La memoria descosida

corazon-mal-herido_4649

La memoria descosida

 

Se le conocía como Luis “el loco” y se decían muchas cosas de él. Ninguna buena. Se decía que, algunas noches, se oían voces y gritos desgarrados que parecían provenir de dentro de su casa, y en el ambiente circulaban más que rumores acerca de su salud mental y fábulas increíbles de muertos a sus espaldas, que hacían que los niños, y algunos no tan niños, con sólo oír su nombre, corrieran despavoridos a refugiarse en sus moradas.

Su metro noventa y cinco y ciento veinte kilos de peso realmente impresionaban. Pero aún impresionaba más su leyenda. Vestía una capa negra, un sombrero de fieltro, también negro, y unos viejos guantes de cuero con los que agarraba la cabeza de bronce de un bastón sobre el que se apoyaba en su caminar. A su paso, las calles quedaban desiertas y un aire gélido sellaba con hielo las puertas de todas las casas. En su andar, desde su más absoluta soledad, miraba el mundo a través de unas gafas oscuras. O quizá ni siquiera lo miraba: tal era su desinterés.

Se hallaba cerca de cumplir los cincuenta y, desde hacía catorce, vegetaba en una antigua casa de una céntrica, pero escondida, calle, llena de recovecos. No había niño o adolescente que tuviera valor para atravesar aquella calle. Tampoco había muchos adultos dispuestos a hacerlo.

Pocos en el pueblo conocían su historia: su verdadera historia. Se había perdido en una desgraciada curva de la carretera, de regreso de la capital. Allí quedaron sus tres únicos amigos y, un poco antes, en una acera de la gran urbe, con los ojos abiertos de par en par, sobre un espeso lago púrpura, el amor de su vida. Allí la vio por última vez: la piel infinitamente nívea y un rosario en la palma de mano, con las cuentas y el crucifijo incrustados sobre la carne. Cuando él llegó, estaba cubierta por una manta y, aunque sus amigos (que le habían acompañado para despedirlo) intentaron sujetarlo, saltándose el cordón policial, se arrojó sobre ella para verla por última vez. Y, al levantar la manta, ella -o lo que quedaba de ella- le clavó aquellos ojos blancos de hielo que, como dos puñales fríos, se cosieron para siempre a su memoria. Fue sólo un instante -lo que la policía tardó en reaccionar-, pero suficiente para, tal vez, trastornar alguna que otra conexión neuronal.

De vuelta a casa, dentro del coche, por el camino, Luis relataría a sus amigos los detalles de su crónica: había conocido a Mercedes, como todos sabían, desde la niñez. Habían compartido juegos, secretos, confidencias y aficiones, y, pese a tener su complicidad, tal vez para no destruir los maravillosos momentos que pasaba junto a ella, nunca tuvo el valor de decirle lo perdidamente enamorado que estaba de ella. Al cumplir la chica los diecisiete, un nuevo trabajo en la embajada de Francia para su padre los separó para siempre. La vio marchar en un Ford negro, un catorce de junio, tras el boquerón de un pajar de su familia, desde el que se divisaba la carretera, al que corrió desesperadamente desde su casa, después de colgar el teléfono, despidiéndose de ella. Allí, con toda su humanidad, lloró sin consuelo como el niño que aún no había dejado de ser.

Mercedes pasó ocho años en Francia y, a su vuelta, acomodados en la capital, a base de argucias e insistencias con ella, sus padres consiguieron casarla con un militar de carrera, de sólida posición social, con quien terminó estableciéndose en Madrid. Por aquel entonces, Luis, merced a las triquiñuelas de los padres, había perdido todo contacto con ella y se había convertido en un joven solitario y apesadumbrado, ante el que pasaba una vida que, para él, había quedado amortajada bajo unas gavillas empapadas por su llanto un catorce de junio de 1951.

Algunos años más tarde, tal vez subyugada por sus silencios y sus ausencias, la bella Rebeca consiguió arrancarle algunas sonrisas, para terminar desposándose con él. Ella sabía muy bien que dentro de aquel grandullón habitaba un buen hombre, pero nunca supo de su semblanza hasta que la encontró escrita en aquellas cuartillas en las que la tinta, de vez en cuando, se desdibujaba en algunas pequeñas ampollas húmedas que le habían salido al papel antes de llegar a sus manos.

Él, por tratarse de un hombre serio y laborioso, había devenido en ser elegido como representante de los empresarios locales en la Cámara de Comercio provincial, y en una de sus reuniones nacionales, por las calles de Madrid, se topó de bruces con Mercedes. Por un momento, los dos quedaron parados, mirándose, reconociéndose, deslumbrándose. Habían pasado quince años desde que la viera por última vez.

Decidieron comer juntos. Y, luego,  decidieron comer juntos muchos días más, aprovechando las reuniones de él en Madrid. Y Luis, el mismo Luis que no tuvo valor para confesarle su amor adolescente, deslizando su mano por debajo de la mesa para coger la de ella, que bajaba a coger la servilleta colocada sobre sus muslos, tomó el camino de lo ilícito y lo prohibido. La mano de ella se llenó de calor, de dudas, sonrojos y zozobras… Y de pasión. De la misma pasión que tantas veces había asfixiado con silencios en su adolescencia y juventud. Una gota de sudor se le acomodó en el hoyuelo de la garganta. Luego, sin decir ni una sola palabra, cerró su mano con fuerza sobre la de él; levantó la cabeza con la mirada llena de amor; y dos lágrimas redondas, que Luis se apresuró a secar, cayeron de sus ojos. Como el sentimiento nunca supo de razones los dos terminaron convertidos en adúlteros. Vivían en España, ella estaba casada con un militar, y era el año 1966.

La desatada pasión con la que, en los días de reuniones camerales, parecían querer recuperar tantos años perdidos, les llevó a concebir un hijo. Al notar la falta ella, y decírselo a él, habían tomado la decisión de huir: ella conocía bien París y, siendo que él era un buen veterinario, no les resultaría difícil rehacer su vida allí. Con las maletas preparadas, en el último momento, el militar descubrió el engaño. La acorraló: primero verbalmente; luego, físicamente, contra el balcón. En su retroceso, había enganchado un rosario que adornaba una de las paredes, ofreciéndoselo a él para aplacar la ira de su honor y hombría mancillados. Él desenfundó su arma reglamentaria y, alzándola hacia ella, con un mínimo gesto de su dedo índice, dibujó en Mercedes un pequeño círculo rojo en el centro de su frente, del que saltaron incontables pedacitos de piel. Un círculo rojo que, para siempre, dejó sus ojos enormemente abiertos y llenos de terror. Luego, la arrojó por el balcón.  Se estampó contra el suelo desde un sexto piso.

Porque, por aquel entonces, había cosas que no pasaban y no podían pasar, la versión oficial de lo ocurrido fue que ella, endemoniada, había terminado arrojándose por el balcón, huyendo de Belcebú. La cruz incrustada en la palma de su mano ayudó bastante a esta gran mentira.

Según se sinceraba hasta el desnudo con sus amigos, sobre ellos iba cayendo todo el peso de la empatía y de la tristeza. Y, entre esa tristeza y la neblina, el conductor no vio venir una curva. Terminaron en un terraplén, ochenta metros más abajo de la carretera, después de siete volteretas de campana. Y allí quedaron todos, menos Luis, que, milagrosamente, resultó ileso. Eran las dos de la tarde. Dicen que, justamente a esa hora, pese a llevar muerta más de cinco, Mercedes apretó con fuerza el crucifijo del rosario que quedó incrustado en su palma, como había asido la mano de Luis bajo la mesa, cuando éste decidió cruzar aquella frontera de perdición.

Llegó a su casa, como un alma en pena, a la una de la madrugada. Antes de partir al encuentro de Mercedes, con enorme dolor, porque Rebeca era una mujer que no merecía aquello, había escrito en cinco cuartillas, encerradas en un sobre, toda la pesadumbre que había ido acumulando a lo largo de los años, y la desatada locura a la que había decidido entregarse. Encima del sobre, una simple leyenda: “ábrelo si no he vuelto al anochecer”. Lo encerró en un cajón junto a un despertador encendido que comenzó a sonar a las diez de la noche.

Cuando se presentó delante de ella, Rebeca ni siquiera le preguntó por qué había vuelto. Sentada sobre una mecedora, sosteniendo un abrecartas ensangrentado que le temblaba en las manos, había logrado abrir una hendidura en su costado. Al verlo llegar, se levantó. Con las cuartillas impregnadas de sangre se acercó a él y, sin decir palabra, con la mirada perdida, las dejó caer a sus pies. Luis llevaba mudo bastantes horas, pensando para sí por qué no había cogido en algún momento el arma de algún policía para saltarse la tapa de los sesos. Y así siguió. Y Rebeca, con esa mirada perdida, introdujo la mano por su costado abierto y, antes de derrumbarse definitivamente, sacándoselo de dentro, le entregó en una mano su corazón. Todavía estaba caliente y bombeando plasma. En uno de esos bombeos, Luis sintió sobre sus mejillas el calor de la sangre de Rebeca, que impregnó toda su cara, y, al mismo tiempo que ella se moría, se desmayó.

Le llamaban Luis “el loco”, y él pensaba que la verdadera locura era no haber acabado por siempre con aquellos sufrimientos.

Una tarde de abril de 1980, en la plaza del pueblo, encontró llorando a una niña. Su gatito se había escapado y perdido, y un coche había terminado atropellándolo. Sentada en un banco, con el gatito -al que asomaban los intestinos- contra su regazo, no notó la llegada de Luis. Al verlo, se sobresaltó. Él la tranquilizó y le preguntó por su tristeza; luego, por su edad. La chiquilla, que dijo tener trece años, contó lo sucedido con el animal. Él examinó al minino, le preguntó si creía en los milagros y le pidió que rezase lo que supiera. La niña cogió confianza y le preguntó si sabía que le llamaban Luis “el loco” y por qué lo hacían. Luis dijo saber algo de aquello y también un poco de medicina -no en balde era veterinario- y, en ese escaso saber, pensaba que había que diferenciar las enfermedades del cuerpo y las del corazón, y él estaba enfermo del corazón, pues, a base de vivir sólo para remotos recuerdos, había cruzado algunas barreras que le habían dejado, irremediablemente, encadenado al día más trágico de su existencia, como pocos seres humanos serían capaces de vivir y soportar. Aún así, había terminado cosiendo a su memoria todos sus momentos de felicidad, aunque, algunas veces, merced a otros recuerdos que no conseguía descoser, le asaltaban terribles pesadillas.

– Aún no sé porqué -le explicó-, pero, lo creas o no, no estoy loco. Simplemente estoy triste, muy triste.

Se quitó sus lentes y, mirándola de frente, le dijo:

– ¿Lo ves? ¿Por qué crees que llevo estas gafas oscuras?

Luis preguntó a la muchacha por el lugar donde vivía y le pidió, por favor, si le podía acompañar a su casa. Su madre los vio venir calle abajo. Viéndolos andar y charlar su desconfianza inicial fue encontrando relajación.

– Buenas tardes, señora -saludó Luis-, y ella le devolvió el saludo.

– Tiene usted una niña encantadora y un gatito un poco travieso y confiado. Voy a ver qué puedo hacer por él.

Dejó a la chica con su madre y se marchó. La vida que Mercedes llevaba en su vientre el día de su muerte, en aquel momento, tendría su edad. De haber nacido niña, tal vez su semblante.

Días más tarde, le vieron bajando la calle principal del pueblo. Llevaba una pequeña jaula y, dentro de ella, un animalito. Llegó a la casa de la muchacha y golpeó tres veces con el llamador. El hielo que rodeaba aquella entrada, desde el dintel hasta el suelo, se evaporó con el aliento del gatito. La madre se asomó tras una persiana y, al ver la estampa, salió a abrir la puerta con la niña. Luis le entregó la jaula con el felino. La mirada de felicidad y la sonrisa de la cría le conmovieron. Se agachó para mirarla a los ojos y que fueran ellos los que le trajeran por un instante una felicidad hacia tanto tiempo pérdida:

– No pude coser a las mujeres de mi vida -le dijo-, pero sí he podido coser a tu gatito. Tráemelo si alguna vez se pone enfermo.

Y prosiguió:

– Sin embargo, ten esto bien presente: llegará un momento en que no podrás coserlo. A partir de entonces, no dejes que nunca se descosan de tu memoria los hermosos recuerdos de todo lo vivido junto a él. Tal vez, algún día, los necesites para vivir.

Luis se alejó calle arriba, caminando despacio, apoyado en su bastón, mientras madre e hija le veían alejarse desde el vano de la puerta. De pronto se dio la vuelta y, dirigiéndose a la chica, dijo:

– ¡Ah! Una pregunta que aún no te he hecho, ¿cuál es tu nombre?

– Mercedes, me llamo Mercedes.

– ¡Vaya! Siempre supe que los ángeles tenían ese nombre, pero acabo de volver a corroborarlo. Mi hija hoy tendría tu edad. Y, por supuesto, tu nombre.

Anuncios

Mi ballena verde

IMG_3940IMG_3942

 

La avisté dos millas al oeste del faro de Roche. Formaba parte de un grupo de rorcuales que, por alguna extraña razón, buscaban despavoridos la costa. Se fueron acercando, poco a poco, y el mar hizo el resto. Los entregó a la playa, aunque más que a la playa, los entregó a las calas.

Aquella tarde, una docena de ballenas pigmeas fueron arrojadas en la pleamar contra las calas y los acantilados de Roche, donde quedaron cautivas. Y, aprovechando la bajamar, un grupo de voluntarios intentó devolverlas al agua. Lentamente, lo fueron consiguiendo con cada una de aquellas que habían quedado varadas en las calas principales. Al caer la noche, habían conseguido devolver al océano ocho de ellas. No así mi ballena, a la que divisé desde lo alto del acantilado en la quinta cala. Se plantó allí, sola y abandonada a su suerte, atrapada entre la arena y las rocas.

Descendí por las escaleras que dan acceso a la cala y me fui directamente hacia ella: la boca abierta, los chillidos aterradores. Como pude, traje del mar toda el agua posible para bañarla. Le acariciaba, y ella bufaba, a la par que su sonar emitía unos penetrantes chillidos que formaban una orquesta de sonidos chirriantes con los de las demás ballenas encalladas. Acudí en busca de auxilio hacia las calas anteriores, pero los voluntarios no daban abasto con el trabajo que allí tenían. Me intentaron ayudar tres espontáneos, pero poco sabíamos del mar ninguno de los cuatro. Poco del mar y nada de ballenas. El agua que nos servía para mojar su piel, servía también para humedecer la arena en la que, poco a poco, la ballena se iba anclando. Ni éramos suficientes, ni teníamos los materiales adecuados para devolverla al océano. Según subía la marea, intentamos empujarla, aprovechando el agua que traían algunas olas. Conseguimos darla la vuelta y ponerla mirando al mar, pero el resto de nuestros esfuerzos resultaron baldíos. Me será muy difícil olvidar el tacto de su piel, su mirada, esa mirada entre el agradecimiento y la desesperación que se te clavaba en las entrañas, y aquellos agudos chillidos que te golpeaban con fuerza los tímpanos.

A medida que el día se iba acabando, la marea fue subiendo más y más. Según se acercaba el ocaso, por momentos, amenazaba con dejarnos allí atrapados a nosotros también. Todos lo sabíamos muy bien, la pleamar no dejaba al descubierto ni un solo grano de arena en aquella cala. Tampoco hacía prisioneros. Menos aún aquella pleamar de la luna llena de agosto. Días atrás había buscado en internet el horario de las mareas de la zona. Para aquel día, la mar llena estaba prevista a las once de la noche, y el coeficiente de penetración, muy alto, sería de 112 metros.

Sobre las nueve, el agua nos cerró el paso hacia las escaleras de salida. Esa fue la inequívoca señal de que había llegado el momento de marcharse. Nos dirigimos hacia las rocas que separaban la quinta cala de la anterior, y, con el líquido por las rodillas, accedimos a ella y a sus escaleras. Según doblábamos las últimas rocas para adentrarnos en la cuarta cala, vimos a la ballena dando desesperados aleteos con su cola. Y allí se quedó. Para siempre. No consiguió hacerse al agua con la marea alta. Debió agonizar cuando el mar se retiró en la madrugada.

Aquella noche los voluntarios consiguieron devolver a su hábitat a los tres cetáceos restantes, pero no así la que bauticé como mi ballena. Cuando, en la mañana del día siguiente, acudí a verla, ya no le quedaba ningún soplo de vida. Me senté a su lado, a la altura de su aleta dorsal, y, por un momento, quedé mirando la inmensidad del océano haciéndome un montón de preguntas, para ninguna de las cuales encontré respuesta. Esa misma tarde terminaron mis vacaciones.

Tiempo después me contaron que, primero, cerraron todos los accesos a la cala con determinadas advertencias y, después, ante la imposibilidad de devolverla al mar, para que él se hiciera cargo de su cuerpo en descomposición, plantearon dinamitarla con explosivos. Pero, por alguna razón inexplicable, la ballena pigmea se momificó por completo antes de que llegaran aquellos. Quien tenía que tomar la decisión dudó por momentos -la decisión no era fácil, los acantilados estaban encima-, los suficientes para que el rorcual fuera, paulatinamente, metamorfoseándose con el paisaje, al igual que lo hiciera Bill Turner “el botas”, y otros muchos más, cautivos en El Holandés Errante de la película Piratas del Caribe. Así, pues, la decisión fue dejarla allí, controlando la aparición de posibles contaminantes, caso de que se produjera su descomposición.

Regresé al año siguiente y, sin saber la sorpresa que me esperaba, aprovechando la marea baja, a primera hora de la mañana, fui dando un paseo y adentrándome en las calas. Al llegar a la quinta, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo: en el mismo sitio en el que varase el cetáceo, una gaviota se encontraba posada sobre la aleta dorsal de una ballena verde. No pude reprimir las ganas de dejar aquel instante para la posteridad. Como llevaba encima mi teléfono móvil, lo desenfundé y me puse a disparar fotos como un poseso. Para verla más cerca, avancé un poco más, con miedo de espantar a la gaviota, que, a los cinco o seis pasos, salió volando. Ante esto, una vez finalizada la sesión fotográfica, me fui directamente a la ballena. Se encontraba totalmente cubierta de algas, que le conferían su color verde, con innumerables lapas adosadas a su cuerpo, algunas pequeñas caracolas y crías de mejillones por doquier. A través de su piel horadada entraban y salían minúsculos cangrejos, y, en aquel ambiente rocoso, se confundía a la perfección con el paisaje. La miré por todos los lados. Además de la aleta, aún se le dibujaba con claridad la boca. Me senté a su lado, tal como había hecho un año antes. Frente a nosotros, el mar y, sobre una roca, la gaviota que había visto posada en su aleta. Con el cuello estirado. En permanente alerta. O, tal vez, altiva, consciente de su belleza. Reanudé el rosario de preguntas que ya me había hecho, con el mismo resultado que tuviera un año atrás y retorné al apartamento con el tesoro guardado en la cámara de mi móvil.

Ese verano acudí unas cuantas veces más para disfrutar de aquel regalo de la naturaleza. Sólo el batir de las olas rompía el silencio de aquel lugar. Bueno, el batir de las olas y, en la cuarta cala, dos leones marinos, madre e hijo, jugando sobre la arena, también petrificados.

Acabaron las vacaciones. Volví a mi rutina, como acabo de volver ahora. Mi ballena verde quedó allí, solitaria, mirando al mar, esperándole, quizá desafiándole con la secreta esperanza de que un Leviatán surgiera de las profundidades para devolverla a su sitio, donde descansar junto a sus congéneres.

Pero el mar embravecido no necesita de leviatanes para devorar las ánimas. Él, por sí mismo, es un auténtico leviatán. Más o menos, debió de suceder así: en el mes de enero, el primer temporal del año trajo olas que alcanzaron los ocho metros. El monstruo, en uno de los embates de esas olas, primero, la partió en dos mitades: una en la arena, la otra arrebatada; luego, jugó con esta mitad; más tarde, la lanzó contra las rocas del acantilado, partiendo su aleta; y, por último, con la ayuda de algunas rocas arrancadas, partió también su mandíbula. El resto fue un simple trabajo de acarreo. Mi ballena verde vio cumplido su deseo y hoy descansará en el fondo del océano, donde sus restos en descomposición servirán para cerrar el ciclo de la vida marina.

Volví al año siguiente, ignorando lo sucedido. Nada más llegar, corrí a la playa y, tras andar unos cinco kilómetros por su orilla, llegué al lugar deseado. Busqué mi ballena verde por todas partes. Reexaminé las rocas entre las que se había metamorfoseado, pero no encontré ni un solo resto de ella ¿Acaso sólo había sido un sueño? ¿Lo había imaginado y estaba confundiendo la realidad con la ficción? Rápidamente, eché mano a mi teléfono móvil y rebusqué en sus archivos de fotos. Allí se encontraba ella con su inconfundible aleta  y la gaviota posada sobre la misma: mi ballena verde.

Desde entonces, cada vez que me surge la duda sobre su realidad, miro los testimonios que un día me traje sin pensar que me servirían para convencerme a mí mismo de mi verdad. Aquí os los dejo: es ella y está allí.

Sal gorda: una simple canción de amor

IMG_1696 (2)

 Tú me haces disfrutar
Entra en mi cuerpo ya.
No me paras de engañar
Sal de mi vida ya.

Debía llevar dos o tres cubatas encima. O cuatro. De garrafón, por supuesto. Cuando a uno le dan una entrada por cien pesetas con derecho a dos consumiciones y luego te cobran éstas a cinco duros, no puede esperar otra cosa que no sea garrafón. Mi hígado lo agradece desde entonces. Así eran las fiestas de la universitaria de las que, a falta de conciertos de La movida, de numerario, o de ambas cosas a la vez, yo era asiduo en aquella época. Y así era como animaba las tediosas tardes de los sábados de otoño e invierno. El planteamiento siempre era el mismo desde que salía el sol: sábado, sabadete….Y el resultado, también: desayuno con agua y domingo de resacón. El caso fue que, parametrizando los cánones de la psiquiatría, mis instintos detectaron las feromonas de la doncella y mi cerebro, con la inestimable ayuda de mis endorfinas, tras realizar no sé cuántas combinaciones binarias, en un plis plas, me dijo, por lo alto y por lo bajo, que aquella era la chica de esa noche. No está mal -me dije-, pero nada mal. Y salí al ruedo como era costumbre: a porta gayola, para luego dar un par de naturales.

En aquellos años -benditos tiempos- existía aquello de la música rápida y la música lenta. La primera, que siempre era la primera -y la última-, ginebra, vodka y ron por medio, servía para calentar motores y para que la bestia que llevaba dentro eligiera su hembra para el apareamiento. En aquella ocasión, con tanto ir y venir a la barra, con la única que había conseguido entablar conversación y arrancarle un par de sonrisas era una chica que hacía las veces de camarera, y me temía yo que, llegado el momento de las baladas no iba a estar para bailes. Ella. En cuanto a mí, empezaba a dudarlo. Pero, en la sala, ya se oían los prolegómenos del Stay de Jackson Browne, anunciando que el tiempo de la elección se estaba agotando….Y entonces la vi. Mi cerebro le dijo al animal que se había puesto mis pantalones que adelante. Con lo alegre que iba, nada ni nadie me detuvo. Ella tampoco. Dos frases, cuatro palabras, tres sonrisas, una mirada a los ojos y en cero coma estábamos agarrados, mientras Jackson Browne terminaba su canción.

Después, salimos a pasear. Era un mes de noviembre camino de diciembre y la rasca respetable. Nos apoyamos sobre un R12, yo aguantando la chapa helada sobre mi espalda; ella abriendo su capa para arroparme. Sólo la suavidad del satén de su blusa y el algodón de mi camisa separaban nuestros pechos. A la par que sentía su calor, me humedecí en sus besos. Cuando nos hartamos de comernos el uno al otro, volvimos al baile, donde ya todo sonaba a fin de fiesta. Ambos decidimos, casi al unísono, aligerar un poco del etílico que se nos había colado al riñón. Cuando volví, la música había dejado de sonar, las luces estaban completamente encendidas y ella no estaba. Como la noche aún era joven, mis amigos me apremiaron para marcharnos y continuar hasta bingo, y yo, repentina y desesperadamente enamorado, comencé a gritar su nombre como si estuviera poseido. Al poco apareció, con esa risa contagiosa suya, pidiéndome serenidad, para decirme que se marchaba con su troupe.

– Sí, pero ¿cuándo nos vemos? ¿Dónde vives? Dame, al menos, tu teléfono.

– No te preocupes, seguro que nos vemos.

Me despidió con un beso. Cálido. Húmedo. Y desapareció.

En aquellos tiempos era fácil reencontrar a la gente si acudías donde tenias que acudir. Y yo sabía dónde hacerlo: La Vía Láctea, El Sol, el Penta, el Rock-ola, los bajos de Aurrerá….. Estos últimos eran mi sitio preferido. Tal vez porque eran los más cercanos y los más baratos. No transcurrieron quince días, cuando al pasar por delante de uno de sus múltiples pubs, el virtuosismo de “el zurdo” y La Mode en El eterno femenino salían a través de una pequeña puerta. Buscando la canción, la vi en su interior. Convencí a mis amigos para entrar. Ella estaba con su troupe y a mí, en la barra, se me congeló el chupito en la garganta, cuando al girarme la vi besándose con uno de sus componentes. Meses más tarde, mientras en la oscuridad bailábamos agarrados en la universitaria, al tiempo que, en su oído, yo le hacía los coros a Mig Jagger, susurrándole Angie, y después de pedirme perdón por lo inoportuno de su acción, me confesaría que era un imbécil con el que había dejado y había vuelto a salir a partir de ese día y con el que mantenía una extraña relación. ¿Más extraña que la nuestra? Empecé a dudarlo.

La nuestra, si alguna vez se pudo hablar de la nuestra, fue una relación de sucesivos encuentros fortuitos, provocados por uno y por otro, que terminó por abrirme un hueco y partirme en dos el corazón. A cada encuentro, ella nunca me negaba nada, pero siempre me hablaba de su libertad. Y su libertad era mi paraíso y, a la vez, mi tortura. En los momentos más álgidos, mendigaba su amor, paseando por la acera de su calle para verla tan solo pasar. Pese a ello, a lo largo de dos años acudimos juntos a varios conciertos y a varias pelis. Pero mientras yo, como el canalla del Aute, frecuentaba al Alphaville, ella me hablaba de un novel director, que hacía las veces de líder en Rock-ola, y que había hecho una película muy fresca y divertida, bajo el sugerente título de Pepi, Lucí, Boom y …. Prometo que cuando por su recomendación la vi, juré por Dios y por todos los santos que no volvería a ver ninguna película más de ese señor. Las he visto todas.

Con el tiempo, abandoné la corte para hacer unas pequeñeces patrias. Tras un año, a mí vuelta, regresé al Alphaville para ver La balada de Narayama y así llenar el alma de una poesía que la vida llevaba tiempo negándome. Y, ésta vez sí, por casualidad, la volví a encontrar. Después de una breve charla, fue ella quien me propuso ir al cine. Sí, pero esta vez, elijo yo la película, le dije. Y ella aceptó.

Hacían ya tres meses que había vuelto hecho un hombre de servir al rey. Los acontecimientos que me llevaron a esa madurez poco tenían que ver con el desarrollo del insecto humano. Perdón del intelecto humano. El corrector ortográfico, a veces, tiene estas genialidades, porque, para hacerme un hombre, aprendí muchas cosas repugnantes que aún no me atrevo a explicar, aunque, merced a ellas, a los ojos del mundo alcancé el cénit. Sólo que, tal vez, como el niño de El tambor de hojalata, me negué a crecer.

No obstante, pese a ser un hombre, era un hombre sin blanca. Y, por ello, debía elegir muy bien mis inversiones de ocio. Tras meditarlo, decidí que Sal gorda era una buena inversión.

Estaba recién estrenada, el tres de febrero de 1984 en el Palafox, en la calle de Luchana de Madrid. Por aquellas latitudes, yo siempre recordaba esa calle por dos anécdotas: era allí, en el cine Luchana, donde cuatro años atrás había visto a una espléndida Victoria Abril en La muchacha de las bragas de oro. En esas fechas yo estaba enamorado secretamente de ella. Bueno, en realidad, por aquel entonces, yo me enamoraba de todas las heroínas de las películas. Lo cierto es que nunca me ocasionó problema estar enamorado de tres mujeres a la vez y no volverme loco. O quizás es que era mi estado natural y, por eso, no notaba el cambio; en cuanto a la segunda, porque aún no he podido olvidar la dulzura en la voz de Carlos Faraco, el vocalista de La romántica banda local, en dos años, dos, que era -y fue- la última canción que había bailado con ella:

“calle de Luchana, Bilbao y Fuencarral. 

Horchata en la Glorieta y churritos en el bar”. 

Algo más abajo, en el Drugstore de Fuencarral, haría un par de años que me había topado con Óscar (Ladoire), con la misma cara de despistado de Opera prima, de cuya Violeta, pese a su sosería, también me había terminado enamorando. O quizás de lo que me enamoré fue de una de las frases del celuloide, porque contiene una de las más célebres, memorables y significativas del cambio que se estaba produciendo en la época:

Tío, yo desde que dejé el rollo intelectual follo más. -le espeta, en la Casa de Campo de Madrid, un Resines motero a un lánguido Ladoire.

Y, por todo eso y porque era la segunda de Trueba, que tan buen sabor nos había dejado con la primera, decidí cambiar el Alphaville por el Palafox.

La peli resultó ser un tostón soporífero. Pero la había elegido yo. Así que aguanté el tipo. Va de un compositor en horas bajas (Oscar Ladoire) porque su chica (Silvia Munt) le ha abandonado. Y así todo el metraje, con un Ladoire con cara de memo diciendo:

– Natalio quiere a Palmira.

Hasta que Silvia regresa y se ponen a componer juntos un disco que el productor le apremiaba. Cuando ya se huele el final, Óscar le dice a Silvia:

– Once, ya sólo falta una. Hemos escrito canciones de toda clase de perversiones sexuales: exhibicionismo, fetichismo, masoquismo, zoofilia, pedofilia, sumisión y toda tipo de parafilias, y ahora sólo nos queda una de amor. Una simple canción de amor en la que hemos encallado.

Silvia coge las partituras y, entre ellas, encuentra la letra de una canción que el quiosquero le hubiera regalado a Oscar. La lee. Se maravilla. Aquí está. Ya le tenemos. En realidad es una perla olvidada: un tema que compuso Nacho Cano para el film en el furor del tecno pop y al que da voz una desconocida cantante sueca, de nombre Zanna, de la que nunca más se supo.

Y, entonces, descubrí que había valido la pena aguantar los soñolientos ochenta y tres minutos de rollo anteriores:

Oscar está al piano. Silvia, la dulce Silvia, lleva un albornoz azul y el pelo mojado, porque se acaba de duchar. Suenan las escasas, pero magistrales, notas de un piano, a la par que la cámara enfoca el interior del mismo. Oscar se levanta, cambia su cara de lelo por la de irresistible seductor y si dirige hacia Silvia. Ésta le mira y agacha la cabeza, Oscar coge las partituras, las tira al viento y toma a Silvia en brazos, y  al tiempo que los papeles vuelan por el aire, de fondo, un bajo acude en ayuda de los martillos que golpean con fuerza y, sobre la la cola del piano, en la que él sienta a Silvia que le abraza, una botella de champán se descorcha en solitario. Luego, sigue el compás binario de la percusión de una batería y, tras él, una voz femenina, de sugerente acento extranjero, comienza a cantar:

Yo no sé qué es lo que me va a pasar
Si no me dejas ni respirar
Y es que le pones tanta pasión
Que me rompes en dos.

Con el estribillo llegaron los créditos. Yo giré la cabeza a mi izquierda y me encontré con su cara y una pregunta asomando a sus  labios. Nunca la hizo. Según los despegaba le tapé la boca introduciendo mi lengua en ella. Y nos perdimos en un largo beso, mientras el público iba desalojando la sala. Terminó la canción, se encendieron las luces y nosotros seguimos abandonados a nuestro amor. Luego, se hizo el silencio. Pasados cinco minutos, el acomodador, muy educado, desde dos filas más abajo de la nuestra, nos avisó de que había llegado el momento de salir. Separamos nuestras bocas. Nos disculpamos. Yo me levanté y, para no ser menos que Oscar, cogí a mi Silvia en brazos, como siempre había visto a los galanes de las pelis. Ella, reclinando la cabeza sobre mi hombro, anudó sus brazos a mi cuello. Y así salimos de la sala. Y del cine.

Ya fuera, caminamos hacia arriba por la calle Luchana. Cada cinco besos, tres pasos; cada tres pasos, dos abrazos. Hasta que llegamos a una pequeña plaza ajardinada donde decidimos reposar nuestros afectos dérmicos. La noche era suave. La calle se fue quedando desierta. Y allí mismo, sobre una mesa, nos entregamos al amor. Ella resultó ser virgen y yo, por fin, me pude reconocer a mí mismo como un hombre. En la hora bruja, descendimos la calle. Nuestros pasos nos llevaron al Drugstore y allí, en un recoveco de la puerta, nos sentamos, nos abrazamos y, dispuestos a pasar la noche, nos quedamos dormidos.

En la madrugada, una profunda borrasca se adueñó de la ciudad, los termómetros cayeron en picado y, cuando al despuntar el día, abrimos los ojos, comenzaba a nevar. Nos desperezamos. Volvimos callados al jardín prohibido. La nieve ya había borrado las huellas que dejó su virtud. Nos miramos en silencio. Ella bajó la cabeza y yo introduje mis dedos entre su pelo y su mejilla, atrayéndola con los otros a mi cuerpo. Tomé un puñado de nieve pura de encima de la mesa y, con ella en el cuenco de mi mano, agarré la suya, y volvimos lentamente hacia Fuencarral. Cogidos de la mano y mirando al frente los dos. Las nubes se disiparon, el sol nos besó la cara y yo sentí que la nieve se hacía agua y su mano aire. Se subió en los escalones de un rayo de sol, en busca de su libertad, diciéndome adiós con sus ojos y una serena sonrisa que jamás olvidaré.

No la he vuelto a ver. Pero en la mesa del parque de la calle de Luchana aún hoy se adivina el dibujo de un corazón con nuestros nombres y la fecha del octavo día posterior a la del estreno de la película. De todo lo demás que allí quedó, compuse una canción que, cuando regreso, las mimosas me silban al oído al compás de la BSO de Sal Gorda. Dicen que, cada once de febrero, en la hora bruja, se oye el martilleo de un piano y el zumbido de un tapón abandonando el vidrio al descorcharse y, en la mañana, sobre la mesa del parque, aparece abierta una botella de champán con dos copas de seno a medio llenar, cubiertas por un manto de nieve.

1966

nino_carr

Venían por el camino polvoriento: él con la cara tostada y arenosa; ellas, sudadas, resoplando y espantando moscas con el rabo. Venían tranquilos, venían despacio, era ya muy largo el día y profundas las grietas del cansancio. Algún chirrido, metálico y acompasado, rompía la quietud del momento. Cada dos por tres un bache; cada tres por dos la soledad y el silencio.

Bandadas de gorriones revoloteaban en los álamos y en los nogales, buscando el abrigo y la protección de sus hojas. El crepúsculo era generoso y el aire una sedienta brisa, ahogada en sequedad amarillenta.

En las pupilas, una estampa adormecida por décadas de historia. Del suelo a la piel de él, apenas un trozo de goma entre sus pies ennegrecidos y la arena; del suelo a las uñas de ellas, cuatro pequeños trozos de hierro oxidados y claveteados sin piedad ni pena. Él, la hombría en la mirada, con las manos ásperas y desolladas; ellas, la mansedumbre por cerviz, con las cuencas de los ojos ahítas de agotamiento.

Venían por el camino agostado. Dos mulas tirando de un carro: la caja cargada de gavillas de cebada; los ramales en las manos de un niño de nueve años.

 

El guisante perdido

MendelCruzamientosMonohibridos

Cuando nací, todos los miembros del linaje de mi padre, morenos de tez tostada y ojos verde aceituna, me miraban con caras raras. Y es que yo resulté ser un niño de rostro sonrosado y un incipiente cabello rubio del que nadie tenía noticia, en la estirpe de ninguno de mis progenitores, hasta cinco generaciones atrás, por lo menos. De modo que, en tono de guasa, durante mucho tiempo -y en espera de que el pelo y la piel se oscurecieran-, recordando al señor Mendel, en mi familia decidieron llamarme, cariñosamente, “el guisante perdido”.

Como siempre, el paso del tiempo fue tozudo y se empeñó en rebatir al monje, y yo me convertí en un dulce niño rubio, de ojos azules y mofletes enrojecidos, lo cual no parecía hacerle mucha gracia a mi padre.

En el pueblo, todo el mundo decía que la única dinastía rubia que existía eran los rabotoro, apodo que no sólo les venía de lo evidente, sino del empuje y bravío con el que embestían. Con los años descubrí que eran unos señores que se paseaban por el pueblo llevando un carro de ruedas de madera, tirado por una mula, repartiendo bloques de hielo y bebidas de la época.

Según fui creciendo, los niños me decían cosas horrendas y me miraban mal. Y mi padre también. Mal y mosqueado. Así que yo tiré más a relacionarme con el otro género, con mi madre y con las chiquillas. Con éstas, me gustaba mucho jugar, sobre todo a las prendas. Había un par de ellas que, a escondidas, también les gustaba, pero el resto salían corriendo y me decían que era un cochino: prejuicios de la época. Pasaron los años y yo me aburría de jugar siempre con las mismas niñas. Más que nada, porque siempre traían la misma ropa interior de mercadillo y yo ya apuntaba maneras para apreciar la finura y delicadeza de determinadas prendas.

Por aquella época conocí a Miguel, el sifonero, que era quien traía a casa el vino y la gaseosa que tomaba mi padre en las comidas. No recuerdo haber visto nunca un tío tan rubio y con los ojos tan azules como aquel pájaro. Excepto ahora, cuando me miro al espejo. Así que mi padre, creo que con buen criterio, dejó de beber vino con casera en las comidas. Se pasó al cubata de garrafón que tomaba en el bar de la Bernarda, día sí, día también. Las malas lenguas dicen que la Bernarda le daba consuelo. Y digo que dejó de beber en las comidas con buen criterio, porque un día sorprendí al sifonero regalándole a mi madre un disco de Ramoncín, del que ella era fan empedernida. Pero no una fan cualquiera, sino de esas que, en los conciertos, se quitaban la ropa y, sujetador al aire y camiseta al vuelo, se ponían a gritar aquello de “Ramón, capullo, queremos….”. Esto lo sé, porque, un día, hojeando el álbum familiar apareció una foto suya de esa guisa que, en el instante, le había hecho mi padre. Al lado había otra de él, en el mismo lugar y momento, con una cara de insensato enamorado tremenda. Con el tiempo, sobre todo cuando en el baño contemplaba mi estampa, comprendí a mi madre. También al señor Miguel (creo que, a estas alturas, merece ese trato), porque mi madre estaba de toma pan y moja, que ¡si no hubiera sido mi madre….!

Mi padre, de tanto ahogar penas en el bar y/o con la Bernarda -que era viuda y tenía unas cejas y un bigotazo como los de Groucho Marx-, en poco tiempo, terminó hecho una piltrafa. Y el señor Miguel, como Terence Hill, cada día más lozano.

Llegada mi adolescencia, la cara se me llenó de granos, pero no uno ni dos ni tres, sino el Poema de Mío Cid al completo, con sus hojas de tapa dura incluidas, escrito sobre mi cara, en castellano antiguo, con dibujos y todo. De modo que, aunque yo tiraba muchos anzuelos, con vehemencia y entusiasmo, para jugar a los médicos con las mocitas del pueblo, todas salían corriendo y me insultaban llamándome cara grano. Eso me convirtió en un chico con una infancia y una adolescencia difíciles. Yo tenía mucho amor dentro, con ganar de compartir, y no era correspondido. De modo que, a falta de pan, decidí amarme a mí mismo. No diré que me convertí en un virtuoso del arte amatorio individual (que, he oído decir, los enanos practican como nadie, aunque, al nombrarlo, siempre se equivocan en la primera letra) porque, con la edad, he descubierto testimonios de otros amantes solitarios que me harían quedar como un sosaina. Pero bueno, hacía mis pinitos. La excelencia vino después.

Cuando mis padres me mandaron a estudiar a la capital, el granaje comenzó a desaparecer. Lo que no desaparecieron fueron mis ganas de entablar relación con el otro género. Cuanto más íntima, mejor, que el amor requiere de recogimiento. De casta le viene al galgo, que decían en mi pueblo. Yo siempre tuve a la mujer en muy alta estima y, por eso, siempre quise amarla hasta el final. Poco a poco, me convertí en un Adonis. Se me quedó un porte que ni el del Paul Newman y el Robert Redfort juntos. De manera que pasé a ser un latin lover, aunque por el color de mi pelo y mis ojos, de latin poco. De lover, ¡buaff! De eso ya os cuento después, porque si os lo digo de golpe, no me vais a creer.

Por fin encontré el cariño, pero con lo enamoradizo que yo era, enseguida me entusiasmaba con otras y ¡como era correspondido!, pues eso. La cantidad de ….. bofetadas que me llevé de mis exnovias. Tantas, que me volvió a la cara el aspecto rosáceo que tenía al nacer. Yo siempre intentaba explicárselo con paciencia: era el amor, que al igual que viene se va, pero a ellas no se les iba. A veces, cuando me miro hacia abajo, y veo mi armamento, acabo entendiéndolo.

Los estudios…. que os voy a decir. Para ser sinceros, mal, muy mal. Las clases empezaban demasiado pronto para las horas a las que yo me acostaba. Y más aún, para las horas a las que me dormía, después de un intenso ejercicio. No terminé la carrera, pero, al cuarto año, sin haber pasado de segundo de Periodismo, me enamoré de una pijita de porcelana que estaba para romperla. Y nos rompimos juntos. Nos rompimos muchas veces juntos los dos. Tantas, que terminé casándome con ella. Era un poco ñoña y tontita, pero era hija única y ¡estaba de buena…..! ¡Y su padre tenía una pasta…..!

Nos establecimos en un piso modesto de 150 metros en la calle Ortega y Gasset de Madrid, que, dos años más tarde, con mi próspero trabajo en una de las empresas de mi suegro, decidimos cambiar por un chalet en La Moraleja. El día que fuimos a vender el piso, el comprador y yo nos montamos en mi Porsche, para ir de casa a la notaría, y, conforme nos subimos al coche, el muy gilipollas, según se abrochaba el cinturón de seguridad, con cara de canguelo, va y me dice:

– ¿Tú no te pones el cinturón?

Me descojoné por dentro.

– Chaval -le dije-, esta camisa que llevo vale doscientos pavos, y no estoy dispuesto a que esa capullada del cinturón me la arrugue.

Los compradores, jóvenes, parecían buena gente los dos. Lo que nosotros necesitábamos: unos pardillos. Se la metimos hasta la empuñadura. En el precio y en el producto. Nos llevamos hasta los enchufes. Luego no nos sirvieron para nada, pero nos los llevamos. Pidieron una hipoteca de la leche. Todavía deben estar pagándola.

Poco después, mi suegro se compró el Testarossa, -para él, que no veas cómo le gustaba alardear-, pero mi santa se encaprichó del juguete y se lo pidió a papá. Y papá se deshizo…..Y el carro se vino a casa…..Y a los tres días era mío. Y me quedé con el Ferrari. Y si no, me dolía la cabeza a la hora de acostarnos, que uno siempre tuvo su dignidad.

Cuando me harté de amar a la parienta, le puse los cuernos a reventar. Eso es lo que dijo ella. Que yo recuerde sólo fueron diez o doce bellezones y ella no se enteró más que de dos. Como, además, estaba muy bien educada por su madre en aquello de tragar (mi suegro siempre fue un bala perdida), aguantó. Hasta que un día se enteró su padre. Y pare usted de contar. Mi suegra consentía porque el del dinero era el marido, pero mi suegro le estampó a su hija que qué coño hacia soportando eso, que yo no era más que un guaperas muerto de hambre y que me abandonara y se buscara otro antes de que se cruzara conmigo y tuviera que soltarme dos guantazos (con lo mal hablado que era, seguro que dijo otra cosa que coincide con el nombre de un puerto italiano). Mi ex no supo explicarle a su padre las virtudes ocultas que yo atesoraba, de modo que me dio puerta y me largó con viento fresco, con una escenita lacrimógena, diciéndome que no era más que un hijo de puta. Ni que fuera vidente.

Pasé de ser un tío gallardo y con planta que se las llevaba de calle a despachar gasofa en una gasolinera nocturna de carretera con sueldo de inmigrante sin papeles que tiene que pagarse los autónomos. Ahora, con las greñas que llevo, y como dejé de usar los perfumes parisinos, ligo en los bancos de los parques con alguna mendicante, pero sólo nos miramos, que ninguno tenemos pa’ condones y a ver si voy a coger algo o me voy a quedar con la mitad de su dentadura.

Un día llegó un Audi 4 a repostar. Según estaba llenando el depósito veo que el conductor se baja y me dice:

– Hombre, Miguelito (mi madre tuvo los santos bemoles de ponerme el nombre del sifonero), ¿cómo estás? ¿Qué haces tú por estos lares?

¡Como si no fuera evidente!

Eran el comprador de mi casa de Ortega y Gasset y señora. Le hablé de la separación y poco más. Él, un tipo rechoncho y bajito, me dijo que era juez, como su mujer, y que ya lo eran antes de comprar la casa. Y que no se podían quejar. Cuando se iban, bajando la ventanilla del coche, me volvió a llamar Miguelito y, mirándome la zamarra de trabajo, al despedirse, con una media sonrisa en los labios, me dijo:

– ¿Sigues sin abrocharte el cinturón? Ten cuidado que multan duro.

¡Qué cabrón! A su mujer se le escapó una carcajada. La muy zorra. Si no hubiera sido juez, le habría enseñado yo algunos argumentos….

En fin. Me alquilé un pisazo de 30 metros, cuarto sin ascensor, en la zona sur, cerca de la M-40. A mí es que me aburre mucho vivir en el centro y me producen cierta angustia los ascensores. Baratísimo: cuatrocientos de vellón. Como gano setecientos, aún me quedan trescientos para los autónomos y para vivir a tope. No tiene gas, pero no lo necesito. Como tengo GYM, cada día voy allí y me ducho. Y cuando llega la primavera, y abren la piscina, menos. El GYM lo tengo porque era un bono familiar y a mi suegro se le olvidó darme de baja. De manera que, como yo trabajo por las noches, voy por las mañanas, mientras ellos faenan, y así nadie se entera. Y todos tan contentos.

Agua había. Hasta que la cortaron por impago. Como me lavo y me ducho fuera, cada tres días lleno un par de garrafas en una fuente pública y con eso me da para beber y fregar los pocos cacharros. En cuanto a las necesidades, las menores las hago en los tarros de dos plantas que me regalaron y tengo en el alféizar de la ventana (las plantas tienen un lustre que para qué. Estoy pensando en cambiarlas por dos matojos de maría y venderlas luego) y las mayores las hago en el GYM y en la gasolinera. Así me escapo un poco del curro. Los fines de semana, realizo tres o cuatro viajes a la fuente y, con eso, renuevo la humedad de las plantas y hago la colada. Con jabón lagarto del DÍA, que es cojonudo. Después me pongo la ropa sin planchar, que la arruga es bella. Y como voy a trabajar en Vespino, no tengo que abrocharme cinturón alguno. ¡Nos ha jodido!

Tampoco tengo calefacción. Ni de gas ni eléctrica. Ni falta que hace. Hay vecinos arriba, abajo y a los lados que la ponen. Así que con una buena sudadera y dos mantas se está de puta madre. En los duros días de invierno, gasto un brasero de picón que, por encargo de mi madre, cada quince días, me trae del pueblo el señor Miguel (el picón, el brasero ya lo tengo en casa), porque mi padre ya está sólo para sopitas.

La luz la pago de octubre a marzo. De abril a septiembre la doy de baja. Con la luz del día y las Lunas de verano tengo de sobra. Como, además, por las noches casi nunca estoy en casa…Y si la cosa se pone mal, utilizó la linterna del Iphone que me encontré en el GYM, con cargador y todo, y que enchufo allí todos los días. No sé quién paga las facturas, pero a mí me sigue funcionando. Para el frigo -una reliquia de museo-, cada semana, Miguel me trae bloques de hielo gratis. Creo que me ha cogido cariño.

En fin, que mi historia se puede resumir brevemente: antes iba en Ferrari, ahora pongo carburantes, de once a siete, en una estación de servicio. Y gracias. Es la puta crisis, que me ha pillado de lleno y no hay manera de quitársela de encima. A ver si termina y encuentro una colocación acorde a mis méritos, o, al menos, un hombro -de mujer- sobre el que encontrar consuelo, porque mi curriculum, damiselas y guisantes perdidos aparte, se acaba con el combustible y la empresa de mi suegro. Y como tenga que pedir referencias a la empresa de mi suegro….

El concurso

writing-1209121_1280

Tras pasar casi un año tonteando y escribiendo más de una chorrada sin sentido, una obsesión me llenó la cabeza: si pretendía darme una satisfacción con esto de la escritura, y hacer algo más que unos cuantos garabatos sobre el papel virtual, iba siendo hora de que apareciese por algún sitio público y enfrentara mis textos al buen juicio de aquellos que debían entender de esto: los doctos jurados de un certamen decente. Así que agarré el capote y decidí coger el toro por los cuernos. Hablo del trapo rosa, porque yo siempre fui más de capote y porta gayola, de igual a igual, de animal a animal, que de muleta, que ya tienes al bicho herido y juegas con ventaja. Además, no me gusta la sangre.

¿Cómo va esto de los concursos? ¿Y a qué concurso me presento? ¿Dónde me entero yo de estas cuestiones? Pues, dónde va a ser: en San Google. Como siempre. Así que, me adentré en distintas páginas literarias que anunciaban estos eventos. Había algunas que proponían certámenes en Cuba, en Méjico, o en Argentina. Y era requisito indispensable acudir a recoger la distinción. De modo que, viniéndome arriba, lo hablé con mi mujer:

– ¿Te apetece ir a Argentina? Total, vamos, recogemos el mérito, vemos Buenos Aires, visitamos el Perito Moreno y las cataratas de Iguazú (por venirnos habiendo visto algo) y nos volvemos a casa con el galardón.

– ¿Y a cuánto asciende el laurel? -contestó mi mujer, muy exquisita ella.

– Creo que éste son trescientos cincuenta euros  – dije con cierto desdén.

– ¿Tú crees que eso nos da para comprar los billetes de avión, movernos por allí y dormir en un hotel digno, aunque sólo sean cinco o seis días? -Me dijo, desde la cocina, mientras yo subía las escaleras con las bolsas de la compra.

– Y a Cuba ¿Quieres ir a Cuba? Ahora es el momento, antes de que pongan un Macdonals en el Malecón de La Habana.

– ¿A cuánto asciende el premio?

No le contesté. Pese a que le pirra viajar y conocer sitios nuevos, de sus palabras deduje que no quería ver ni el Perito Moreno ni las cataratas de Iguazú ni la plaza de la Revolución. Otro año más de Sol y playa, para vacaciones. De modo que pensé que mejor lo dejábamos en algo nacional y, a poder ser, local, que, como en el colchón de tu casa, no se duerme en ningún otro sitio. Total, un trozo de hielo es un trozo de hielo y un charco es un charco. ¡Como si no tuviéramos charcos aquí en mi pueblo! Que, bueno, llevamos tres meses que no cae una gota, pero, cuando llueve, no veas cómo se lo pasan los niños en los barrios, pisándolos.

De manera que, comencé las restricciones en los desafíos. Lo cierto es que, según iba viendo los certámenes, se me estaban quitando las ganas. Unos te ofrecían una noche de hotel en plan “escapada inolvidable” de establecimiento cutre que no alquila habitaciones ni así las regalen; otros, una colección de libros descatalogados; los menos, la nada desdeñable cantidad de doscientos o doscientos cincuenta euros. Y, encima, con el relato para mañana. Comencé a desanimarme. De pronto, me tropecé con un premio de tres mil euros. ¡Ostras! Esto son dos o tres sueldos de españolito medio. Leí las condiciones: ochenta páginas de cuentos y la cesión de todos los derechos sobre la obra. ¡Hombre! No es que yo me crea León Tolstoi, pues, para empezar, no sabía si tenía ochenta páginas en leyendas, pero, para terminar, no iba a malvender mi hazaña. Hasta ahí podríamos llegar, que uno tiene su dignidad y su corazoncito.

Seguí leyendo. Encontré otro premio gordo. Sí. Tal cual. Como si fuera la lotería de Navidad. Éste era de mil quinientos euros, me daba unos días para preparar el relato y, además, lo convocaba un instituto de secundaria. Me froté las manos. Tenía yo un cuento increíble para ese público. Miré la extensión, la temática, la letra pequeña: éste era mi torneo. El relato triunfante lo publicarían en la página web del instituto. En fin, tampoco es que la publicación fuera para tirar cohetes, pero eran mil quinientos de vellón. Y debía tener algo de renombre, porque en la convocatoria ponía muchas equis romanas antes del nombre del certamen. Había algo, que acostumbran a tener los premios de prestigio, que no me gustó: era preciso enviar un currículo. Vamos a ver ¿El concurso era de cuentos o de currículos? Porque, si el currículo iba en sobre cerrado ¿Para qué narices había que enviarlo antes de que te otorgasen el trofeo? ¿O es que abren las plicas a destiempo? ¿Y yo qué ponía en el currículo? ¿Qué me dedico a sacarle la pasta a la gente mala, poniendo cara de póker? Porque, aunque parece que, últimamente, esta profesión no se mira muy mal, tampoco es cuestión de hacer alardes, que seguro que a algún miembro del jurado le habían mandado una paralela, y no sabía de distingos. Y, por lo que se refiere a lo literario, con dos renglones habíamos terminado. Qué digo con dos renglones. Y con uno.

La curiosidad me llevó al portal de internet de la institución convocante, buscando el último cuento recompensado, para evaluar el nivel y el historial del ganador. Siempre es importante conocer los atributos del adversario.

Leí la fábula. Lo confieso, yo de esto no entiendo ni patata. Cada día me convenzo más de ello. Para mí es como cuando miro un cuadro. O me entra por los ojos y los sentidos o no me gusta, por muy bien que esté escrito. Me pareció ingeniosa, pero falta de emoción y profundamente aburrida. Eso sí, utilizaba unos palabros que no he visto ni en los Convenios de Doble Imposición Internacional. De pronto, para referirse a unas jaulas de cobayas, leo: “la quietud de mausoleo de esa madriguera”, y, un poco más adelante, “ignoto”, en lugar de decir ignorado. ¡Pero qué finolis! ¡Hombre, un poquito de compasión! Que se suponía que el cuento lo iban a leer chavales de catorce a diecisiete años, estudiantes en un instituto público.

Bueno. Pues éste es el cuento ganador y el nivel de referencia –me dije. Advertí el nombre de la autora ¿Quién será esta señorita? Voy a ver qué me pone el internet -volví a decirme-. Todo esto sin abrir los labios, porque yo siempre fui bastante parco en palabras, hasta conmigo mismo. Introduje su nombre. A la tercera letra de su primer apellido (frecuente, sin llegar a ser común)  el asistente de redacción me completa el resto del nombre. ¡Vaya! Pues sí que debe ser conocida. Me fui a su página web. Sí, la susodicha tenía un dominio para ella solita. La cosa empezaba a ser preocupante.

Miré la página. ¡Qué bonita y elegante! ¡Encima debe saber manejarse en esto de los blogs! ¡Qué asco! Tenía hasta un apartado para su biografía. Doble licenciatura por la Universidad de Deusto. Y qué. A mí esto no me iba a echar para atrás. Seguí leyendo. Hay que ver lo rápido que se hace nombre la gente. Había trabajado en una consultoría de empresas. Y qué. Yo no soy de Bilbao, pero esto a mí ni me achanta ni me achantaba. Había dejado de trabajar cuando se casó: como debe ser, con que trabaje el macho es bastante. Avancé. El motivo de dejar el trabajo fue que su marido era diplomático. ¡Aaaahhhh! Y, además, de uno de esos países de los que siempre han mandado en el mundo. ¡Bingo! Había recorrido dos países africanos, dos asiáticos, dos europeos y dos iberoamericanos, entre ellos, Argentina. Y, en aquel instante, residía en Tokio. Eso sí que es vivir y conocer mundo y no lo que hacemos el común de los mortales. ¡Qué mal hice estudiando francés!…. ¡Y eligiendo pareja! Me consolé pensando que, después de dos años en Argentina, seguro que no había visto las cataratas de Iguazú. Por consolarme. Porque, sin duda, iría en viaje especial privado a costa del gobierno. ¡Menudo jarro de agua fría! Qué digo, un jarro de agua fría habría sido bienvenido, dadas las circunstancias, pero esto era como si me hubiera puesto detrás de una presa y hubieran abierto todas las compuertas de golpe.

La señora en cuestión era cuatro años más joven que yo. O sea, para entendernos, madurita. Pero desconozco quién le retocaba las fotografías, porque, en todas, tenía un aspecto jovial y alegre que casi parecía mi hija, cuándo podría haber sido una de mis muchas novias. Lo de muchas os lo podéis creer o no, pero, visto lo visto, aquí a estirar la cresta no me gana nadie. Y, en cuanto al aspecto, aunque ya hace mucho tiempo que perdí mi cara aniñada, que siempre me hizo parecer más joven de lo que era, tampoco podría decirse que me conservase mal. No obstante, había algo que me iba empequeñeciendo y haciéndome mirar para arriba. Miré uno de los cuadros que adornaban la estancia en la que me hallaba, “Perro semihundido”, de Goya, y le saludé con entusiasmo: hola, colega.

Seguí leyendo un poco más: había comenzado a dedicarse a la literatura en el año 2008. Total, sólo me llevaba ocho años de diferencia. Eso con trabajo extensivo e intensivo se podía solucionar.

Volví a mirar sus fotografías. Accedí a su galería. Sí, también tenía una galería.  En todas las imágenes ella resplandecía por encima del resto. A su lado, el presidente de la Academia X, el diputado nacional Y, el señor ministro Z ¡Qué nivelazo! ¡Pero si yo ya hacía tiempo que había doblado el Cabo de Hornos y no tenía una foto ni con el alcalde de mi pueblo! ¡Joder! Y esa sonrisa. Y ese saber estar. Y ese don de gentes. Y esa…. ¡Coño, si hasta era guapa y estaba buena! Con cincuenta. Así resultaba, que, de vez en vez, salía alguna foto, con el otorgante, bajando unos ojos lascivos y mirando el color del vestido de la premiada, ora por arriba, ora por abajo de la cintura, según estuviera delante o detrás de ella.

Pasé a examinar su curriculum: cuatro novelas, todas ellas publicadas por una editorial de postín. Cada una con su premio, desde la primera: de narrativa infantil, de narrativa juvenil, de novela corta… de lo que hiciera falta. Esta mujer es increíble -me repetí-. ¡Ah! Además de aquél condecorado en el certamen al que yo pretendía presentarme, tenía -que se supiera- veinte cuentos, todos ellos premiados. Y la relación terminaba con un etc. ¡Vamos, que la lista previa era sólo por hablar de algo! Eso sí que es sacar pecho, y lo demás son tonterías. Esta señora se presenta a una contienda cuya temática sea la de cómo desplumar gallinas y te hace una tesis doctoral sin despeinarse, aunque lo mismo ignora que las gallinas tienen plumas y que antes de llegar a la tienda los huevos están manchados de gallinaza. Claro, mientras los demás tenemos que pasar el día ganándonos las habichuelas, con escaso trecho para el ocio, ella dispone de tiempo libre desde que se levanta hasta que se acuesta. Aunque con tanto recoger honras, cada vez le debe quedar menos.

De modo que guardé en un archivo el listado de todas las competiciones de relatos a los que sabía que se había presentado la referida, con el propósito de omitirlos en mis pretensiones, rezando por no coincidir con ella en el desconocido etcétera. Para no perder el tiempo. Y, porque mi orgullo me impide, y me impedía, ejercer de mariachi de ninguna ninfa, incluida la mismísima Brigitte Bardot A renglón seguido, llegué a la conclusión de que, mejor quedarse con aquellos que sólo te ofrecen un bocadillo -de ibérico, a poder ser- y una publicación en la esquina inferior izquierda de un ignoto blog literario. Ahí, tal vez, algún día, podría asomar los pelillos de mi cresta. Con permiso de Su Excelencia.

 

La búsqueda

La busqueda

Tras la pérdida de Yolanda comprendí, de inmediato, que debía salir a buscar a nuevos seguidores. Hombres y mujeres, jóvenes y jóvenas, que supieran apreciar mi talento y estuvieran a la altura de mis disertaciones, dispuestos a decírmelo sin tapujos ni medias tintas. Que me doraran la píldora y me engordaran el ego, porque, de otra forma, ¿qué era yo sin mi ego? ¿Por qué me había creado un blog si no era para satisfacer mi vanidad y sentir todo lo estupendo que era? En otro caso, podría dedicarme a los negocios. Pese a la crisis, creo que si me empeñara hasta podría hacerlo bien. O a explotar mis conocimientos de determinada materia. Pero eso, ya había concluido que no era para mí. En este momento. De modo que decidí rejuvenecerme y tirarme a eso del internet y las redes sociales. Sin miramientos. A tumba abierta.

Para abrir boca, empecé por inaugurar una cuenta en Twitter, otra en Facebook, una tercera en Instagram, y una cuarta  en Pinterest, un par de blogs adicionales al que ya tenía (uno de WordPress y otro de Blogspot), y hasta un canal en YouTube. No es que yo fuera el genio de Aladino manejándome en estos lugares, pero era ahí donde había que estar, porque, a las fechas actuales, si no estás en el ciberespacio, no estás en el mundo. Y eres un carca y un analfabeto.

Por el tiempo que tardé en abrirme todas esas cuentas -unas tres tardes-, deduje que iban a exigir mucho de mí: o dejaba el trabajo, o desatendía a la familia, o dejaba todos mis hobbies, o dejaba de escribir, o un poco de todas las cosas juntas.

Conseguida la hazaña de estar presente en el universo, o sea, de existir, había llegado el momento de hacerse visible. Podía esperar como Jesús diciendo aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”, pero me temía yo que -todavía- no era un dios con tanto poder de convocatoria. De tal manera, que llegué a la conclusión que había que aplicar el viejo adagio de “si la montaña no viene a Mahoma, tendrá que ir Mahoma a la montaña”. Y así lo hice.

Empecé por el Twitter. Parecía el más facilón. Se trataba de escoger seguidores (followers en el lenguaje de la red, que menos mal que existe el traductor de Google, que si no iba a pasar las de Caín con tanta palabrita del imperio) con el fin de provocar un efecto de reciprocidad e incluso alguna reacción en cadena. Y, ¿por dónde empiezo? Vamos a ver, yo no iba a hablar de fútbol (o sí, ¿quién sabe?), ni de delincuentes de cuello blanco (o sí, ¿quién sabe?), porque de los otros sí, que siempre dieron mucho juego para contar cosas. En cualquier caso, y en resumidas cuentas, necesitaba buscar gente que le gustara leer. Para que me leyeran, ¡joder! Y para que me hicieran llegar sus cantos de sirena. ¿De qué me iba a servir buscar a gente que supiera hacer punto de cruz? Aunque pensándolo bien, considerando que es una actividad muy femenina, seguro que me serviría más que si supieran mucho de fútbol. No es por menospreciar ese bello, noble y desinteresado deporte -que a mí me gusta como al que más-, sino porque las féminas suelen leer más que los varones, y tener la sensibilidad en más partes que el hombre. Que ya sabemos todos donde la concentra. Por tanto, tenía que buscar gente que le gustara leer. Y si ya escribían, sería la repanocha. El público femenino era buen candidato.

¿Y cómo busco yo a gente con esas características? El Twitter me había pedido mis aficiones y, al día siguiente de dar de alta la cuenta, ya me había mandado tres correos con las de gentes supuestamente afines a mis gustos. Las eché un vistazo. Ya, pero a estos tíos y estas tías, que no tengo ni idea de quiénes son, no los conoce ni la madre que los parió. ¿Y si alguno me sale rana? Menuda propaganda. De eso nada. Hay que indagar otras alternativas. Decidí buscar cuentas que tuvieran nombres de escritores famosos y universales. Sólo los hispanos. ¡Pues sólo me faltaba buscarlos anglosajones! Para no entender ni papa de las presentaciones.

Comencé por los viejos Gabo y Cortázar (bueno, a esas alturas, para desgracia de la humanidad, ya eran más que viejos). Salieron más de veinte cuentas, todas ellas con zorrocientos mil seguidores. Las más suculentas, apenas seguían a un par de cientos de personas. Aprecié el desequilibrio y concluí meditarlo despacio antes de tomar una decisión. Por un momento, el Alzheimer me atrapó, así que tiré por la calle de en medio y me fui a San Google a preguntarle por escritores famosos que estuvieran vivos. En la primera lista que encontré, junto a los que escriben en cristiano, había unos cuantos hijos de la Gran Bretaña y de la Commonwealth, pero, despreciando estos, me podía servir con los otros para empezar.

El primero de la lista era Carlos Ruiz Zafón: más de sesenta mil seguidores en Twitter, pero él sólo seguía a siete. Me uní a la marabunta. ¿Cómo no voy a seguir a D. Carlos? Busqué otros autores de renombre que recordé y no estaban en la lista. Mario Vargas Llosa: menos de mil quinientos seguidores, pero él sólo seguía a cinco. Esto tenía que estar equivocado. Sí, ya sé que no genera muchas simpatías, pero, joder, es que escribe cojonudamente. Determiné seguirle también. Proseguí con los premios Cervantes, el último, Eduardo Mendoza, ni siquiera estaba en la pomada. ¡Coño, y le habían dado el Cervantes! ¡Ayer! ¿Y cómo lo hizo? Porque para eso no basta sólo con garrapatear. Busqué algún otro escritor polémico, como el señor Pérez Reverte, el sexto en la lista. Un millón ochocientos mil seguidores y él siguiendo a menos de mil. ¡Cómo le gusta a la gente la carnaza! Pero también tiene trazos divinos. Decidí seguirle. Luego me encontré con una chica, ¡la quinta en la lista!, justo detrás de Ken Follet, de la que no había oído hablar en mi vida. Tampoco había muchos internautas tras ella. La dejé para mejor ocasión. Siguiendo el listado, de dieciséis escritores, figuraba, ¡como escritor!, Risto Mejide. ¡Por encima de Paul Auster y John Grisham! ¡Tócate el níspero! Acudí a la red, para comprobar su liderazgo: más de dos millones ochocientos mil seguidores y él siguiendo a unos pocos. Pues a éste no le voy a seguir, porque no me sale de ahí abajo. ¡Ya sería el colmo! Bueno, y me han contado que Belén Esteban también está o ha estado en el hit parade. ¡Y luego dicen que el informe Pisa es un bulo! En fin, que por hablar de algunas omisiones, no aparecían ni J.K. Rowling ni Tolkien (aunque éste ya criaba malvas), creadores de los mundos fantásticos más cinematográficos de los últimos años.

Bueno, pues poco más que esto había sobre escritores vivos. A los muertos no los podía seguir, salvo que me apuntara al club de fans, pero les había cogido manía desde que intentaron hacerme presidente del club de fans de El Fari. Fui buscando otra serie de autores que mi escandalizado intelecto logró reunir, estupefacto ante tanta calidad literaria junta, como la que acababa de descubrir en el top ten, y le fui dando al follow. Añadí unas cuantas editoriales de renombre, alguna revista y algún periódico, y, de primeras, me encontré que estaba siguiendo a ochenta personas. ¡Esto marcha!, me dije.

Sin embargo, cuando cerré la aplicación, se me encendieron las lámparas halógenas y las led, todas juntas. Vamos a ver, chavalote, ¿tú crees que Carlos Ruiz Zafón, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte y la editorial Planeta, por poner algún ejemplo, te van a seguir a ti? ¡Venga ya! No te lo crees ni un domingo de vacaciones con cinco cubatas encima. ¿Y qué hago? Porque yo lo que quiero es lo que quiero. ¡Hablar de mi libro, leche! De manera que empecé a diseñar una estrategia distinta, retomando la idea original. Repesqué las recomendaciones de Twitter y le di a la cocorota. Este dice que le gusta leer, pues a seguirle, a ver si nos devuelve el follow. Después ya empezaremos con los “I like”, pero, por de pronto, tras él. Y a ver a quién sigue y quiénes son sus seguidores, que seguro que esto es una mina. Esta otra dice que le gusta leer y escribir, pues a seguirle también. Provocando, que la gente necesita que le des un empujoncito ¡Pero es que éste dice que es de Colombia! ¿Qué hago yo siguiendo a un tío que no conozco de nada y que dice que es de Colombia, que seguro que no sabe ni dónde está Madrid? A ver si va a ser de algún cártel. O de la guerrilla. No lo pienses. A seguirle. Incitando. Dice que le gusta escribir, pues algo tendrá en común contigo. P’alante. ¡Pero si es morenito y achaparrao y yo parezco copito de nieve! Chitón. ¿No abogas tú por la diversidad? Pues p’alante. ¿Y ésta que dice que escribe literatura erótica y tiene aquí estas fotos que me están izando la bandera, cuando ya llevaba años arriada? También. P’alante.

Fui descubriendo un mundo desconocido hasta entonces para mí. Y, sin entrar en muchos detalles, al ser humano. Comencé a leer las presentaciones que hacían de sí mismos cada uno de los proyectos de escritores (o escritores, con más de veinte novelas a sus espaldas, pendientes de consagración) con los que me iba tropezando. El inicio fue simpático. Uno de ellos decía: “no me hables de usted, tuitéame”. De modo que decidí tuitearle. Tras este rayo de Sol se sucedieron los encuentros en la tercera fase. Me topé con un individuo que decía ser autor de “ensayos paraanormales”. Yo ya sabía que lo estaba haciendo, pero no me lo iban a decir en la cara. Hasta ahí podríamos llegar. Así que a éste no le seguí. Continué buscando y tropecé con otro que se decía ser “creador de mi propio mundo, por tanto, su Dios. Entra en mi web si te atreves”. Lo confieso, soy un poco cagueta: no me atreví. Días más tarde descubrí que la red estaba llena de dioses, repartiendo de todo menos limosnas. ¡Madre mía, qué subiditos que van algunos! Después me encontré con María Len que manifestaba tener, al menos, tres personalidades reconocidas. ¡Menudo manicomio que es esto del Twitter! Un poco más adelante localicé un segundo que se definía como “una alubia literaria en medio de este potaje de talento”. Se me quitaron las ganas de comer legumbres. Más tarde, hallé una tercera que decía ser “más feroz que todos mis miedos. Atrévete a buscarme”. Le dije, lo siento mucho, Caperucita, pero aquí el lobo feroz soy yo. Así que guárdate las tijeras. A la vuelta de esa esquina me choqué con una cuarta, con una bonita foto de perfil -en bikini, de espaldas y sin la parte de arriba-, que decía “estoy detrás de la pistola, disparando historias”. Yo sí que te iba a disparar a ti con la pistola, pensé…. Y con el bazoka. Avanzando un poco más atiné con Oscar, que decía ser escritor y psicólogo y que nunca había demasiada magia. O sea, que pretendía sacarme de la depresión con magia. No, no, no. A mí, de artes raras, nada. Yo siempre fui freudiano. Eso es lo único que funciona. Continuando mi periplo me encontré con Doña Sierpe ¡Ondiá, la bicha! Lo siento, guapa, una cosa es ser freudiano, y otra bien distinta ser un psicópata. Tampoco la seguí. Por si éramos pocos, apareció Cuervo fúnebre, que se definía como “pájaro de mal agüero, pesimista empedernido y poeta oscuro retirado”. Comencé a ponerme tenso. ¡Vaya mundo! Y yo en mi casita de Pin y Pon. Después me encontré con Ana que decía vivir en la Inglaterra de 1946. Lo lamento, Anita, pero yo no practico la necrofilia. Tampoco la seguí. Choqué después con un “músico frustrado que escribía por no tocar”. Le recomendé, de inmediato, que tocara algo, aunque fuera la flauta dulce; el siguiente era tremendo. Decía: “no te metas con un escritor de ciencia ficción, es alguien que destruye planetas enteros antes del almuerzo”. Vista la recomendación y, por si acaso me daba por opinar a destiempo, de un plumazo, eliminé de la lista a todos los que se dedicaban a esos menesteres. ¡Me cago en la leche! Cuarenta posibles seguidores, de un golpe, a la basura. Un poco más delante había un capitán que decía: “no tengo barco, pero hay inconscientes dispuestos a seguirme como tripulación”. Hombre, si me lo dices tan clarito, te va a seguir quien yo te diga. Bastante estaba haciendo ya el inconsciente, para que, encima, me lo dijeran en la jeta. Finamente, llegué a otro que se decía cirujano de palabras. O sea, censor. Así que también le mandé con viento fresco, que estamos en el siglo XXI.

En fin, que después de esta jartá de personajes, personajillos y demás personalidades de alta alcurnia, y de ponerme morado el dedo índice de tanto darle al follow, a la semana tenía dos mil seguidores. Por los hechos, deduje que me hallaba en el buen camino. ¡Toma nota, Vargas Llosa! ¡Y sin un premio Nobel! -me dije-. Seguidamente, topé con una cuenta que te hablaba de “compra de seguidores”. Como suena. Te los daban de mil en mil. Joder, así se hace pronto un ejército, -rumié. ¿Y cómo se compra esto? ¿Con bitcoins? Pues está el mercao ahora como para ir a comprar esas chuches -pensé-. Por el momento lo desprecié, pero tomé nota para futuro. Por si acaso. Después, tras visitar a tanta gente tan variopinta, llegué a la conclusión que un buen envoltorio era un buen envoltorio y que la presentación era muy importante. Cuánto más llamativa, mejor. Y si era escandalosa, mejor aún. De modo que coloqué la foto de un buen horse en posición (yo buscaba público femenino) y planté tres colosales disparates, resumidos en ciento cuarenta caracteres, en la cabecera de mi cuenta. No os quiero ni contar los que me entraron y las invitaciones que recibí. Fueron todos bienvenidos -las invitaciones las ignoré-, pero, para evitar confusiones, cambié el jamelgo por una jaca, también en posición. Por aquello de las dos carretas.

La política de venta del producto funcionó a la perfección. Ya no escribo, me dedico a fusilar barbaridades, propias o ajenas, que una manada de borregos, cada día más numerosa, se apresuran a retuitear y decir cuánto les gustan. En cuatro meses he alcanzado los doscientos mil seguidores. ¡Chúpate esa, Ruiz Zafón! Y ahora, para rematar mi marketing, de manera inmisericorde, con un solo clic, voy a borrar a todos los que sigo, excepto a cuatro o cinco. Estoy a punto de convertirme en un nuevo dios. Las moscas van a acudir a mí por legiones. Me estoy viniendo arriba: Arturito como no espabiles te sobrepaso el fin de semana que viene. Y a ti, Risto, dentro de quince días. Al ritmo que van las cosas, cualquier día me sucede como a mi amigo Cuchillo -de los cuatro o cinco a los que aún sigo-, un tuitero mejicano de Sinaloa con el que establecí contacto para adquirir unos cuantos bitcoins. Tiene más de treinta millones de followers. Es un tío estupendo con el que he hecho una buena amistad, merced a nuestras pequeñas transacciones y profundos pensamientos. Como foto de perfil tiene un muerto boca abajo, colgado de un palenque, con la cabeza medio cortada, y con una serpiente saliendo de su boca y enroscada entre dos revólveres. Pues este joven me comentó que, hace unos días, iba paseando por Central Park, en compañía de Donald Trump, rematando algunos negocios, cuando oyó murmurar a la gente: “¿quién es ese señor rubio que va con Cuchillo?”. Pues eso.

Butaca de patio

butacas 2

Su padre escuchaba al otro lado del teléfono, ofreciéndole la vida cómoda que siempre tuvo. Para él era su niña, su única niña. Mientras ella mordisqueaba la yema de sus dedos encallecidos, que asomaban a través de unos viejos guantes ya perforados, dos lágrimas, redondas como lunas, se congelaban en sus mejillas, al tiempo que entre sollozos se desataba:

– ¿Acaso tú sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es sentir un escalofrío que te congela las venas por unos breves segundos? ¿Sabes lo que es sentir un calambre que te recorre el cuerpo desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la coronilla? ¿Sabes lo que es embriagarse sin probar el etílico? ¿Sabes lo que es el hechizo de despertar el anónimo reconocimiento? ¿Sabes lo que es sentir el éxtasis -sí, el éxtasis-, como muy pocos hombres serían capaces de hacerte sentir? Un éxtasis que te eleva, que te hace sentirte orgullosa de ser tú y hacer lo que haces  ¿Tú sabes lo que es eso?

– No, no lo sabes. Pues de saberlo no me vendrías con esas monsergas. Y no, no te haré caso, porque yo sueño cada día con esto, trabajo cada día para esto y vivo cada día para esto. No concibo la vida sin esos segundos interminables en los que el público se pone en pie y aplaude sin parar tu trabajo. Algún día se lo diré. Algún día, cuando acabe la función, tendré que decirles para qué estoy allí. Y eso sucederá,  ¡vaya que si sucederá!

– ¿Que no me dará para comer? Hace tiempo que vivo en una miserable habitación de un piso mugriento y sin calefacción; que me salen sabañones en las manos y tengo los calcetines agujereados; que, en silencio y en secreto, acudo algunos días a comer a una casa de caridad. Me da igual. Yo sé que valgo para esto. Yo sé que puedo hacer vibrar a la gente con mi voz, con mis gestos, con mi risa, con mis lágrimas. Lo sé, aunque tú nunca me lo hayas querido reconocer. Aunque tú quisieras ver a tu niña estudiando leyes o quién sabe qué…. Y podría hacerlo. Y no solamente podría hacerlo, sino que, seguro, lo haría muy bien. ¿Pero es que no lo entiendes? ¡Yo he nacido para esto¡ ¡Yo he nacido para esto!

Como tantas otras, aquella tarde, Julia, con un halo de melancolía, se subió a las tablas. Su mirada cristalina hacía tiempo que se había ido apagando y el contorno de su cara no era cosa que una mueca de desánimo y retraimiento. No recordaba muy bien si fue la soledad de su condición de huérfana, la tristeza que acumuló esperando la misma, o las largas jornadas de trabajo de su padre, lo que un día la llevó triunfante a los escenarios; aquello que, inicialmente, fue sólo un juego de niños, en el que su madre gastó sus últimos cartuchos y emociones, se había convertido en la pasión de su vida. Quedaban lejos aquellos gloriosos comienzos en los mejores teatros de la geografía nacional, merced a su entusiasmo y natural talento. Desde allí, su espíritu rebelde y honesto le había hecho descender a los infiernos del ostracismo. Hacía tiempo que recorría la península, de pueblo en pueblo, representando el discurso de La Mujer Sola, de Darío Fo. En aquel momento y lugar, un mes de enero en un pueblo perdido, escenificaba el monólogo dentro de unas jornadas culturales subvencionadas por el ayuntamiento, de entrada libre y gratuita. La sala presentaba algo más de media entrada y Julia terminaba el acto de su parlamento. En una fila trasera, un hombre de mediana edad se levantaba de su butaca y caminaba hacia la salida de espaldas al escenario.

– ¡Oiga! ¡Oiga! Sí, sí. Me refiero a usted. A ese que intenta salir por la puerta.

 El hombre se giró; y ella, interrumpiendo su soliloquio, comenzó un discurso que llevaba tiempo quemándole las cuerdas de la garganta:

– ¿Cuánto lo ha costado la entrada? ¿Cuánto ha pagado por ver este espectáculo? ¿Nada? ….¡Pero, bueno!

– ¿Cuánto cobra usted por su trabajo? ¿Lo hace gratis? ¿Estaría dispuesto a hacerlo gratis? ¿Cree que su trabajo tiene más valor porque cobra por ello?

– No, no. No se dé la vuelta y míreme. ¿Se creería usted con el derecho de chulearme? ¿De negarme el pan que honradamente me gano? Sepa que yo vengo  aquí, exclusivamente, a cambio de una comida y unas cervezas a las que, graciosamente, me invita su pueblo ¿Vendería usted su trabajo por tan poco? Pues yo no. No estoy dispuesta a venderme ni a prostituirme por tan poco. Tras estos ropajes apenas ven mi piel, pero yo les aseguro que, cada tarde, desnudo mi alma para ustedes. ¿Cuánto creen que vale eso? ¿Cuánto? Yo me conformo con muy poco, pues lo que yo quiero es algo que sólo ustedes tienen y, si lo dan, no les supone un quebranto. Yo quiero algo que para ustedes es tan poco, y para mí ¡es tanto! Perdonen mi osadía y atrevimiento, pero ya que no alimentan mi cuerpo, háganlo, al menos, con mi espíritu.

– Sí, se lo diré muy alto y muy claro, para que nadie se llame a engaño. Mi padre me espera en una casa acomodada con suficientes posibles para darme una vida relajada. Y yo estoy aquí, renunciando a ella, con estas gastadas ropas y un único repuesto que me espera en el camerino, para darles entretenimiento. Así que, si no les importa, compórtense. Yo no regalo mi trabajo. Menos aún mi alma. Por todo ello, he venido por sus aplausos.  Sí, han oído bien: ¡he venido por sus aplausos! Si he hecho bien mi trabajo, ¡páguenme!

– ¿Usted qué piensa? ¿Me he ganado su aplauso? Pues si me lo he ganado, denme esa satisfacción. Porque, en otro caso, tendré que concluir que mi trabajo no es bueno, o que son ustedes malos pagadores, o, peor aún, que ustedes no son merecedores del mismo.

– ¿Y qué mejor juicio que su aplauso? Se lo volveré a repetir: he venido por sus aplausos. Y si no me han de pagar, ¿para qué voy a actuar? No saben a cuantas cosas he renunciado para estar aquí. Sé que mi trabajo es bueno: pongo todo mi ser y mi conocimiento en ello, al igual que lo ponía cuando triunfaba en las mejores salas. Por eso, ha llegado el momento de que aflojen su bolsillo, se quiten sus guantes, calienten sus manos y me paguen como es debido. ¡Es tan poco lo que pido! ¡Y es tanto lo que me enriquece! Usted decide: si sale por la puerta como un cretino y un miserable, o se comporta como un hombre digno y agradecido.

– He venido por sus aplausos. ¡Páguenme, pues!

El tramoyista dejó caer el telón y una delicada canción comenzó a sonar en la sala: tres notas de un bajo, unos dulces acordes de guitarra y, después, un suave redoble de tambor. Duffy cantaba Breath Away (1).

Desde el pasillo, con la boca abierta, el hombre no supo cómo reaccionar. Un tímido aplauso comenzó a sonar al noroeste de la sala. Le siguieron otros un poco más adelantados. El caballero de la puerta de salida dejó su sombrero sobre una butaca. Julia dio media vuelta y se dirigió a su camerino. Desde allí, llorando sus miserias, escuchó lo que sucedió a continuación. El resto lo dejo en vuestras manos. El invierno es frío. Quizá sea hora de ir calentándolas, pues son esas las mismas manos en las que Julia, conteniendo el aliento, dejó aquel instante.

(1) Sin aliento

Eterna inocencia

nic3b1a-espaldas-en-campo-trigo2

Me llamo Marisa y tengo diecinueve años. Antes estudiaba, pero ahora trabajo en la capital, en un sitio donde hay muchos chicos y chicas como yo. También hay señores mayores, que llevan mucho tiempo trabajando aquí.  Parece que todos ellos tienen mucha necesidad de que les quieran. Dicen que es un Centro de Ocupación Especial, pero yo no veo que haya diferencias con otros sitios donde la gente trabaja, excepto que nos pagan muy poco. Y, a veces, ni nos pagan, y son mis padres los que tienen que pagar para que vaya a ese lugar.

Antes iba a un colegio en el que, también, había muchos niños y niñas como yo, pero estaba un poco harta, porque se pasaban  todo el día enseñándonos la tabla de multiplicar. Ya ni me acuerdo cuántos años han estado enseñándomela. Cómo si no me la supiera. Y dormía en aquel colegio. Pero, cuando cumplí los dieciocho años, me dijeron que ya no podía estar en aquel lugar. La verdad es que los señores que estaban allí eran todos muy simpáticos, y, algunos, pese a tener más de treinta años, se comportaban como auténticos críos. Cuando terminaban las clases, jugaban con nosotros sin parar. Y siempre estaban de buen humor. Aunque eran como los curas, no lo parecían. También tenía muchos amigos y amigas, que eran de un montón de sitios. Algunos de ellos, de vez en cuando, se ponían a llorar, porque se acordaban de sus papaítos, que vivían muy lejos. En ciertos casos, vivían tan lejos que había que coger el avión y cruzar el mar para llegar hasta su casa. Con lo peligroso que debe ser eso. Así que, sus papás no podían ir a verlos todos los fines de semana. Y ellos se ponían muy tristes viendo a los demás chicos con su familia. Algunas veces, cuando iban a verme, mis papás pedían permiso y se llevaban con nosotros a algún muchacho para comer. Y los chicos, aunque casi siempre era chicas, amigas mías, se lo agradecían mucho. Y ese día no lloraban.

Por mi parte, yo no me puedo quejar. En mi casa siempre me han querido mucho. Bueno, a veces se ponen un poco serios conmigo y no me dejan hacer determinadas cosas, que a mí me apetecería. Dicen que, en esta vida, uno no puede hacer siempre lo que le dé la gana. Y a mí me gustaría que no fuera así. Pero sé que me quieren mucho.

Yo también quiero mucho a la gente. Cuando voy por el pueblo, todo el mundo me saluda, y charlan conmigo, y, muchas veces me invitan a pipas y a palomitas. También a caramelos. Y, últimamente, hasta a alguna Fanta. Pero, no sé, otras ocasiones, tengo la impresión, de que me dan esquinazo. Y eso que a mí me gusta mucho hablar y les doy mucha conversación. Incluso cuando voy al cine o a misa con ellos. En misa se ponen muy solemnes y, con gestos, me dicen que no hable. Y el señor párroco me mira con caras raras. Y, luego, cuando termina la misa, me echa el sermón, aparte.

La verdad es que, en mi pueblo, todo el mundo tiene su papel. Yo no hablo del mío, porque voy todos los días, en autobús, a la capital, pero, aquí, tenemos de todo. Hay una señora que es la maestra, ¡más maja ella! A mí me quiere mucho. Y yo a ella también. Antes cuando iba a la escuela, siempre estaba pendiente de mí, y, luego, todos los días, le contaba a mi mamá las cosas que yo había hecho; hay otro señor que es guardia civil, que es muy amigo del alcalde, del médico y del farmacéutico; luego están los herreros (que son esos señores que trabajan en la fragua, todo el día golpeando barras de hierro y que hacen las rejas de las casas), los ganaderos (que son los que crían ovejas, cerdos, vacas, y todo eso), los agricultores (que son esos señores que van con su tractor y se levantan muy temprano), el sereno (que es un señor que trabaja siempre de noche y que yo no he visto nunca, porque mis padres me hacen acostarme pronto), el alguacil de la villa, el señor alcalde y Don Julián, que es el más rico del pueblo y que todo el mundo dice que manda más que el alcalde, y que su familia siempre ha sido la que ha mandado en el municipio.

Mis padres tienen una librería. Y, además, venden bolígrafos, lápices, estuches de rotuladores y de ceras, gomas de borrar y papeles de todas las clases y colores. Yo tengo mucho de eso. Y mis papás me dicen que soy una mimada, porque menuda suerte que tengo. Luego son muy pesados diciéndome que los cuide y no gaste tantos ¡Con todos los que ellos tienen en la tienda! También venden periódicos. Y, con todas las cosas que venden, mi papá dice que va a ir a no sé qué concurso para que le dejen poner, también, un estanco, porque, como casi nadie lee en el pueblo, los libros se le ponen de color sepia, antes de venderlos. Y, entonces, ya nadie los quiere. Además, hace poco, han puesto una biblioteca. Y, claro, dice mi padre, que, para los pocos que leen, la gente prefiere hacerlo con los libros amarillos de la biblioteca, que no les cuestan nada. A veces, cuando se enfada, dice que, aquí, lo único que vale es el vicio. Porque mis papás no fuman ni beben ninguno de los dos. Además, me dicen que eso es malo para la salud. Muy malo. También me lo decían en el colegio. Y, como no les gustan esos vicios, yo les pregunto  ¿Y, entonces, por qué queréis poner un estanco? Pues, porque hay que vivir de algo, hija, porque hay que vivir de algo, -me repiten, con cara resignada.

El que sí que fuma -y mucho- es Don Julián. Se pasea por las calles con un traje de alpaca y un sombrero de paja, todo blanco, siempre con un puro en la boca. Mi mami dice que el sombrero se llama panamá, porque es muy típico de aquella zona de Centroamérica. Y también debe beber, porque, muchas veces, cuando va de vuelta para su casa, lleva el traje lleno de lamparones que, al ser el traje blanco, resaltan mucho más. A veces lleva manchas, incluso en ese sitio por el que los varones hacen pis. Lo llaman El Cubano, aunque él no lo sabe, ¡si lo supiera!, porque dicen que, cuando era muy joven, se fue a Cuba. Y estuvo allí mucho tiempo. Y que se tuvo que venir corriendo cuando llegó a mandar ese señor con barba sucia que siempre sale en la tele fumando muchos puros, como él. Dice mi padre que Don Julián, El Cubano, no fuma cualquier clase de puros. Que sólo fuma habanos. Con lo caros que son, dice. También, cuando está enfadado, dice, pero solo en petit comité (esta es una expresión que le gusta mucho utilizar a mi madre), que no ha dado un palo al agua en su vida. Y digo yo, ¿qué culpa tendrá el agua, para que tengan que andar, todo el día, dándole palos?

Pues ese es Don Julián. Una vez, cuando yo tenía diecisiete años, y estaba de vacaciones en mi casa, un día de domingo, después de salir de la iglesia, me encontré con él. O Don Julián se encontró conmigo, que no lo sé muy bien. El caso es que mis amigas, como hablaba mucho en misa, me dieron de lado. Y, cuando salí, ya no las vi. E iba yo andando por la calle, un poco desorientada, y se me acercó Don Julián. Y me saludó. Este señor siempre iba saludando a todo el mundo. Con lo grande que es, que debe medir casi dos metros y pesar más de ciento veinte kilos, con una mano se llevaba el habano a la boca, lo mordía,  y, con la otra, la movía un poco por arriba del hombro, y hacia el ademán de saludo. O, simplemente, se cogía el ala del panamá con la mano y movía la cabeza. Luego se sacaba el puro de la boca y sonreía, dejando ver un diente de oro súper reluciente.

Bueno, pues, a lo que iba, que el señor Cubano me saludó. Se echó mano al bolsillo de la americana y sacó un caramelo para dármelo.  Más chulo. En mi vida he visto un caramelo tan bonito como ese. Como vio que me gustaba mucho, me dijo que en su casa tenía más, que si me apetecía y me iba con él, me daba otros que, incluso eran más bonitos. De modo que accedí. Aunque mis padres siempre me han dicho que no hable nunca con extraños y menos aún que me vaya con ellos, Don Julián no era ningún extraño, porque todo el pueblo le conocía.

Cuando llegamos a su casa saludó a la sirvienta y, antes de darme el caramelo, me dijo: ¿quieres ver un potrillo recién nacido, que tenemos en los cubiles? Ven, que te lo voy a enseñar. Me cogió de la mano y me fui con él. Me metió muy dentro de su casa -¡qué casa más grande! -pensé-, y, después de pasar no sé cuántos corrales, llegamos a las caballerizas.

En las cuadras, para dar de comer a los animales había amontonada un montón de paja. Me enseñó el potrillo. No era para tanto. Ya estaba bien crecidito. Según lo estábamos mirando, me echó la mano por encima del hombro. Con mucha confianza. Yo ya estaba acostumbrada a eso, porque, como todo el mundo me quiere mucho en el pueblo, muchas veces, en medio de la calle, cuando estaba en algún grupo, algún señor mayor me echaba la mano sobre el hombro, y con cara afectuosa y sonriente me decía: ¡qué suerte tienes, Marisa. No sabes los progenitores que te han tocado! Y todos los demás decían: ¡ya lo creo!

Pero Don Julián, después de eso, me llevó la otra mano a la cara y empezó a acariciarme. Y a mí eso nunca me lo había hecho nadie que no fuera de mi familia. Me entraron cosquillas, pero me puse nerviosa. Y, luego, me dio un beso, pero no en la mejilla: en la boca. Y, después, me dijo: ¿qué vestido más bonito tienes? Y se puso a acariciármelo por el fruncido del pecho. Más tarde, se sentó en una paca de paja y a mí me sentó en sus rodillas. Y me acarició las piernas ¡Qué piel más suave que tienes! -dijo. Yo me puse a gimotear, porque aquello no me gustaba nada. Y luego me tocó en ese sitio. Y yo ya me puse a chillar y a berrear, desconsoladamente. La sirvienta debió oírlo desde la casa, porque la oí llegar corriendo y asustada. Pero, cuando abrió la puerta y vio al señorito, aunque yo seguía gritando y llorando, se santiguó, dio media vuelta y se fue. Que la vi yo.

Ahora está sentada en el segundo banco de ahí enfrente. El letrado de mi padre (porque mi padre, después de que yo se lo contara con mucha vergüenza a mi madre, contrató un abogado), antes de que yo me sentara en esta silla, le ha hecho muchas preguntas, pero ella, excepto que me vio llegar a la casa, para que su amo me diera una golosina, ha dicho que no sabe ni  se acuerda de nada ¡Qué mentirosa! ¿Acaso sus papás no le enseñaron que no se debe mentir? También se han sentado en esta silla muchos caballeros que dicen que son científicos. Y les han preguntado cosas, pero yo no lo he entendido.

Don Julián -bueno, qué narices, El Cubano, este hombre no se merece el Don, después de lo que me hizo-, cuando terminó todo aquello, me llenó el bolsillo de chuches, dijo a la sirvienta que me limpiara un poco, que me había caído en el pajar, y, luego, a solas, me dijo ni se me ocurriera contarle nada a nadie, que si no me iba a arrepentir. Por mí y por mis papás. Yo llegué a casa, más tarde que nunca, con el vestido lleno de manchurrones, unos churretes negros que me habían quedado en la cara de la llantina que me pegué, y algo agitada, porque salí de allí corriendo, con unos lagrimones tremendos saltándome de los ojos, y no paré hasta llegar a mi hogar. Y mi madre no dejó de preguntarme e insistirme hasta que le conté lo que me había pasado. Aunque yo no quería, porque El Cubano me había asustado mucho con sus amenazas.

Mis padres están en el tercer banco, frente a mí. Mi padre no hace más que apretarse los puños y restregárselos, cada uno con la mano contraria, y mi madre, aunque trata de disimularlo, no para de gemir. A mi lado hay un señor muy serio con un babi y un gorro negro muy raros, con una mesa muy grande delante. Al final del babi bruno tiene unas cosas blancas, como de encaje, que mi mamá me dijo el otro día (porque hemos tenido que venir varias jornadas) que se llaman puñetas. Y lo dijo con toda normalidad, pese a que esa es una palabra fuerte que alguna vez le he oído decir a mi papá cuando estaba muy enfadado conmigo.

Me han estado haciendo preguntas: el señor que contrató mi padre, otro señor muy serio que no conozco y que ha intentado ser cariñoso conmigo y, ahora, este otro señor, que me mira muy mal.  Todos ellos también se han puesto un babi de color carbón. Este último me está poniendo nerviosa. El hombre afectivo y el abogado que contrató mi padre le ha dicho al caballero del gorro sombrío que está sentado ahí al lado, y que parece que es el que manda, que me protegiera, porque el otro me estaba acosando. Y ahora me ha preguntado una cosa que me ha hecho ponerme a sollozar. Me ha dicho que si me gustó. Mi padre se ha levantado como un rayo, con la cara tensa y encendida, y le ha dicho que cómo se atrevía a preguntarle eso a la niña, refiriéndose a mí. Y, seguidamente, le ha dicho:

– ¡Tú no eres más que un cabrón y un hijo de puta! -tal cual.

Yo, en mi vida, había visto nunca así a mi padre. Ni le había oído decir esas palabrotas.

Se ha armado la de San Quintín. Como mi papá no se calmaba, el señor del gorro negro les ha dicho a los guardias que se lo llevaran. Y mi mamá se ha puesto a llorar, ya sin miramientos. El abogado que contrató mi padre, y el otro hombre afectuoso, se han puesto muy enfadados los dos con el del gorro oscuro. Pero es el que manda.

En el pueblo todos me dicen que mis padres han sido muy valientes, porque si pierden el juicio se tienen que ir de aquí; que El Cubano es mucho Cubano, y que, desde que ellos nacieron, no ha habido nadie en el lugar que osara enfrentarse a Don Julián. Sería una lástima, después de que mi padre ganó el concurso del estanco, que seguro que tuvo que estudiar mucho para ello. También dicen que hay personas que, antes, iban todos los días a comprarle el periódico o tabaco, y, desde que denunció al amo del pueblo, ya no aparecen.

En fin, que a ver si termina esto, porque lo estoy pasando peor que cuando estuve en los establos con el innombrable. Éste, que lo tengo enfrente, en el primer banco, ha adelgazado bastante, y aunque me pone cara de simpático, enseñando su diente de oro, a mí ya no me la da. Porque, aunque no entiendo mucho de esto, yo creo que, cuando alguien hace cosas como las que me hizo a mi Don Julián, sin yo querer, deberían castigarlo. Eso creo yo, pero, vamos. Es lo que llevan debatiendo, una y otra vez, tantos días, estos señores de color triste. Tan listos ellos.

Esperanza

esperanza.jpg

 

El Sol también saldrá mañana. Lo hará poco antes que hoy. Y quizá algunos rayos dorarían aún más sus anhelados cabellos ¿Lo harán antes de irse? ¿Y quién se irá antes?

Ayer la abracé para desearle un feliz año: su cuerpo breve, su aspecto enfermizo. Todavía tuvo tiempo para devolvernos a todos una sonrisa. Y yo, que no estoy dentro, y lo miro todo desde fuera de ella; que quedo lejos, porque no sabría quedarme cerca; alzo los ojos y, sin querer, me repito una machacona pregunta: ¿hasta cuándo?

Quién sabe si cuando llegue la lluvia, chorreando por su cara, sus gotas se confundan con sus lágrimas. O, tal vez, le traigan dos vasos de vida con sus manos de agua, y doce pétalos de rosas, al tiempo que llenen su esperanza, limpien con la primavera su mirada. Pero, hasta entonces, si yo me pregunto hasta cuándo, ¿qué piensa ella? ¿Qué piensa con sus llagas, con sus dolores, con su cuerpo menguante y, a la vez, hinchado por lo química? No lo sé. Lo puedo imaginar, pero no lo sé. Y, pese a ello, nos ha regalado una sonrisa.

El aire trae la vida a mi boca. Es el mismo aire que jugará con su pelo cuando llegue el esplendor, para extenderlo al Sol y que éste siga dorando sus cabellos; el mismo aire que desempañará los cristales de sus ojos al tiempo que refresque su rostro; y el mismo aire que elevará al cielo cientos de milanos al llegar su floración ¿Los soplará? ¿Regresará a su niñez y a sus sonrisas? ¿O, tal vez, los alcance en lo alto, agarrándose a su tallo, para ascender hasta quién sabe dónde? ¿Se descolgará en los tejados, para recorrer las azoteas y observar el mundo como nunca antes lo vio? ¿O descenderá para bañarse en los charcos que el agua forme en su calle?

¿Y qué nombre tendrá su calle? No lo sé. Sólo sé que será una calle arbolada por cientos de especies, algunas inimaginables. Desde las recias secuoyas hasta los suaves lilos. Una calle de colores, de tiernas palabras y de sonrisas, con un mantel extendido sobre su hierba, sobre el que comer frutas maduras y beber vinos selectos. Allí descorchará su vientre, nuevamente encendido, a la vez que manos firmes y dedos hambrientos acaricien su piel. Y sentirá su tacto en su espalda, al tiempo que un dulce viento la llenará de caricias. Pero, ¿cuándo? ¿y dónde estará el aire?

Tantas dudas quedan en él, en la lluvia y el sol, a espera de su decisión. Será para las Idus de marzo. O, tal vez, no.

La chica de la gabardina

gabardinas

 

Llevaba tanto tiempo solo que, cuando me encontré con ella, mi vida dio un vuelco de repente. La vi allí, frente a mí, con esos dos inmensos luceros azules, como es el Cantábrico en invierno, y una cuidada melena rubia, como si fuera la más pija del barrio. Al igual que yo, esperaba a ser atendida por la dependiente de la tienda, una joven de rasgos orientales, con quién otro cliente había iniciado una conversación sobre algunos géneros. Mientras eso sucedía, de espaldas a ella, sentí su furtiva mirada sobre mí. Fue sólo una intuición, pero al abrirse la puerta, noté como una ráfaga de viento me traía su vista hasta el cogote. Disimuladamente, me acerqué a ella, y, por detrás, casi sin querer, percibí el roce de su piel. La mía se erizó con aquella suavidad, y -ya sin tapujos- la miré con descaro. No sé si fue porque se estaba haciendo de noche, o porque ella quiso hacerse la interesante. El caso fue que dudé sobre si había percibido mi mirada ¡Qué estupidez! Siendo mujer, claro que se habría percatado. La dependienta encendió la luz. Decidí ignorarla, porque yo ya tenía mis ojos enfrentados a los de la chica. Y sólo los tenía para ella.

Mientras ella fijaba en mí su mirada, yo le susurré algo por lo bajo. No nos dijimos más palabras. Pese a ello -no me preguntéis cómo ni por qué-, adiviné su nombre: Natalia. Se llamaba Natalia. La agarre del brazo y juntos salimos de la tienda. Caminamos sobre los parques y paseamos sobre las aguas. Como si flotáramos. Su presencia me llenó por completo. La invité a mi casa y ella accedió. Lo que sucedió después no es éste el lugar para contarlo. No debo. No puedo. Me tengo por un caballero.

Se quedó a vivir conmigo. Y a dormir conmigo. Y a soñar conmigo. Y a llorar conmigo. Cada noche yo me entregaba a ella y ella se entregaba a mí. Tenía un perfume tan especial, que terminó por embriagarme. No he conocido nunca una historia de amor, ni propia ni ajena,  tan fascinante y tan generosa como aquella. Ella nunca me pidió nada; sin embargo, yo se lo entregué todo.

Cada tarde, al regresar del trabajo, la encontraba allí, asomada al balcón, esperándome. Con esa mirada que se le llenaba de amor sólo con verme. Hasta que un día, harta de la espera, en aquella casa, donde la fría soledad congelaba todo su ser, decidió acompañarme todas las mañanas al trabajo. Se sentaba allí, a mi lado, en el asiento del copiloto, con su boquita de piñón, de rojo carmesí, sus enormes ojos azules y su melena rubia, siempre tan bien colocada. Gustaba de adornarse con una gabardina, sobre la que descansaba su cabello, y unas gafas de sol grandes, de esas como las que gustaba lucir Jacqueline Kennedy. Ése era su atuendo favorito para viajar. Se acomodaba callada, en el silencio más puro, pero su sola presencia, y su porte esbelto, llenaban y encendían mi ánimo.

Desde la casa que tengo en El Escorial, todos los días bajábamos a Madrid por la carretera de A Coruña. Para hacer más corto el viaje, utilizábamos el Bus VAO. Al llegar a la oficina, ella desaparecía con el sigilo de una gacela; misteriosamente, como si, de pronto, se transformase en algo etéreo y gaseoso. Algunas veces me escapaba de mi ocupación para encontrarme con ella. Y, cuando tenía esa suerte, nos entregábamos a esas cosas que los amantes furtivos hacen en los archivos, ocultos tras algún armario metálico, o, directamente, sobre una mesa escondida. Allí abría sus piernas desde sus rodillas y acariciaba sus nalgas, que ella apretaba contra mí, para terminar perdiéndome tras su pelvis, y vaciándome en ella. Y cada vez que nos abandonábamos a esas verdades, terminaba susurrándole la misma frase a los oídos: no te vayas, no te vayas nunca, porque, cuando te vayas, mi vida se irá contigo.

Fue un veintitrés de julio de 2016. A la salida del Bus VAO nos detuvieron los Picoletos. Nos trataron como perros. A mí me arrancaron de mi asiento y a ella, que ni siquiera abrió la boca, se pusieron a hacerle fotografías como posesos, después de abrir su puerta: a mi chica, que era sólo mía. Le arrancaron la gabardina, el resto de la ropa y el pelo, y, desnuda, siguieron haciéndole fotos. Yo me encelé y no me supe contener. Como pude me desembaracé del guardia que me sujetaba y me fui hacia los que estaban con ella. Les golpeé. Creo que sólo una vez. Al segundo intento, sentí algo así como un martillo cayendo sobre mi cara. Perdí el conocimiento.

Me encerraron en esta celda a la espera de juicio. Además de ello, me pusieron una multa de seiscientos euros por utilización indebida del Bus VAO. Se llevaron a mi chica, y me pidieron dos penas de cárcel: una de seis meses, por engaño; la otra de veinticuatro, por atentado a la autoridad.

Y aquí me encuentro, esperando el desenlace. No me preocupa la privación de libertad. Lo que realmente me hiere es que será de otro, o de otros, y ya nunca más volveré a verla. Ni a acariciar su piel, ni a besar su boca, ni a vaciarme en ella.