados, que al despegarlos dejaban en evidencia la ausencia de un colmillo y un incisivo, la cara demacrada y el pelo teñido color de zanahoria, con unas raíces negras y blancas de más de cuatro centímetros. Sus pocos enseres -la leche y el vino omnipresentes, un radiocasete y un trozo de espuma, envuelta en una sabana, junto a lo que parecía una manta-, se agolpaban dentro de una carretilla de obra, rematada por una pequeña pala.

Ese día habíamos acudido algo más pronto a jugar al baloncesto. Desde la cancha, observamos a los mendigos e Ínigo nos contó lo que había oído la tarde anterior. El más alto y delgado de los tres decía ser catedrático de Historia Contemporánea y había dado clases en la Universidad de Buenos Aires. Tras el golpe de estado de 1976 se había visto obligado a exiliarse y, sin más familia que la que dejaba en Argentina (su madre y una hermana), por aquello del idioma, y porque soplaban vientos de libertad, había decidido venir a España. Tras algunos trabajos mecanografiando libros y haciendo correcciones gramaticales, la crisis económica le había abocado al paro, cuya prestación hacia nueve meses que había consumido.

Los otros dos, al calor etílico de la conversación, habían resultado ser, uno de ellos, perito mercantil, y, la otra, aparejadora, que, igualmente, habían quedado en paro. Mi amigo Ínigo sólo daba crédito al catedrático que, además, tenía un pronunciado acento argentino. En cuanto a los otros dos, mi amigo pensaba que, tal vez fuera por la crisis, pero que accedieron a la calle desahuciados por sus propios familiares, hartos ya de sus continuas querellas y borracheras. Cada uno tenía su origen, pero ya en la calle se habían convertido en una extraña pareja.

Cuando aquella tarde llegaron al banco, ya se encontraban sobradamente ebrios. Allí se sentaron a continuar bebiendo, y, poco a poco, la conversación que iniciaron fue elevando el tono. Todo lo elevado que pueda ser el de una persona totalmente alcoholizada. De repente, uno de ellos, como si de una imagen a cámara lenta se tratara, dio una bofetada al otro, el argentino, sin oposición alguna. Éste, a la misma velocidad, cogió una de las botellas de vino, y, también sin oposición, la estampó contra la cabeza del otro, que, como un niño, se puso a llorar. Cuando todo apuntaba a que el episodio se iba a dar por finalizado, la mujer cogió un de los cristales rotos de la botella de vino que habían caído al suelo y, con su perfil, también a cámara lenta y sin oposición, lo restregó por la cara del argentino, de la que empezó a manar abundante sangre.

La policía, a la que avisó Tarzán, tardó tres minutos en llegar. Se plantaron delante de ellos, conversaron con ellos, y los tres se mostraron muy amigos y sorprendidos de aquella visita. Tras algún tira y afloja, el argentino consintió irse con los policías, para llevarle a un hospital. Cuando se marchaban, la mujer echaba sapos y culebras por la boca, dirigidos a los maderos. Al llegar el crepúsculo, junto al otro mendigo, los vi alejarse empujando la carretilla de obra. No volví a tener noticia de ellos.

Aquella noche no se nos escapó ningún balón de la cancha. Afortunadamente, porque a mí no me quedó el cuerpo para mirar a Maite. La vería unas cuantas noches más, después de aquella, con su inolvidable camisón blanco. Sin embargo, y, pese a que dicen que el ser humano guarda siempre los buenos recuerdos, de todos los partidos de baloncesto que jugué en casa de mi amigo Ínigo, el recuerdo que más presente tengo es el episodio de la pelea de los mendigos. Tal vez sea por aquello de no pecar contra el noveno, que, como bien se sabe, es el único pecado del pensamiento, cada vez que recuerdo o intento recordar a Maite, con su camisón blanco al trasluz, tres mendigos agrediéndose me nublan esa visión. Y, pese a ello, sólo puedo decir, recordando al catedrático de Historia Contemporánea, que me siento enormemente afortunado.

El jardinero fiel

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Existe un jardín
Dentro de mi casa,
Que la lluvia riega,
Que el Sol abrasa.

Altos muros de hormigón
Lo protegen,
Una valla
Y más de cien cipreses.

Flores blancas
Adornan sus inviernos
Y cantan los pájaros
En su silencio.

Azul en el cielo,
Verde en el suelo,
Un peral, seco un cerezo,
Y un ciruelo.

Un arco iris de rosas,
Casi puras:
Grandes y olorosas,
Breves y maduras.

Mudas alumbran
Dos farolas blancas
Si llega la noche,
Si el Sol no alcanza.

La senda que he andado
Aquí me detuvo:
Las calles son fuego,
El mar muy obscuro.

Soy yo un jardinero
Tranquilo y fiel.
Esa es mi vida,
Vivir como se es.

Una rama del peral
Partió el viento.
Un rayo mundano
Secó el cerezo.

Alimañas ciegas,
Fieras voraces
Mutan sus rosas
En charcos de sangre.

Por sus espinas,
Desnudas las manos,
Sin su voz,
Gritan pétalos callados.

Mas muestro el jardín
A quien viene a verme,
Uñas y dientes
Si pisan su verde.

Enseño el jardín
A mansos de siempre,
Los que comparten
Y viven mi suerte.

Enseño el jardín
Con miedo a la gente.
Quedan muy pocos,
el mal se hizo fuerte.

Enseño el jardín
-no soy tan valiente-,
aquello más bello
conmigo a la muerte.