La memoria descosida

corazon-mal-herido_4649

Se le conocía como Luis “el loco” y se decían muchas cosas de él. Ninguna buena. Se decía que, algunas noches, se oían voces y gritos desgarrados que parecían provenir de dentro de su casa, y en el ambiente circulaban más que rumores acerca de su salud mental y fábulas increíbles de muertos a sus espaldas, que hacían que los niños, y algunos no tan niños, con sólo oír su nombre, corrieran despavoridos a refugiarse en sus moradas.

Su metro noventa y cinco y ciento veinte kilos de peso realmente impresionaban. Pero aún impresionaba más su leyenda. Vestía una capa negra, un sombrero de fieltro, también negro, y unos viejos guantes de cuero con los que agarraba la cabeza de bronce de un bastón sobre el que se apoyaba en su caminar. A su paso, las calles quedaban desiertas y un aire gélido sellaba con hielo las puertas de todas las casas. En su andar, desde su más absoluta soledad, miraba el mundo a través de unas gafas oscuras. O quizá ni siquiera lo miraba: tal era su desinterés.

Se hallaba cerca de cumplir los cincuenta y, desde hacía catorce, vegetaba en una antigua casa de una céntrica, pero escondida, calle, llena de recovecos. No había niño o adolescente que tuviera valor para atravesar aquella calle. Tampoco había muchos adultos dispuestos a hacerlo.

Pocos en el pueblo conocían su historia: su verdadera historia. Se había perdido en una desgraciada curva de la carretera, de regreso de la capital. Allí quedaron sus tres únicos amigos y, un poco antes, en una acera de la gran urbe, con los ojos abiertos de par en par, sobre un espeso lago púrpura, el amor de su vida. Allí la vio por última vez: la piel infinitamente nívea y un rosario en la palma de mano, con las cuentas y el crucifijo incrustados sobre la carne. Cuando él llegó, estaba cubierta por una manta y, aunque sus amigos (que le habían acompañado para despedirle) intentaron sujetarle, saltándose el cordón policial, se arrojó sobre ella para verla por última vez. Y, al levantar la manta, ella -o lo que quedaba de ella- le clavó aquellos ojos blancos de hielo que, como dos puñales fríos, se cosieron para siempre a su memoria. Fue sólo un instante -lo que la policía tardó en reaccionar-, pero suficiente para, tal vez, trastornar alguna que otra conexión neuronal.

De vuelta a casa, dentro del coche, por el camino, Luis relataría a sus amigos los detalles de su crónica: había conocido a Mercedes, como todos sabían, desde la niñez. Habían compartido juegos, secretos, confidencias y aficiones, y, pese a tener su complicidad, tal vez para no destruir los maravillosos momentos que pasaba junto a ella, nunca tuvo el valor de decirle lo perdidamente enamorado que estaba de ella. Al cumplir la chica los diecisiete, un nuevo trabajo en la embajada de Francia para su padre los separó para siempre. La vio marchar en un Ford negro, un catorce de junio, tras el boquerón de un pajar de su familia, desde el que se divisaba la carretera, al que corrió desesperadamente desde su casa, después de colgar el teléfono despidiéndose de ella. Allí, con toda su humanidad, lloró sin consuelo como el niño que aún no había dejado de ser.

Mercedes pasó ocho años en Francia y, a su vuelta, acomodados en la capital, a base de argucias e insistencias con ella, sus padres consiguieron casarla con un militar de carrera, de sólida posición social, con quien terminó estableciéndose en Madrid. Por aquel entonces, Luis, merced a las triquiñuelas de los padres, había perdido todo contacto con ella y se había convertido en un joven solitario y apesadumbrado, ante el que pasaba una vida que, para él, había quedado amortajada bajo unas gavillas empapadas por su llanto un catorce de junio de 1951.

Algunos años más tarde, tal vez subyugada por sus silencios y sus ausencias, la bella Rebeca consiguió arrancarle algunas sonrisas, para terminar desposándose con él. Ella sabía muy bien que dentro de aquel grandullón habitaba un buen hombre, pero nunca supo de su semblanza hasta que la encontró escrita en aquellas cuartillas en las que la tinta, de vez en cuando, se desdibujaba en algunas pequeñas ampollas húmedas que le habían salido al papel antes de llegar a sus manos.

Él, por tratarse de un hombre serio y laborioso, había devenido en ser elegido como representante de los empresarios locales en la Cámara de Comercio provincial, y en una de sus reuniones nacionales, por las calles de Madrid, se topó de bruces con Mercedes. Por un momento, los dos quedaron parados, mirándose, reconociéndose, deslumbrándose. Habían pasado quince años desde que la viera por última vez.

Decidieron comer juntos. Y, luego,  decidieron comer juntos muchos días más, aprovechando las reuniones de él en Madrid. Y Luis, el mismo Luis que no tuvo valor para confesarle su amor adolescente, deslizando su mano por debajo de la mesa para coger la de ella, que bajaba a coger la servilleta colocada sobre sus muslos, tomó el camino de lo ilícito y lo prohibido. La mano de ella se llenó de calor, de dudas, sonrojos y zozobras… Y de pasión. De la misma pasión que tantas veces había asfixiado con silencios en su adolescencia y juventud. Una gota de sudor se le acomodó en el hoyuelo de la garganta. Luego, sin decir ni una sola palabra, cerró su mano con fuerza sobre la de él; levantó la cabeza con la mirada llena de amor; y dos lágrimas redondas, que Luis se apresuró a secar, cayeron de sus ojos. Como el sentimiento nunca supo de razones los dos terminaron convertidos en adúlteros. Vivían en España, ella estaba casada con un militar, y era el año 1966.

La desatada pasión con la que, en los días de reuniones camerales, parecían querer recuperar tantos años perdidos, les llevó a concebir un hijo. Al notar la falta ella, y decírselo a él, habían tomado la decisión de huir: ella conocía bien París y, siendo que él era un buen veterinario, no les resultaría difícil rehacer su vida allí. Con las maletas preparadas, en el último momento, el militar descubrió el engaño. La acorraló: primero verbalmente; luego, físicamente, contra el balcón. En su retroceso, había enganchado un rosario que adornaba una de las paredes, ofreciéndoselo a él para aplacar la ira de su honor y hombría mancillados. Él desenfundó su arma reglamentaria y, alzándola hacia ella, con un mínimo gesto de su dedo índice, dibujó en Mercedes un pequeño círculo rojo en el centro de su frente, del que saltaron incontables pedacitos de piel. Un círculo rojo que, para siempre, dejó sus ojos enormemente abiertos y llenos de terror. Luego, la arrojó por el balcón.  Se estampó contra el suelo desde un sexto piso.

Porque, por aquel entonces, había cosas que no pasaban y no podían pasar, la versión oficial de lo ocurrido fue que ella, endemoniada, había terminado arrojándose por el balcón, huyendo de Belcebú. La cruz incrustada en la palma de su mano ayudó bastante a esta gran mentira.

Según se sinceraba hasta el desnudo con sus amigos, sobre ellos iba cayendo todo el peso de la empatía y de la tristeza. Y, entre esa tristeza y la neblina, el conductor no vio venir una curva. Terminaron en un terraplén, ochenta metros más abajo de la carretera, después de siete volteretas de campana. Y allí quedaron todos, menos Luis, que, milagrosamente, resultó ileso. Eran las dos de la tarde. Dicen que, justamente a esa hora, pese a llevar muerta más de cinco, Mercedes apretó con fuerza el crucifijo del rosario que quedó incrustado en su palma, como había asido la mano de Luis bajo la mesa, cuando éste decidió cruzar aquella frontera de perdición.

Llegó a su casa como un alma en pena a la una de la madrugada. Antes de partir al encuentro de Mercedes, con enorme dolor, porque Rebeca era una mujer que no merecía aquello, había escrito en cinco cuartillas, encerradas en un sobre, toda la pesadumbre que había ido acumulando a lo largo de los años, y la desatada locura a la que había decidido entregarse. Encima del sobre, una simple leyenda: “ábrelo si no he vuelto al anochecer”. Lo encerró en un cajón junto a un despertador encendido que comenzó a sonar a las diez de la noche.

Cuando se presentó delante de ella, Rebeca ni siquiera le preguntó por qué había vuelto. Sentada sobre una mecedora, sosteniendo un abrecartas ensangrentado que le temblaba en las manos, había logrado abrir una hendidura en su costado. Al verlo llegar, se levantó. Con las cuartillas impregnadas de sangre se acercó a él y, sin decir palabra, con la mirada perdida, las dejó caer a sus pies. Luis llevaba mudo bastantes horas, pensando para sí por qué no había cogido en algún momento el arma de algún policía para saltarse la tapa de los sesos. Y así siguió. Y Rebeca, con esa mirada perdida, introdujo la mano por su costado abierto y, antes de derrumbarse definitivamente, sacándoselo de dentro, le entregó en una mano su corazón. Todavía estaba caliente y bombeando plasma. En uno de esos bombeos, Luis sintió sobre sus mejillas el calor de la sangre de Rebeca, que impregnó toda su cara, y, al mismo tiempo que ella se moría, se desmayó.

Le llamaban Luis “el loco”, y él pensaba que la verdadera locura era no haber acabado por siempre con aquellos sufrimientos.

Una tarde de abril de 1980, en la plaza del pueblo, encontró llorando a una niña. Su gatito se había escapado y perdido, y un coche había terminado atropellándolo. Sentada en un banco, con el gatito -al que asomaban los intestinos- contra su regazo, no notó la llegada de Luis. Al verlo, se sobresaltó. Él la tranquilizó y le preguntó por su tristeza; luego, por su edad. La chiquilla, que dijo tener trece años, contó lo sucedido con el animal. Él examinó al minino, le preguntó si creía en los milagros y le pidió que rezase lo que supiera. La niña cogió confianza y le preguntó si sabía que le llamaban Luis “el loco” y por qué lo hacían. Luis dijo saber algo de aquello y también un poco de medicina -no en balde era veterinario- y, en ese escaso saber, pensaba que había que diferenciar las enfermedades del cuerpo y las del corazón, y él estaba enfermo del corazón, pues, a base de vivir sólo para remotos recuerdos, había cruzado algunas barreras que le habían dejado, irremediablemente, encadenado al día más trágico de su existencia, como pocos seres humanos serían capaces de vivir y soportar. Aún así, había terminado cosiendo a su memoria todos sus momentos de felicidad, aunque, algunas veces, merced a otros recuerdos que no conseguía descoser, le asaltaban terribles pesadillas.

– Aún no sé porqué -le explicó-, pero, lo creas o no, no estoy loco. Simplemente estoy triste, muy triste.

Se quitó sus lentes y, mirándola de frente, le dijo:

– ¿Lo ves? ¿Por qué crees que llevo estas gafas oscuras?

Luis preguntó a la muchacha por el lugar donde vivía y le pidió, por favor, si le podía acompañar a su casa. Su madre los vio venir calle abajo. Viéndolos andar y charlar su desconfianza inicial fue encontrando relajación.

– Buenas tardes, señora -saludó Luis-, y ella le devolvió el saludo.

– Tiene usted una niña encantadora y un gatito un poco travieso y confiado. Voy a ver qué puedo hacer por él.

Dejó a la chica con su madre y se marchó. La vida que Mercedes llevaba en su vientre el día de su muerte, en aquel momento, tendría su edad. De haber nacido niña, tal vez su semblante.

Días más tarde, le vieron bajando la calle principal del pueblo. Llevaba una pequeña jaula y, dentro de ella, un animalito. Llegó a la casa de la muchacha y golpeó tres veces con el llamador. El hielo que rodeaba aquella entrada, desde el dintel hasta el suelo, se evaporó con el aliento del gatito. La madre se asomó tras una persiana y, al ver la estampa, salió a abrir la puerta con la niña. Luis le entregó la jaula con el felino. La mirada de felicidad y la sonrisa de la cría le conmovieron. Se agachó para mirarla a los ojos y que fueran ellos los que le trajeran por un instante una felicidad hacia tanto tiempo pérdida:

– No pude coser a las mujeres de mi vida -le dijo-, pero sí he podido coser a tu gatito. Tráemelo si alguna vez se pone enfermo.

Y prosiguió:

– Sin embargo, ten esto bien presente: llegará un momento en que no podrás coserlo. A partir de entonces, no dejes que nunca se descosan de tu memoria los hermosos recuerdos de todo lo vivido junto a él. Tal vez, algún día, los necesites para vivir.

Luis se alejó calle arriba, caminando despacio, apoyado en su bastón, mientras madre e hija le veían alejarse desde el vano de la puerta. De pronto se dio la vuelta y, dirigiéndose a la chica, dijo:

– ¡Ah! Una pregunta que aún no te he hecho ¿Cuál es tu nombre?

– Mercedes, me llamo Mercedes.

– ¡Vaya! Siempre supe que los ángeles tenían ese nombre, pero acabo de volver a corroborarlo. Mi hija hoy tendría tu edad. Y, por supuesto, tu nombre.

Mi ballena verde

IMG_3940IMG_3942

 

La avisté dos millas al oeste del faro de Roche. Formaba parte de un grupo de rorcuales que, por alguna extraña razón, buscaban despavoridos la costa. Se fueron acercando, poco a poco, y el mar hizo el resto. Los entregó a la playa, aunque más que a la playa, los entregó a las calas.

Aquella tarde, una docena de ballenas pigmeas fueron arrojadas en la pleamar contra las calas y los acantilados de Roche, donde quedaron cautivas. Y, aprovechando la bajamar, un grupo de voluntarios intentó devolverlas al agua. Lentamente, lo fueron consiguiendo con cada una de aquellas que habían quedado varadas en las calas principales. Al caer la noche, habían conseguido devolver al océano ocho de ellas. No así mi ballena, a la que divisé desde lo alto del acantilado en la quinta cala. Se plantó allí, sola y abandonada a su suerte, atrapada entre la arena y las rocas.

Descendí por las escaleras que dan acceso a la cala y me fui directamente hacia ella: la boca abierta, los chillidos aterradores. Como pude, traje del mar toda el agua posible para bañarla. Le acariciaba, y ella bufaba, a la par que su sonar emitía unos penetrantes chillidos que formaban una orquesta de sonidos chirriantes con los de las demás ballenas encalladas. Acudí en busca de auxilio hacia las calas anteriores, pero los voluntarios no daban abasto con el trabajo que allí tenían. Me intentaron ayudar tres espontáneos, pero poco sabíamos del mar ninguno de los cuatro. Poco del mar y nada de ballenas. El agua que nos servía para mojar su piel, servía también para humedecer la arena en la que, poco a poco, la ballena se iba anclando. Ni éramos suficientes, ni teníamos los materiales adecuados para devolverla al océano. Según subía la marea, intentamos empujarla, aprovechando el agua que traían algunas olas. Conseguimos darla la vuelta y ponerla mirando al mar, pero el resto de nuestros esfuerzos resultaron baldíos. Me será muy difícil olvidar el tacto de su piel, su mirada, esa mirada entre el agradecimiento y la desesperación que se te clavaba en las entrañas, y aquellos agudos chillidos que te golpeaban con fuerza los tímpanos.

A medida que el día se iba acabando, la marea fue subiendo más y más. Según se acercaba el ocaso, por momentos, amenazaba con dejarnos allí atrapados a nosotros también. Todos lo sabíamos muy bien, la pleamar no dejaba al descubierto ni un solo grano de arena en aquella cala. Tampoco hacía prisioneros. Menos aún aquella pleamar de la luna llena de agosto. Días atrás había buscado en internet el horario de las mareas de la zona. Para aquel día, la mar llena estaba prevista a las once de la noche, y el coeficiente de penetración, muy alto, sería de 112 metros.

Sobre las nueve, el agua nos cerró el paso hacia las escaleras de salida. Esa fue la inequívoca señal de que había llegado el momento de marcharse. Nos dirigimos hacia las rocas que separaban la quinta cala de la anterior, y, con el líquido por las rodillas, accedimos a ella y a sus escaleras. Según doblábamos las últimas rocas para adentrarnos en la cuarta cala, vimos a la ballena dando desesperados aleteos con su cola. Y allí se quedó. Para siempre. No consiguió hacerse al agua con la marea alta. Debió agonizar cuando el mar se retiró en la madrugada.

Aquella noche los voluntarios consiguieron devolver a su hábitat a los tres cetáceos restantes, pero no así la que bauticé como mi ballena. Cuando, en la mañana del día siguiente, acudí a verla, ya no le quedaba ningún soplo de vida. Me senté a su lado, a la altura de su aleta dorsal, y, por un momento, quedé mirando la inmensidad del océano haciéndome un montón de preguntas, para ninguna de las cuales encontré respuesta. Esa misma tarde terminaron mis vacaciones.

Tiempo después me contaron que, primero, cerraron todos los accesos a la cala con determinadas advertencias y, después, ante la imposibilidad de devolverla al mar, para que él se hiciera cargo de su cuerpo en descomposición, plantearon dinamitarla con explosivos. Pero, por alguna razón inexplicable, la ballena pigmea se momificó por completo antes de que llegaran aquellos. Quien tenía que tomar la decisión dudó por momentos -la decisión no era fácil, los acantilados estaban encima-, los suficientes para que el rorcual fuera, paulatinamente, metamorfoseándose con el paisaje, al igual que lo hiciera Bill Turner “el botas”, y otros muchos más, cautivos en El Holandés Errante de la película Piratas del Caribe. Así, pues, la decisión fue dejarla allí, controlando la aparición de posibles contaminantes, caso de que se produjera su descomposición.

Regresé al año siguiente y, sin saber la sorpresa que me esperaba, aprovechando la marea baja, a primera hora de la mañana, fui dando un paseo y adentrándome en las calas. Al llegar a la quinta, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo: en el mismo sitio en el que varase el cetáceo, una gaviota se encontraba posada sobre la aleta dorsal de una ballena verde. No pude reprimir las ganas de dejar aquel instante para la posteridad. Como llevaba encima mi teléfono móvil, lo desenfundé y me puse a disparar fotos como un poseso. Para verla más cerca, avancé un poco más, con miedo de espantar a la gaviota, que, a los cinco o seis pasos, salió volando. Ante esto, una vez finalizada la sesión fotográfica, me fui directamente a la ballena. Se encontraba totalmente cubierta de algas, que le conferían su color verde, con innumerables lapas adosadas a su cuerpo, algunas pequeñas caracolas y crías de mejillones por doquier. A través de su piel horadada entraban y salían minúsculos cangrejos, y, en aquel ambiente rocoso, se confundía perfectamente con el paisaje. La miré por todos los lados. Además de la aleta, aún se le dibujaba perfectamente la boca. Me senté a su lado, tal como había hecho un año antes. Frente a nosotros, el mar y, sobre una roca, la gaviota que había visto posada en su aleta. Con el cuello estirado. En permanente alerta. O, tal vez, altiva, consciente de su belleza. Reanudé el rosario de preguntas que ya me había hecho, con el mismo resultado que tuviera un año atrás y retorné al apartamento con el tesoro guardado en la cámara de mi móvil.

Ese verano acudí unas cuantas veces más para disfrutar de aquel regalo de la naturaleza. Sólo el batir de las olas rompía el silencio de aquel lugar. Bueno, el batir de las olas y, en la cuarta cala, dos leones marinos, madre e hijo, jugando sobre la arena, también petrificados.

Acabaron las vacaciones. Volví a mi rutina, como acabo de volver ahora. Mi ballena verde quedó allí, solitaria, mirando al mar, esperándole, quizá desafiándole con la secreta esperanza de que un Leviatán surgiera de las profundidades para devolverla a su sitio, donde descansar junto a sus congéneres.

Pero el mar embravecido no necesita de leviatanes para devorar las ánimas. Él, por sí mismo, es un auténtico leviatán. Más o menos, debió de suceder así: en el mes de enero, el primer temporal del año trajo olas que alcanzaron los ocho metros. El monstruo, en uno de los embates de esas olas, primero, la partió en dos mitades: una en la arena, la otra arrebatada; luego, jugó con esta mitad; más tarde, la lanzó contra las rocas del acantilado, partiendo su aleta; y, por último, con la ayuda de algunas rocas arrancadas, partió también su mandíbula. El resto fue un simple trabajo de acarreo. Mi ballena verde vio cumplido su deseo y hoy descansará en el fondo del océano, donde sus restos en descomposición servirán para cerrar el ciclo de la vida marina.

Volví al año siguiente, ignorando lo sucedido. Nada más llegar, corrí a la playa y, tras andar unos cinco kilómetros por su orilla, llegué al lugar deseado. Busqué mi ballena verde por todas partes. Reexaminé las rocas entre las que se había metamorfoseado, pero no encontré ni un solo resto de ella ¿Acaso sólo había sido un sueño? ¿Lo había imaginado y estaba confundiendo la realidad con la ficción? Rápidamente, eché mano a mi teléfono móvil y rebusqué en sus archivos de fotos. Allí se encontraba ella con su inconfundible aleta y la gaviota posada sobre la misma: mi ballena verde.

Desde entonces, cada vez que me surge la duda sobre su realidad, miro los testimonios que un día me traje sin pensar que me servirían para convencerme a mí mismo de mi verdad. Aquí os los dejo: es ella y está allí.

La parisina

IMG_1237

Una fina llovizna caía sobre Madrid, entristeciendo la ciudad. Luis caminaba cabizbajo, con los ojos hundidos, los hombros más cerca del suelo que su pecho y un rosario de arrugas en su cara que no eran otra cosa que una colección de amarguras y cicatrices de cada uno de sus fracasos. De pronto, se paró frente a un cartel. Anunciaba el concierto de una joven francesa, colgada de una sonrisa. Decían -los críticos- que era la voz de una nueva Édith Piaf, junto a la lucidez de Georges Brassens. Decía -el cartel- que ella era trop sensible y, con su cara dentro una delicada urna de cristal, anunciaba el concierto para pasados dos meses, en la ciudad de la luz, escrito sobre su frente, por encima sus dos llamativas farolas, azules y vívidas como el mar. ¿Quién será esta chica que no sale en los telediarios montando escándalos, o borracha y perdida? ¿Quién es esta parisina? –pensó. Y al tiempo que lo pensaba, algo en su interior se lo dijo en francés: On irá. Iremos. Mi hada y yo iremos a verla, de cualquier modo. Tomó nota de la dirección de internet y teléfonos para reservar entradas y dos meses después se encontraban volando sobre suelo francés, en busca de su nuevo descubrimiento.

Cuando avistaron la metrópoli, era una ciudad adormecida a la sombra de un techo grisáceo y cetrino. Bajo el cielo de París, los transeúntes desplegaban sus paraguas como si quisieran unirse a una añeja danza y antiguos amantes se arrebujaban en los bancos resguardados de los jardines de las Tullerías.

Cuando, poco más tarde, aterrizaron en el aeropuerto Charles De Gaulle, y salieron del avión, algo así como el rumor de una trompetilla se escuchaba a través de la megafonía de todas las dependencias del inmueble. Era un sonido rítmico y alegre que invitaba a bailar. Luis acudió a los baños a aligerar sus exigencias, tras el viaje. La señora de la limpieza, una joven negra de ojos profundos, le miró con una sonrisa suspendida de sus pupilas y, a pesar del cansancio que delataban sus facciones, le pidió, por favor, que esperara un momento que terminara de limpiarlos. A través de la puerta entreabierta la pudo ver como fregaba los suelos, moviendo su anotomía y la fregona al ritmo del soniquete que no cesaba de escuchar. Luego, a la vez que, amablemente, le franqueaba el paso, dijo: C’èst finí. C’est bien. Cuando salió de allí, contagiada del son, el hada que tenía en su casa le esperaba bailando, a la par que sonreía. De pronto, la voz rota y grave de una joven acarició el aire:

Donnez-moi une suite au Ritz, je n’en veux pas!
Des bijoux de chez Chanel, je n’en veux pas!
Donnez-moi une limousine, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala

Offrez-moi du personnel, j’en ferais quoi?
Un manoir à Neufchatel, ce n’est pas pour moi
Offrez-moi la Tour Eiffel, j’en ferais quoi? 

Papalapapapala (1)

Luis quedó prendado de la voz que oía y de la pegadiza melodía y, según se alejaban, camino de los pasillos que conducían a la estación de tren que les llevaría a la capital, una parte de su alma quería quedarse para siempre escuchando aquella música, embebido como estaba en ella.

Se metieron al tren y, dados los últimos acontecimientos, una cierta congoja los acompañaba. Al pasar por Saint Denis y las estaciones aledañas el miedo se fue acentuando. Luis observaba a la gente sin perder detalle de sus movimientos, un ojo acá y la mente allí. Una mamá morenita, de culo ancho, llevaba de la mano a una chiquilla finústica de pelo infinitamente rizado, rematado por un moño. Cuando el tren se aproximaba a la estación, las dos se acercaron a la puerta con evidente intención de apearse. Miró despacio a la niña: se estaba riendo, y, aunque la única música que se escuchaba era el traqueteo de las traviesas al paso del tren, junto al chirriar de los frenos, la vio mover rítmicamente sus zapatillas de deporte, llenas de luces fluorescentes. La cría le enfocó y su risa se convirtió en jolgorio. Sin abandonar la vigilia, Luis seguía absorto con el ronroneo de la cancioncilla. No podía ser: aquellos pies se movían al mismo ritmo que la canción que se oía en su interior.

Cuando llegaron a París, tomaron acomodo en el hotel, en la Rúe de Víctor Hugo, cerca de la Plaza de L’Etoile, y, tras dejar las maletas y asearse un poco, fueron a comerse las calles. Bajaron por los Campos Elíseos, ante una ciudad tomada por la policía y en estado de permanente shock. Decididos a pateársela, llegaron al Grand y al Petit Palais. En este último, pararon a ver una exposición. Luego, caminaron hacia el río y se adentraron en el puente de Alejandro Tercero. Se hicieron algunas fotos junto a sus farolas y, después, decidieron embarcarse en el Batobus para apreciar la ciudad desde las aguas. Se apearon en la última estación. Desde ella, caminaron hasta cerca del Pont de Bercy, y allí, en el muelle del río, una chica, junto a otros dos jóvenes armados de un contrabajo y una guitarra, charlaba con los paseantes. De pronto, ella se llevó la mano a la boca, simulando soplar por una trompeta y el mismo soniquete que les recibió en el aeropuerto, como si saliera de un kazoo, comenzó a oírse, al tiempo que dos docenas de palomas, que se cortejaban, danzaban a su alrededor. La joven, de alegres ojos azul verdoso, como dicen que son los de las sirenas que se ocultan en las simas marinas, llevaba un abrigo gris abierto, atado con un cinturón, y un sombrero del mismo tono con una cinta alrededor. Después de soplar su trompetilla imaginaria se puso a cantar la misma melodía que habían oído en el aeródromo. Ella chasqueaba los dedos al ritmo del bajo, y no paraba de reír. ¿Era aquello la felicidad? Poco a poco, la gente se fue arremolinando junto a ellos, moviéndose, bailando y acompañando la música con palmas. En un momento determinado, su hada le agarró por la cintura, cogió su mano, la elevó y le empezó a mover. Los pies de Luis, de común amarrados al suelo, se despegaron de él con la ligereza de dos pequeñas plumas que elevara el aire. Luego, con su mano en lo alto, la hizo girar a ella. Varias veces. Por un momento parecían dos novios en la fase del enamoramiento, ensimismados el uno en el otro, y ella, la chica, reía, y cantaba, ¡cómo cantaba! Llegó el estribillo:

Je veux d’l’amour, d’la joie, de la bonne humeur
Ce n’est pas votre argent qui f’ra mon bonheur
Moi j’veux crever la main sur le cœur,

 Papalapapapala

Allons ensemble, découvrir ma liberté
Oubliez donc tous vos clichés, 

bienvenue dans ma réalité

Cuando terminó la canción, algunos jóvenes franceses quedaron charlando con ella. Otros, no tan jóvenes, como Luis y su hada, se fueron de allí despacio, muy despacio, moviendo los pies al son que acababan de escuchar. Más tarde, subieron a Nôtre Dame, y, pese a que se acercaba la oscuridad de la noche, vieron las gárgolas saltando de arco en arco, llenas de colores. Tras la visita, pensaron que aquella visión era producto de su cansancio y que lo mejor sería retornar al hotel y guardar fuerzas para el día siguiente. De modo que se volvieron a subir al Batobus para el regreso.

A la mañana, con nuevos bríos, ascendieron a Montmartre y, al llegar a la plaza del Tertre, una melodía, que ya empezaba a serles familiar, llegaba entre las calles hasta sus oídos. Se asomaron y allí estaba ella, la señorita de la permanente sonrisa, golpeando sus manos, una con otra, al ritmo que marcaba el contrabajo, y elevando al cielo su trompeta imaginaria. Se quedaron media mañana mirándola, como si la droga de la felicidad pudiera transmitirse gratuitamente, sin antes haber penado.

Después de aquello, acudieron a visitar el Louvre: La Gioconda reía a mandíbula batiente, La Victoria de Samotracia alzaba orgullosa sus alas y los fusiles y mosquetones de los libertadores de La Libertad guiando al pueblo se habían transformado en saxos dorados desde dentro de los cuales crecían flores multicolores.

Antes de acostarse, exploraron en la televisión. La vieron en un vídeo en Les Copains D’abord. Ella llevaba un vestido con los colores de la bandera francesa y salía al escenario con enorme descaro y decisión, y una sonrisa de oreja a oreja, llevándose la mano a la boca con su simulado kazoo. Se durmieron, reproduciendo cien veces la grabación. La claridad del día los despertó al ritmo de la misma tonadilla. ¡No podía ser, pero era cierto! Sonaba en la calle. Se asomaron por la ventana de la habitación del hotel y, para su sorpresa, allí estaba ella, acompañada de sus músicos: un contrabajo, una guitarra, un ukelele y una batería. Su hada abrió la ventana y extendió sus alas. Luis se agarró a las membranas, espolvoreó polvo de estrellas y cerró los ojos. Su maga decidió arrojarse al vacío. Y Luis con ella. Descendieron planeando y, al llegar a tierra, se sentaron en el suelo a escucharla. No tanto como hubieran querido, porque las articulaciones ya les chirriaban. Después, al caer la noche, acudieron a la Torre Eiffel y, desde ella, pudieron ver, de nuevo, a la chica saltando y brincando, con una risa que le estallaba en la cara y ese estribillo tan pegadizo y peculiar, convertido en un himno y en un grito de guerra:

Yo quiero el amor, la alegría, el buen humor
No es vuestro dinero el que hará feliz
Yo quiero morir con la mano en el corazón
Papalapapapala

Vamos, juntos, a descubrir mi libertad
Olvidad todos vuestros prejuicios
Bienvenidos a mi realidad

Cuando terminaba la canción, volvió a oírse el sonido de una trompetilla singular. Y, al tiempo que eso sucedía, las ratas saltaban de sus cloacas y alcantarillas. Por el atracadero del río la vieron alejarse, agarrada a su imaginaria trompeta y a su permanente sonrisa. Las ratas formaron un ejército tras ella que, como el flautista de Hamelín, iba embriagando los oídos de los roedores de aquel alegre ritmo. Cada batallón de ellas llevaba una placa con una red metálica llena de candados que retornaban a su lugar de origen. Eran los candados del amor eterno que, con arrebato, se habían jurado millares de jóvenes, anudándolos al Pont des Arts. Muchos de ellos se habían perdido, como el frenesí pasional que aquellos chicos se juraron, pero aún quedaban otros tantos en pie. Según levantaron la vista, algo más allá, entre el Campo de Marte y el puente de Bir-Hakeim, los viejos amantes descansaban en bancos de piedra, al tiempo que se besaban sin prisas, escuchando la canción que, para ellos, compusiera Jacques Brel. Y allí, en lo más alto de la Torre Eiffel, según Luis y su hada, deslumbrados por la noche, acariciaban con los dedos el cielo de París, como por arte de magia, los labios de la parisina entonaron para ellos la misma melodía. Se miraron con ojos cansados. No hacían falta palabras. Los dos bien supieron que, a cambio de toda una vida, ese día sería una pausa que les pertenecería para siempre.

(1)

Dadme una suite en el Ritz, ¡no la quiero!
Joyas de la casa Chanel, ¡no las quiero!
Dadme una limusina, ¿qué haría con ella?

Papalapapapala

Ofrecedme personal, ¿para qué lo quiero?
Una mansión en Neufchatel, ¡no es para mí!

Ofrecedme la torre Eiffel, ¿qué haría con ella?
Papalapapapala

Yolanda ya no está

barca solitaria

La he perdido. Hace tiempo que no sé nada de su ser. Solía ser la primera en llegar al portal, ahíta de sencillez, y, hoy, aunque he acudido donde solíamos encontrarnos, ya no estaba. Me he pasado la tarde buceando por espacios siderales en su búsqueda, pero no queda rastro de ella. Ni de sus luces, ni de sus sombras, ni de sus bellas palabras. Yolanda ya no está. Acaso os preguntaréis quién es ella. Tan sólo os diré que fue la originaria y la que mejor me regalaba los oídos. Ella fue quien, tras de mí, iba enseñoreando mi bandera, quien me entregó su afecto y ya no recuerdo cuántas estrellas. Solía esconderse detrás unas gruesas lentes y el hociquillo de una mascota, pintarrajeando papeles en su biblioteca. Y me escribía versos. Bueno, tal vez, sea muy pretencioso decir que los escribía para mí. Así que, diré mejor que componía hermosas poesías que se me ahondaban ahí: adentro, en ese mar oscuro en cuya costa se me ha abierto una saja por la que sangran letras deshilachadas rememorando sus poemas. Todavía recuerdo la primera vez que la vi, cuando apartó su perrillo y sus anteojos, para mostrarse tal cual era: la mano sujetando su barbilla, tras la que se adivinaba una media sonrisa y dos lunas protegiendo el azul intenso de sus ojos, que también sonreían. Esa era el aspecto de la chica que empezó a traer soplos de vida a mis ilusiones de viejo. Aunque no mucho, ella siempre estuvo lejos, pero te hacía sentir que estaba cerca. Con nobleza baturra miraba de frente; con el mismo señorío te enviaba sus aplausos y sus elegantes críticas. Y, ahora, una estúpida pantalla me dice que ha borrado su sitio. ¿Su sitio?, ¿por qué?, ¿de dónde?, ¿de la faz de la tierra? Así lo parece. Cuando yo era huérfano y caminaba entre tinieblas, ella vino a rescatarme. Luego, llegaron otros, pero ella fue la primera. Y, ahora, la he perdido. La primera follower de mi blog se ha evaporado, dejando un vacío inmenso y, tal vez, irreparable, a sus espaldas. ¿Quién me hará ahora los comentarios? ¿Habrá alguien que tome su antorcha? Adiós, Yolanda. Hasta siempre.

Tres mendigos

1435-T08

Mi amigo Ínigo era hijo de un conocido industrial vasco, dueño de una importante fábrica con marca, que, por aquel entonces, por razones de seguridad, como tantos otros, había decidido vivir fuera de Euskadi. Su padre era un auténtico atleta y, con más de cincuenta y cinco años, representaba lo que hoy vendría a ser “un armario”. Un armario de metro ochenta y ocho de altura, unas manos que, mirando la cara de mi amigo, constataba que nunca se las había puesto encima, unos brazos más gruesos que mis piernas y unos pectorales que le hacían estallar los botones de las camisas. Estas dotes físicas hicieron que, dentro del círculo de amigos de Ínigo, su padre fuera popularmente conocido como “Tarzán”.

Su madre, sensiblemente más joven, era de una belleza extraordinaria. Tenía la naturalidad y la sencillez de quien está segura de sí misma y te hablaba o hacia las cosas como si no hubiera otra forma de hablarte o hacer las cosas. Y esa naturalidad le hacía aún más bella.

Todos ellos vivían en el número cinco de la calle Amapolas de Madrid, dos manzanas más abajo de donde se encuentra la Delegación de Hacienda de Guzmán el Bueno. La casa era un enorme chalet individual, rodeada de un gran jardín, delimitado por una hilera de cipreses que le conferían intimidad. Estaba guardado por un león -porque aquello no era un perro, aquello era un león-, cuyo sólo ladrido te ponía los pelos de punta. Tras el jardín existía una pequeña pista de baloncesto, con el suelo algo más hundido, donde, al llegar la primavera, acudíamos por las noches a jugar. Cuando, en alguna ocasión, el balón saltaba la valla para desembocar en el jardín -y como, salvo Ínigo, nadie se atrevía a ir a buscarlo-, su madre salía a la penumbra para devolvérnoslo. Y debo confesar que yo rezaba todas las noches porque se nos escapara alguna pelota.

La primera vez casi me da un pasmo. Maite, que así era como se llamaba la madre de Ínigo, salió al jardín descalza. La pudimos ver entre los huecos de luz que dejaba pasar la pared de cipreses. Llevaba suelta su melena rubia y un camisón blanco, que, al contraluz, dejaba traslucir una única y ajustada prenda de ropa interior, igualmente blanca, unas formas como las de la mejor modelo, y dos redondeces, oscurecidas por dos pináculos, que nos dejaron a todos sin palabras durante un buen rato. Lisa y llanamente, la madre de Ínigo era una mujer totalmente deseable, incluso para unos jóvenes como nosotros, recién salidos de la adolescencia.

Desde aquel día, o, mejor dicho, desde aquella noche, juro por lo más sagrado que puse todo mi empeño por aprender a jugar al baloncesto. En casa de Ínigo, por supuesto. Y casi lo consigo: jugar bien al baloncesto.

Cierta noche que acudí a buscar a Ínigo a su casa, me tocó esperarle mientras terminaba de ducharse. Él me franqueó la puerta, me pidió que pasara al salón y que allí me sentara y esperara. Y, mientras esperaba, apareció Maite. Llevaba una falda roja de tubo, ligeramente por encima de la rodilla, una camisa blanca de Oxford remangada, la melena recogida en una coleta, y unas sandalias con medio tacón. Me saludó cariñosamente, y, con esa naturalidad que ella gastaba, me plantó dos besos. Con los labios ligeramente pintados de marrón, me dejó una pequeña marca, que, nada más salir, su hijo advirtió en mi cara. Se sentó frente a mí, sobre un sofá de flores, cruzando suavemente las piernas. Lo primero que me dijo fue que le tuteara, que ya era suficientemente mayor para que yo la hiciera más hablándole de usted y, acto seguido, como era natural, me preguntó por mis estudios. Me dijo lo bien que hablaba Ínigo de mi  en ese aspecto (ojalá pensaran lo mismo mis padres, me dije) y me preguntó por mis planes de futuro.

Por un momento, los dos allí sentados, frente a frente, recordé a Dustin Hoffman, mi actor favorito, en la película de El Graduado. Pero la madre de Ínigo no era Miss Robinson, sino que, además de ser la madre de mi amigo, era toda una señora de la cabeza a los pies, y, si se me permite decirlo, parafraseando lo que se decía de Ava Gadner, uno de los animales más bonitos del mundo.

Casi en la confluencia del número cinco de la calle Amapolas comenzaba la calle de Los Olivos, en cuyas dos esquinas había sendos bancos. Al tratarse de una calle poco transitada, con cierta asiduidad, algunos mendigos acudían a pasar la tarde, o la mañana, a ese lugar de paz. Y allí llevaban a cuestas sus escasos enseres, entre los que nunca faltaban una caja de leche y una o dos botellas de vino.

Una tarde de finales de abril de 1980 allí acudieron tres mendigos. A saber, dos varones y una mujer. Ellos, con sus abrigos grises raídos, sus pelos largos y lacios y, como las barbas, todos blanquecinos; ella, con un abrigo de color, algo más nuevo, unos labios secos y cortados, que al despegarlos dejaban en evidencia la ausencia de un colmillo y un incisivo, la cara demacrada y el pelo teñido color de zanahoria, con unas raíces negras y blancas de más de cuatro centímetros. Sus pocos enseres -la leche y el vino omnipresentes, un radiocasete y un trozo de espuma, envuelta en una sabana, junto a lo que parecía una manta-, se agolpaban dentro de una carretilla de obra, rematada por una pequeña pala.

Ese día habíamos acudido algo más pronto a jugar al baloncesto. Desde la cancha, observamos a los mendigos e Ínigo nos contó lo que había oído la tarde anterior. El más alto y delgado de los tres decía ser catedrático de Historia Contemporánea y había dado clases en la Universidad de Buenos Aires. Tras el golpe de estado de 1976 se había visto obligado a exiliarse y, sin más familia que la que dejaba en Argentina (su madre y una hermana), por aquello del idioma, y porque soplaban vientos de libertad, había decidido venir a España. Tras algunos trabajos mecanografiando libros y haciendo correcciones gramaticales, la crisis económica le había abocado al paro, cuya prestación hacia nueve meses que había consumido.

Los otros dos, al calor etílico de la conversación, habían resultado ser, uno de ellos, perito mercantil, y, la otra, aparejadora, que, igualmente, habían quedado en paro. Mi amigo Ínigo sólo daba crédito al catedrático que, además, tenía un pronunciado acento argentino. En cuanto a los otros dos, mi amigo pensaba que, tal vez fuera por la crisis, pero que accedieron a la calle desahuciados por sus propios familiares, hartos ya de sus continuas querellas y borracheras. Cada uno tenía su origen, pero ya en la calle se habían convertido en una extraña pareja.

Cuando aquella tarde llegaron al banco, ya se encontraban sobradamente ebrios. Allí se sentaron a continuar bebiendo, y, poco a poco, la conversación que iniciaron fue elevando el tono. Todo lo elevado que pueda ser el de una persona totalmente alcoholizada. De repente, uno de ellos, como si de una imagen a cámara lenta se tratara, dio una bofetada al otro, el argentino, sin oposición alguna. Éste, a la misma velocidad, cogió una de las botellas de vino, y, también sin oposición, la estampó contra la cabeza del otro, que, como un niño, se puso a llorar. Cuando todo apuntaba a que el episodio se iba a dar por finalizado, la mujer cogió un de los cristales rotos de la botella de vino que habían caído al suelo y, con su perfil, también a cámara lenta y sin oposición, lo restregó por la cara del argentino, de la que empezó a manar abundante sangre.

La policía, a la que avisó Tarzán, tardó tres minutos en llegar. Se plantaron delante de ellos, conversaron con ellos, y los tres se mostraron muy amigos y sorprendidos de aquella visita. Tras algún tira y afloja, el argentino consintió irse con los policías, para llevarle a un hospital. Cuando se marchaban, la mujer echaba sapos y culebras por la boca, dirigidos a los maderos. Al llegar el crepúsculo, junto al otro mendigo, los vi alejarse empujando la carretilla de obra. No volví a tener noticia de ellos.

Aquella noche no se nos escapó ningún balón de la cancha. Afortunadamente, porque a mí no me quedó el cuerpo para mirar a Maite. La vería unas cuantas noches más, después de aquella, con su inolvidable camisón blanco. Sin embargo, y, pese a que dicen que el ser humano guarda siempre los buenos recuerdos, de todos los partidos de baloncesto que jugué en casa de mi amigo Ínigo, el recuerdo que más presente tengo es el episodio de la pelea de los mendigos. Tal vez sea por aquello de no pecar contra el noveno, que, como bien se sabe, es el único pecado del pensamiento, cada vez que recuerdo o intento recordar a Maite, con su camisón blanco al trasluz, tres mendigos agrediéndose me nublan esa visión. Y, pese a ello, sólo puedo decir, recordando al catedrático de Historia Contemporánea, que me siento enormemente afortunado.

El jardinero fiel

image

Existe un jardín
Dentro de mi casa,
Que la lluvia riega,
Que el Sol abrasa.

Altos muros de hormigón
Lo protegen,
Una valla
Y más de cien cipreses.

Flores blancas
Adornan sus inviernos
Y cantan los pájaros
En su silencio.

Azul en el cielo,
Verde en el suelo,
Un peral, seco un cerezo,
Y un ciruelo.

Un arco iris de rosas,
Casi puras:
Grandes y olorosas,
Breves y maduras.

Mudas alumbran
Dos farolas blancas
Si llega la noche,
Si el Sol no alcanza.

La senda que he andado
Aquí me detuvo:
Las calles son fuego,
El mar muy obscuro.

Soy yo un jardinero
Tranquilo y fiel.
Esa es mi vida,
Vivir como se es.

Una rama del peral
Partió el viento.
Un rayo mundano
Secó el cerezo.

Alimañas ciegas,
Fieras voraces
Mutan sus rosas
En charcos de sangre.

Por sus espinas,
Desnudas las manos,
Sin su voz,
Gritan pétalos callados.

Mas muestro el jardín
A quien viene a verme,
Uñas y dientes
Si pisan su verde.

Enseño el jardín
A mansos de siempre,
Los que comparten
Y viven mi suerte.

Enseño el jardín
Con miedo a la gente.
Quedan muy pocos,
el mal se hizo fuerte.

Enseño el jardín
-no soy tan valiente-,
aquello más bello
conmigo a la muerte.

Flores que crecen lejos del mar

abcede

La tarde del catorce de noviembre llovió. Ese día, yo había acudido al número treinta y nueve de la calle General Asensio Cabanillas, para entrevistarme con Sor Ángela, que, en Madrid, era la superiora de las misioneras de Nuestra Señora de África. Previamente, había visitado la Escuela Diplomática, a poco más de cien metros de allí, para tener un charla con su director, que pasaba por ser un excelente conocedor del continente negro, y obtener así, de primera mano, algo más de información, que la que me habían proporcionado en el Ministerio, sobre el consulado español en Kampala. Y es que mi periódico había decidido enviarme a un país africano para hacer un reportaje sobre la ablación femenina y, tras algunas dudas, motivadas por los distintos conflictos tribales en muchos de ellos, no sin cierta osadía, decidí hacerlo en Uganda.

Para mi sorpresa, Sor Ángela me recibió vestida de seglar y me informó de la  Misión existente en Karenga, cerca del parque nacional de Kidepo, unos seiscientos kilómetros al nordeste de la capital. Me habló de las dificultades para llevarla a cabo, de las continuas sutilezas que se veían obligadas a emplear, ante aquellas personas, poco acostumbradas al diálogo y con permanentes luchas primitivas.  No en balde -me dijo-, hacía menos de quince años del derrocamiento del dictador y genocida Idi Amín Dadá. Al caer la noche, salí de allí, con una carta manuscrita suya, dirigida a la responsable de la legación. De modo que, tras diversos avatares, días después, me encontré volando de Madrid a Kampala

Desde la altura del aeroplano, resultaba distinta a cualquier otra urbe que hubiera visto antes. Se trataba de una ciudad extensa, pero, más que una metrópoli, parecía un enorme poblachón. Yo deseaba ver, por fin, el avión en el suelo, máxime, después de los dos apagones generales habidos desde que salimos de El Cairo. Pese a ello, no iba a despreciar las maravillosas vistas previas al aterrizaje. Aunque, cuando, por fin, la nave tomó tierra en Entebbe, sentí cómo un gran alivio crecía de las tripas de mi vientre.

Desde la capital de Uganda, la carretera me llevó, primero a Gulu, más tarde a Kitgum, y, por último, a través de una interminable calzada de tierra, a mi destino. Según el Ministerio no era ésta la forma más recomendable de hacer el viaje, pero no tuve mucha elección. Cuando, a la postre, llegué, el sol ya estaba cerca del ocaso. Sin perder el tiempo, acudí al hotel, buscando una reconfortante ducha y un merecido descanso.

Armado con mi bloc de notas, mi cámara y un bolígrafo, la mañana siguiente, me presenté en la Misión. Se hallaba en una aldea a unos diez kilómetros de Karenga. No me fue difícil reconocerla: eran los únicos edificios de ladrillo existentes en el poblado. Lo regentaban cuatro misioneras de cierta madurez. A saber, dos españolas, una francesa y una guineana. Al frente de ellas estaba Sor María. Como me había sucedido con Sor Ángela, volvió a sorprenderme que todas ellas vistieran de seglares. Yo esperaba verlas con sus rígidos uniformes de siempre. Pero no. Dios no está en los hábitos, que aquí no son otra cosa que un estorbo -me diría luego Sor María-. Pregunté por ella y me señalaron la construcción de la derecha, donde estaba dando clases. Entré, con discreción, por la puerta de atrás y permanecí al fondo de la nave, escuchando su plática. Me asombró el silencio, el respeto y la atención con la que todas las niñas la escuchaban (los niños recibían clases en otro edificio). Disimuladamente, le hice un gesto señalando la cámara, pidiendo su permiso para fotografiar la escena. Ella, con un leve, y casi imperceptible, ademán de su cabeza, asintió. Se dirigía a las chicas en su lengua primitiva, el suajili, y, en aquel momento, les daba clases de inglés, la segunda lengua oficial del país.

Cuando terminó la clase dio dos palmadas y un alboroto colosal sucedió a continuación, con las chiquillas saltando, riendo y gritando. Una de ellas, con aspecto de pilla, no hacía más que reír a cada palabra. Tenía los ojos muy vivos, la inteligencia escrita en su mirada, y la sonrisa más pura y bonita que he contemplado en mi vida. Sus dientes blancos y el iris de sus ojos, en contraposición a su piel, acentuaban aún más la belleza de su gesto. Ella advirtió mi atenta mirada, y con enorme descaro y espontaneidad, se me acercó para decirme algo en su lengua natal. Decía una frase, como interrogando y, a continuación, se reía. Siempre reía. Tras dos o tres locuciones de las que nada entendí, yo recordé la última película que había estrenado la Disney, y acababa de ver con mi hijo: El rey León. Así que, ni corto ni perezoso, le contesté:

– Hakuna matata. Hakuna matata.

Viéndome pronunciar aquel eslogan, con la cara de pánfilo con la que debí hacerlo, ella volvió a partirse de risa. En realidad, más que reír, se desternillaba, al tiempo que, saltando y bailando, de manera reiterada y machacona, repetía una frase:

– Nataka kuishi, kukimbia, kuruka na kuona maua kwamba kukua karibu na bahari

Sor María acudió en mi ayuda, para salvarme de aquel embrollo. Una vez a solas, tras las presentaciones, le pregunté por el significado de la expresión, tantas veces repetidas. Ella me lo tradujo:

Quiero vivir, correr, saltar y ver las flores que crecen cerca del mar.

– ¿Cree usted que estas niñas verán algún día las flores que crecen cerca de mar? –pregunté, iniciando la conversación.

– No lo sé -dijo- Es una pregunta que me repito muchas veces. Si esto que hacemos aquí, tendrá algún día su recompensa. Con ese ánimo lo hacemos. Pero todo cuanto hay a su alrededor son dificultades. Sé que muy pocas lo lograrán, pero con que sólo una lo consiguiera, todo lo hecho valdría la pena.

A continuación, iniciamos una larga conversación en la que hablamos de todo lo divino y lo humano. Sobre todo lo humano. Creo que, de lo divino, ni siquiera ella tenía ganas de hablar. Me asombraba la sencillez y la serenidad de aquella mujer, que distaba mucho del estereotipo que yo me había forjado e incluso de los retrógrados pensamientos que su Iglesia venía sentando como doctrina en algunas cosas.

La conversación derivó al asunto que me había llevado allí. Me contó con todo detalle, quién, cómo, cuándo y por qué procedía a la mutilación, en un rito ancestral impuesto de manera colectiva, en el que, aunque impensable, la negativa de los progenitores podría llegar a costarles la vida. Su relato era, más o menos, el mismo que, años más tarde, pude leer en un informe de Amnistía Internacional:

Sientan a la niña desnuda, en un taburete bajo, inmovilizada al menos por tres mujeres. Una de ellas le rodea fuertemente el pecho con los brazos; las otras dos la obligan a mantener los muslos separados, para que la vulva quede completamente expuesta. Entonces, la anciana toma la navaja de afeitar y extirpa el clítoris. A continuación viene la infibulación: (…)  

– Aparte de una serie de creencias supersticiosas, la razón básica de todo esto tiene como fundamento eliminar el placer sexual de la mujer, así como marcar en ella su pertenencia al grupo, como quien marca el ganado con su propio hierro -terminó diciendo Sor María.

– Y ustedes, ¿Cómo consienten eso? – le espeté.

Ella bajó y dulcificó aún más la voz, para contestarme con firmeza.

– Espero que no tenga el atrevimiento de juzgarnos. Ni se le ocurra. No se lo consentiría. Ya le he hablado de lo difícil de nuestra situación. Aquí hay hombres que con doce años, ya empuñaban un kalasnikov. Con eso, estaría dicho todo. Sin embargo, le diré que los jefes tribales aceptan de muy buen grado que enseñemos a sus hijos. Lo de las niñas es otro cantar. Debemos retorcer los argumentos, presentarles como producto y servicio la comida que les damos y las enseñanzas sobre cómo llevar una casa y una familia, para poder enseñarles a leer, la lengua, las matemáticas, la geografía y el inglés. Así que, a día de hoy, poco podemos hacer al respecto. Además, en una sociedad donde la mujer ocupa el lugar que ocupa, nosotras, como mujeres, estamos en desventaja. O tal vez en ventaja. En un territorio donde la vida vale tan poco, de ser hombres, algunos actos u opiniones podrían costarnos la nuestra. Ser hembra tiene esa paradójica diferencia, pero nuestra voz tiene menos peso y no nos permite plantarnos frente a la tradición.

– Pero, entonces, su estancia aquí termina siendo una farsa ¿Para qué seguir?

 – Ya le he dicho que no le iba a permitir que nos juzgara. Mire, con que una sola de esas niñas alcance la cultura, nuestra labor ya estaría siendo pagada. También se lo he dicho. Y créame que tengo la firme convicción de que algunas de ellas lo conseguirán.

No tuve ni argumentos ni valor para seguir juzgando ¿Quién era yo para hacerlo? Y aún más ¿Qué hacía yo para hacerlo? Un breve mutismo siguió aquella última respuesta. Después, antes dar por terminada nuestra entrevista, y, cambiando el tema de la conversación, le comenté:

– ¡Ah! Una última cosa, ¿Tendría usted un diccionario de suajili para prestarme? Creo que necesito aprender algunas nociones básicas.

– No se preocupe. Ahora se lo traigo.

Al día siguiente volví, de nuevo, a la clase de Sor María. Eshe, que así era como se llamaba la niña (y que, en suajili, significa vida), reanudó sus danzas y mohines, repitiendo, una y otra vez sus consignas, igual de espontánea, alegre y descarada que el día anterior.

– Nataka kuishi, kukimbia, kuruka na kuona maua kwamba kukua karibu na bahari

Se volvió a acercar a mí, y a repetírmelo, mientras me miraba a la cara. Cuando iba a darse la vuelta y salir corriendo, la sujeté por el brazo y la giré frente a mí:

– Hakuna maua nzuri huko, kama Mbele yangu nina –dije a trompicones-

Que significa:

Ninguna hay tan bonita allí, como la que yo tengo delante de mí.

La niña quedó inmóvil, con la sonrisa casi congelada. Después, volvió a reír estruendosamente, a la par que llevaba sus brazos a envolver su cuerpo y doblaba y juntaba las rodillas, como avergonzada. Luego salió corriendo, carcajeándose. En su huida, de vez en cuando, se paraba. Con los pies separados, juntaba las rodillas, ponía las manos sobre ellas, se volvía para mirarme, y se echaba a reír, en un ritual que repitió varias veces hasta que se perdió.

Supe más tarde que, esa misma noche, alguien decidió que había llegado su momento. El suyo y el de todas las niñas de su edad. Cuando la tenían cogida, frente a su destino, ella con un empujón se desembarazó de su captora y huyó. Se adentró en la sabana y se escabulló de sus perseguidores.

Dijeron, luego, que las bestias se apartaron a su paso y que esa noche durmió en lo alto de la copa de un árbol; dijeron que, sobre el mismo árbol, al otro lado, los ojos fríos de una hembra de leopardo vigilaron su sueño amargo; dijeron que descendió al suelo a través del cuello de una jirafa, que tras recogerla, humilló su cabeza para depositarla en él; dijeron que, al llegar el día, todos los hombres de la tribu se movilizaron para dar con ella, sin conseguirlo; dijeron -no hacía falta, porque pude oírlo con mis propios oídos y verlo con mis propios ojos- que, antes de llegar el cruel momento, lloró tanto, y tan desconsoladamente, que sus lágrimas terminaron por formar un pequeño arroyo, del que brotaron siete rosas morenas, que tiñeron de pasión su lecho sombrío.

Dos días después de su desaparición, a la mañana, se personó en la escuela. La alegría que desbordaban los recreos, ese día se convirtió en desdicha. Simple y colectiva. La mayoría de las muchachas aún continuaban reponiéndose de sus heridas, y así lo harían por algún tiempo. Las restantes, las pocas que podían estar presentes, cada una guardaba en su interior su singular tribulación. Toda la luminosidad que desprendían sus miradas se había apagado, de repente. Tampoco la había en la de Eshe, que sólo reflejaba zozobra y ansiedad

Las ancianas de la aldea acudieron en su busca. Ella corrió a refugiarse junto a  Sor María. Según la prendieron, se agarró con fuerza a la falda de la misionera, llorosa. La hermana fue incapaz de mantenerse entera y, según se la arrancaban, con lágrimas en los ojos, ella también, se puso a repetir una frase:

– ¡Que Dios te bendiga! ¡Qué Dios te bendiga! ¡Que Dios te bendiga!

Yo contemplaba la escena desde la esquina de la escuela. Haciendo de tripas, corazón, desenfundé mi cámara y, como un loco, me puse a disparar fotos. Por un instante, Sor María advirtió mi presencia y lo que estaba haciendo. Se paró un segundo a mirarme. No sé si reprobando mi actitud o agradeciéndomela. Días después, cuando revelé las fotos en el laboratorio de mi casa, volví a ver Eshe luchando por su libertad y por sus ganas de vivir. Y lloré. A escondidas lloré. Lloré su infortunio y mi cobardía, y todas las infamias que nos tocaron vivir. Elegí una de las instantáneas e hice una ampliación grande que preside ese santuario, como años atrás, en mi época de estudiante, mi habitación la había presidido la niña vietnamita que huía desnuda de las bombas de napalm. A su lado, puse otra que le había hecho el primer día con la cara llena de la alegría de vivir. Cada vez que me encierro en aquel cuarto obscuro, enciendo la luz roja y la veo allí, a punto de sucumbir, y, con toda la ternura que puedo acumular, me acerco y beso su frente.

Muchos años después, acudí al edificio de Naciones Unidas, donde se debatía sobre el tema. Después de aquel viaje, había hecho algún otro y había acudido a distintos foros sobre la cuestión. De manera que era el entendido en la redacción.

Hablaron diversos expertos internacionales y los representantes de algunos de los países afectados. Yo seguía la conferencia, a través de la traducción simultánea, desde el lugar reservado a la prensa. Cuando intervenía el mandatario de Uganda, que decidió hacerlo en suajili, alguien le interrumpió y le increpó. Éste perdió los papeles y contestó:

– Bila maul wanawake ni bitches uans

La interpretación cesó de repente, aunque a aquellas alturas yo no necesitaba que me tradujeran algunas palabras. Decía algo de perras. Hubo un silencio, y, seguidamente, gimiendo, la traductora dijo:

– ¡Cerdo! !Cerdo! !Cerdo! ¡Échenlo de aquí! ¡Por favor, échenlo de aquí!

Yo miré en la dirección en la que se encontraban las cabinas de los traductores, al tiempo que veía como una joven mujer de rasgos africanos se levantaba, tiraba los auriculares contra la mesa y daba media vuelta para marcharse. Pese al asombro que me produjo, la reconocí de inmediato. Aunque con dieciocho años menos, la veía todos los días en el laboratorio fotográfico de mi casa. Salí corriendo a buscarla. Conforme llegaba a su zona, vi cómo se alejaba camino de la puerta de salida. La llamé. Ella giró la cara sin detenerse. Como era de esperar, no me reconoció. La volví a llamar. Y ella siguió ignorándome. Decidí hablarle en su lengua:

Nataka kuishi, kukimbia, kuruka na kuona maua kwamba kukua karibu na bahari -dije

Eshe se quedó paralizada y, dándose la vuelta, me miró con los ojos inundados de agua.  Según caminaba hacia ella, pensé que no sabría qué decirle, así que, cuando llegué, me quedé parado, mirándola yo también. Ella seguía llorando, con la misma mirada, llena de severas realidades y angustiosas preguntas, que le quedó la última vez que la vi, y con la que yo llevaba conviviendo dieciocho años. Llevé mis dos manos a su cara para limpiar su llanto. Según sostenía su faz entre mis dedos, al tiempo que con los pulgares le enjuagaba las lágrimas, eché su cabeza sobre mi pecho y me puse a besar su frente y su cabeza ¿Qué podía decir? Siempre fui de los que nunca supieron decir mentiras, ni siquiera piadosas. Y todo cuanto podría expresar en aquel momento eran vaguedades y falacias, como las dichas minutos antes en la sala. Ella, en todo instante, mantuvo los ojos abiertos de par en par, mirando a ninguna parte, acurrucándose contra mi torso, como una cría asustada. De pronto, sin parar de llorar, me empujó, me clavó los ojos, y suplicante, en lengua suajili, me dijo:

– ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

– ¿Por qué lo permitisteis?

– ¿Por qué lo seguís permitiendo?

Aquellas preguntas, me trajeron, como dardos, la imagen de la niña dichosa que había conocido dieciocho años atrás. Y no supe qué responder. Ella se volvió a acercar. Cogió mi cara entre sus manos y, metiendo su lengua en mi boca, me besó. La vi cerrar lentamente los ojos, abandonándose al placer del beso. Aunque me esté mal decirlo, tras mi sorpresa inicial, yo me abandoné con ella, cerrando los míos, también. Cuando terminó de besarme se separó lentamente de mí. Primero sus labios. Después, fue alejando sus manos de mi cara, dejando que se escurrieran hasta abandonar mi barbilla. La luz de sus ojos comenzó a chispear. Luego, fue rozando con la yema de sus dedos la piel de mis brazos, según se iba alejando. Su mirada, cada vez, era más brillante.

Hakuna maua nzuri huko, kama Mbele yangu nina -dijo.

Y sonrió. No fue la estruendosa carcajada con la que me recibió la pequeña que conocí.Ésta era ya la sonrisa serena de una mujer tranquila que intentaba ser feliz. Pese a ello, el blanco de sus dientes y el iris de sus ojos iluminaron, por completo, la estancia.

– Asante. Asante sana – dijo, con voz serena.

Según lo decía, perdí el contacto de la piel de sus manos con las mías, y observándome, por última vez, giró sobre sí misma y se marchó.

Yo nada había hecho para merecerlo, así que no entendí por qué me dio las gracias. Según la veía marcharse, como un cuchillo, la memoria me trajo, de nuevo, la escena del momento en el que se la llevaron de la escuela, mientras ella desesperadamente, se agarraba a las faldas de Sor María. Y aunque hacía tiempo que había perdido los pocos restos de las creencias religiosas que aún me quedaban y, sin duda, acababa de pecar contra el sexto, de manera consciente, sin que pudiera oírme, en voz baja, volví a repetir las frases que le oyera a la misionera:

– ¡Que Dios te bendiga! ¡Que Dios te bendiga!

– Hakuna matata. Hakuna matata.

Butaca de patio

butacas 2

Su padre escuchaba al otro lado del teléfono, ofreciéndole la vida cómoda que siempre tuvo. Para él era su niña, su única niña. Mientras ella mordisqueaba la yema de sus dedos encallecidos, que asomaban a través de unos viejos guantes, ya perforados, dos lágrimas, redondas como lunas, se congelaban en sus mejillas, al tiempo que, entre sollozos, se desataba:

– ¿Acaso tú sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es sentir un escalofrío que te congela las venas por unos breves segundos? ¿Sabes lo que es sentir un calambre que te recorre el cuerpo desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la coronilla? ¿Sabes lo que es embriagarse sin probar el etílico? ¿Sabes lo que es el hechizo de despertar el anónimo reconocimiento? ¿Sabes lo que es sentir el éxtasis -sí, el éxtasis-, como muy pocos hombres serían capaces de hacerte sentir? Un éxtasis que te eleva, que te hace sentirte orgullosa de ser tú y hacer lo que haces  ¿Tú sabes lo que es eso?

– No, no lo sabes. Pues de saberlo no me vendrías con esas monsergas. Y no, no te haré caso, porque yo sueño cada día con esto, trabajo cada día para esto y vivo cada día para esto. No concibo la vida sin esos segundos interminables en los que el público se pone en pie y aplaude sin parar tu trabajo. Algún día se lo diré. Algún día, cuando acabe la función, tendré que decirles para qué estoy allí. Y eso sucederá. ¡Vaya que si sucederá!

– ¿Que no me dará para comer? Hace tiempo que vivo en una miserable habitación de un piso mugriento y sin calefacción; que me salen sabañones en las manos y tengo los calcetines agujereados; que, en silencio y en secreto, acudo algunos días a comer a una casa de caridad. Me da igual. Yo sé que valgo para esto. Yo sé que puedo hacer vibrar a la gente con mi voz, con mis gestos, con mi risa, con mis lágrimas. Lo sé, aunque tú nunca me lo hayas querido reconocer. Aunque tú quisieras ver a tu niña estudiando leyes o quién sabe qué…. Y podría hacerlo. Y no solamente podría hacerlo, sino que, seguro, lo haría muy bien ¿Pero es que no lo entiendes? ¡Yo he nacido para esto¡ ¡Yo he nacido para esto!

Como tantas otras, aquella tarde, Julia, con un halo de melancolía, se subió a las tablas. Su mirada cristalina hacía tiempo que se había ido apagando y el contorno de su cara no era cosa que una mueca de desánimo y retraimiento. No recordaba muy bien si fue la soledad de su condición de huérfana, la tristeza que acumuló esperando la misma, o las largas jornadas de trabajo de su padre, lo que un día la llevó triunfante a los escenarios; aquello que, inicialmente, fue sólo un juego de niños, en el que su madre gastó sus últimos cartuchos y emociones, se había convertido en la pasión de su vida. Quedaban lejos aquellos gloriosos comienzos en los mejores teatros de la geografía nacional, merced a su entusiasmo y natural talento. Desde allí, su espíritu rebelde y honesto le había hecho descender a los infiernos del ostracismo. Hacía tiempo que recorría la península, de pueblo en pueblo, representando el discurso de La Mujer Sola, de Darío Fo. En aquel momento y lugar, un mes de enero en un pueblo perdido, escenificaba el monólogo dentro de unas jornadas culturales subvencionadas por el ayuntamiento, de entrada libre y gratuita. La sala presentaba algo más de media entrada y Julia terminaba el acto de su parlamento. En una fila trasera, un hombre de mediana edad se levantaba de su butaca y caminaba hacia la salida de espaldas al escenario.

– ¡Oiga! ¡Oiga! Sí, sí. Me refiero a usted. A ese que intenta salir por la puerta.

 El hombre se giró; y ella, interrumpiendo su soliloquio, comenzó un discurso que llevaba tiempo quemándole las cuerdas de la garganta:

– ¿Cuánto lo ha costado la entrada? ¿Cuánto ha pagado por ver este espectáculo? ¿Nada? ….¡Pero, bueno!

– ¿Cuánto cobra usted por su trabajo? ¿Lo hace gratis? ¿Estaría dispuesto a hacerlo gratis? ¿Cree que su trabajo tiene más valor porque cobra por ello?

– No, no. No se dé la vuelta y míreme ¿Se creería usted con el derecho de chulearme? ¿De negarme el pan que honradamente me gano? Sepa que yo vengo  aquí, exclusivamente, a cambio de una comida y unas cervezas a las que, graciosamente, me invita su pueblo ¿Vendería usted su trabajo por tan poco? Pues yo no. No estoy dispuesta a venderme ni a prostituirme por tan poco. Tras estos ropajes apenas ven mi piel, pero yo les aseguro que, cada tarde, desnudo mi alma para ustedes ¿Cuánto creen que vale eso? ¿Cuánto? Yo me conformo con muy poco, pues lo que yo quiero es algo que sólo ustedes tienen y, si lo dan, no les supone un quebranto. Yo quiero algo que para ustedes es tan poco, y para mí ¡Es tanto! Perdonen mi osadía y atrevimiento, pero ya que no alimentan mi cuerpo, háganlo, al menos, con mi espíritu.

– Sí, se lo diré muy alto y muy claro, para que nadie se llame a engaño. Mi padre me espera en una casa acomodada con suficientes posibles para darme una vida relajada. Y yo estoy aquí, renunciando a ella, con estas gastadas ropas y un único repuesto que me espera en el camerino, para darles entretenimiento. Así que, si no les importa, compórtense. Yo no regalo mi trabajo. Menos aún mi alma. Por todo ello, he venido por sus aplausos.  Sí, han oído bien: ¡He venido por sus aplausos! Si he hecho bien mi trabajo ¡Páguenme!

– ¿Usted qué piensa? ¿Me he ganado su aplauso? Pues si me lo he ganado, denme esa satisfacción. Porque, en otro caso, tendré que concluir que mi trabajo no es bueno, o que son ustedes malos pagadores, o, peor aún, que ustedes no son merecedores del mismo.

– ¿Y qué mejor juicio que su aplauso? Se lo volveré a repetir: he venido por sus aplausos. Y si no me han de pagar ¿Para qué voy a actuar? No saben a cuantas cosas he renunciado para estar aquí. Sé que mi trabajo es bueno: pongo todo mi ser y mi conocimiento en ello, al igual que lo ponía cuando triunfaba en las mejores salas. Por eso, ha llegado el momento de que aflojen su bolsillo, se quiten sus guantes, calienten sus manos y me paguen como es debido ¡Es tan poco lo que pido! ¡Y es tanto lo que me enriquece! Usted decide: si sale por la puerta como un cretino y un miserable, o se comporta como un hombre digno y agradecido.

– He venido por sus aplausos ¡Páguenme, pues!

El tramoyista dejó caer el telón y una delicada canción comenzó a sonar en la sala: tres notas de un bajo, unos dulces acordes de guitarra y, después, un suave redoble de tambor. Duffy cantaba Break Away (1).

Desde el pasillo, con la boca abierta, el hombre no supo cómo reaccionar. Un tímido aplauso comenzó a sonar al noroeste de la sala. Le siguieron otros un poco más adelantados. El hombre de la puerta de salida dejó su sombrero sobre una butaca. Julia dio media vuelta y se dirigió a su camerino. Desde allí, llorando sus miserias, escuchó lo que sucedió a continuación. El resto lo dejo en vuestras manos. El invierno es frío. Quizá sea hora de calentarlas. Pues son esas las mismas manos en las que Julia, conteniendo el aliento, dejó aquel instante.

(1) Sin respiración

Cabaret

cabaretita4sh

Me disculparán ustedes si estiman un desatino la historia que hoy les traigo. Lamento desde el inicio que puedan considerarla atrevida e, incluso, en algún pasaje, escatológica. De ser así, no dudo que algún censor, con más y mejor criterio que el mío, procederá a arrojar este relato a la papelera y al más absoluto olvido. Pero, para el caso de que así no lo hiciere, continuaré con el cometido que me he fijado y que hoy me trae aquí, rogándoles anticipadas disculpas por lo que seguirá a continuación. Y, por favor, no me hagan el feo de dar crédito a todo cuanto les cuento, que algo -cuando no todo- debe quedar a la imaginación del autor.

Verán, no ha mucho tiempo que, en un determinado foro, por casualidad, encontré una reseña acerca de la película Cabaret (1972). Al margen de su contenido, me llamó poderosamente la atención el póster de la película que acompañaba la crónica. Como me viene sucediendo cada vez con más frecuencia, mirando el susodicho cartel, un tumulto de recuerdos vino a agolparse en mi memoria. Esa película, o más bien, ese cartel, forma parte de uno de esos eventos, aparentemente intrascendentes, que quedan grabados para siempre en la caché y en la ram de la CPU.

Perdón por la brutalidad a la hora de explicarlo, pero, para decirlo tal como sucedió, debo exponer que la primera vez que vi esa imagen tuve la sensación de que cierta parte de mi cuerpo se alzaba en armas y rebeldía. Si bien en aquel instante no supe identificarlo, ese involuntario gesto no fue más que un aldabonazo de lo que vendría tiempo después. Espero que, como ya todos tenemos una cierta madurez, no les escandalice ni la osadía ni el vocabulario. Pero esa fue la realidad.

Por aquel entonces, yo me encontraba interno en un determinado colegio público, a más de cuatrocientos kilómetros de mi casa, y, aunque disponíamos de un maravilloso edificio para disfrutar del cine, que, algún desalmado se encargó de afear tiempo después, los fines de semana acudíamos al pueblo de al lado para disfrutar de los penúltimos estrenos cinematográficos. Y, entre esos, nos encontramos con Cabaret.

El pueblo se encontraba a un simple paseo de algo más de tres kilómetros de ida, y otros tantos de vuelta que, por supuesto, recorríamos andando. Para los que se quedaban dentro, tanto los fines de semana, como en el cine club de los miércoles, se proyectaban películas que hoy son auténticos clásicos. Así, allí pude ver todos los ríos en los que intervenía un tal John Wayne -el rojo, el bravo y otros dos más que no recuerdo-, otro buen puñado de inolvidables películas del Oeste, las grandes producciones de romanos de Hollywood y una joya -al menos para mí en aquel momento y lugar- que jamás olvidaré: Los Nibelungos. En cuanto al cine club vienen a mi memoria dos fabulosas películas de Bergman, Fresas Salvajes y El séptimo sello, así como otras dos de Woody Allen, Toma el dinero y corre, y Sueños de un seductor.

Y, sin querer, en eso debía estar yo pensando cuando sucedió lo que sucedió: en mis sueños de seductor. No estaba lloviendo fuera, pero, como, embadurnando con betún negro una pistola de jabón, rememora Woody en la escena final de Toma el dinero y corre, tras aquello, mi pistola se derritió sin el derivado de los hidrocarburos. Sería, sin duda, un mes de abril, un maravilloso mes de abril, cuando ocurrió aquello. Pero lo mejor del asunto es que tuve el mismo conocimiento de ello que los rosales que adornan los jardines, y que, según avanza el mes, van cogiendo su esplendor. Por esa época yo era aún impúber (tal vez, justo hasta ese instante) y, aunque, en mi ambiente, del tema se hablaba con una inusitada intensidad, y la hipérbole era un diminutivo al lado de todo lo que se hablaba y fantaseaba, yo no había ejercitado exploración alguna de mi ser, más allá de la de constatar la existencia de dos piernas, dos pies, dos brazos y dos manos, cuyo mayor mérito, por aquel entonces, era el de servirme para ir perfeccionando una letra cada día más preciosista.

Como dije, al pueblo de al lado íbamos los fines de semana. Bueno, lo de íbamos es un decir, porque, para llegar a conseguir ese logro, necesitabas catorce permisos, incluido, por supuesto, el paterno (las madres entonces decían -mucho-, pero no firmaban) y una hoja semanal de servicios impecable. Así que, para no dar más rodeos, yo no vi Cabaret. En aquella ocasión. Y no entraremos en detalles. Algunos de mis amigos, que tuvieron mejor suerte, sí acudieron a verla. Volvieron contando historias, además de armados, cada uno de ellos, con el póster de la película, uno de los cuáles, durante algún tiempo, adornó la habitación. Y, aunque no resulte menester decirlo, creo conveniente aclarar que, escondidos en el hueco de los pósters, perfectamente enrollados y cerrados con una tapa a cada lado, llegaron también los suministros semanales de tabaco. Que tal vez fuera esa la excusa para tanto papelito satinado. Y, por favor, no echen cuentas, ya se lo digo yo de antemano: tenía la voz de pito, pero ya fumaba casi como un carretero. Afortunadamente, me quité de ello hace tiempo. Del tabaco. De lo otro, ya les cuento después.

El caso es que, según contaban y decían, con el propósito de extraer, y esconder, lo más interesante: los asuntos del fumar, mis amigos fueron desenrollando los pósters y, entre el significado y contenido de la palabra que daba título a la película (exagerado en mi pueril imaginación), las fábulas de mis amigos -tras ver el film no supe encontrar de dónde- y la visión de Lizza Minelli de aquella guisa, mi anatomía vino a recordarme para qué narices estamos aquí, en el más estricto sentido de la expresión que figura en el Génesis 1:28. Y, como expuse, debo decir al respecto que no fui consciente de lo que ocurrió hasta algún tiempo después, pero me van a perdonar que, por pudor -ahora sí-, no entre en mayores descripciones.

La realidad es que viendo ahora ese cartel en aquel foro y edición, y observando la escafandra que luce la hija de Mr. Vincent Minelli, que cantaba maravillosamente, pero que, para mi gusto, y, pese a su edad de entonces, la naturaleza le robó de otros lugares lo que le dio en la voz, no pude por menos que sorprenderme. De cómo se pasan los días y como se viene la …., que decía Don Jorge Manrique. Y de cómo cambian las cosas según el tiempo se atropella. Pero como dice la canción:

No está permitido que
algún profeta de la muerte
borre las sonrisas.
Ven aquí a escuchar la música.
La vida es un Cabaret, vieja amiga,
¡Ven al Cabaret!

En cuanto a mi experiencia, pasado el tiempo, no logro entender que una película, tan liviana en lo explicito como aquella, arrastrara mis hormonas -y alguna cosa más- por el despeñadero, cuando, por ejemplo, un año antes, Pier Paolo Passolini había estrenado El Decamerón, o el mismo año, Bernardo Bertolucci, engañando a una jovencísima María Sneider en la famosa escena de la mantequilla, había hecho lo propio con El último tango en París. Tendré que achacárselo a mi condición y a lo lejos que quedaba Perpignan. El caso es que, mucho tiempo después de aquello, me acerqué a otro cabaret: el del Moulin Rouge (2001), donde una alocada Nicole Kidman hacía las delicias de un Duque. No hablaré de las evidencias de la chica -en realidad, esta joven, además del Duque, hizo las delicias de medio mundo-, pero, a diferencia de Cabaret, el tango de Rosanne (…And please, believe me when I said: I love you…) y la versión del The show must go on, calificados de atrevidos y desmedidos, en su momento, cada vez que los vuelvo a ver, me parecen sublimes.

A día de hoy, bien es cierto que hemos cambiado de siglo y que, con ese cambio, también lo hemos hecho de luces y de moral, de lo que está bien y de lo que está mal y las cosas se ven con tanta normalidad que ya no hay emociones. Ahora, muchas de estas últimas se concentran en unas pastillitas azules que te venden por internet, a razón de cincuenta céntimos la pieza, ante cuyas fábulas, las de mis amigos son un juego de niños, nunca mejor dicho. Pero debido a los efectos secundarios de esos minúsculos trozos de cielo, cuya mayor expresión ha sido la de algunos prohombres bien conocidos, que, estando en la gloria, se han quedado en ella, para regocijo y satisfacción de esa señora mal encarada que se hace acompañar de una guadaña, y que uno ya va teniendo edad de mirarse el ritmo cardiaco, debo decir que estas cosas -las pastillitas del demonio- las contemplo con una cierta aprehensión. Si a eso le unimos que, mi muy leal y fiel infantería, a veces remolonea y no se encuentra tan presta para el combate como entonces se encontraba -dicen que es por la edad y la hiperplaxia, pero, con cierto interés, sobre todo cuando miro al futuro, yo no paso a creerlo-, habrá que ir buscando un bombín y un bastón, para acudir a ver Cabaret. Todo ello, antes de que el segundo, con película o sin ella, tenga que llevarlo, necesariamente, como una prótesis añadida.

Después, terminada esta pantomima, como decía Freddy Mercury, el espectáculo deberá continuar.

Decidme como es un árbol

decidme-como-es-un-arbol

Decidme como es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire. 

Recítame un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo. 

¿Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa? 

22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol. 

Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron. 

No puedo seguir
escucho los pasos del funcionario

Marcos Ana (1920-2016)

Reencuentro

img_5376

Reencuentro

Coincidimos en el ascensor. Me saludó con un breve “hola”, al que correspondí de igual forma. Luego, nos metimos en el elevador. Yo tenía veintiuno; ella aparentaba diecinueve. Yo llevaba mi mejor desaliño; ella vestía una capa azul marino, falda vaquera, y jersey y leotardos rojos. Una boina, también roja, remataba su presencia. No supe reprimir las ganas de volver a verla de reojo: en su cara se adivinaba una piel blanca y suave, junto a unos atractivos y generosos labios, tras los cuales asomaban unos incisivos instalados de manera desigual. Su cabello parecía muy fino y aparentemente suave, del mismo color que sus ojos, dos avellanas redondas. Miré su carpeta de apuntes. La adornaban diversas fotografías en color de monumentos arqueológicos conocidos. Junto a ellos, un libro familiar: Historia del arte renacentista.

Llegamos a la planta alta, donde se encontraba la biblioteca, y desapareció entre los pasillos. Buscándola, con aparente distraimiento, terminé en la sala de lectura. Allí me acomodé, con el pretexto de leer las noticias, para continuar mi disimulo. Dando por confirmado mi fracaso, al terminar mis distracciones  fui directo a la sección de préstamo, para devolver dos gastados CD’s de música. Renové el crédito. No sé muy bien por qué, pero el disco que elegí fue uno del pop de los ochenta. Según hacia la operación, al lado del chico que me atendía, apareció ella. Venía del fondo de la sala con un libro en la mano y, a la par que entregaba el mandado, se puso a dar algunas explicaciones a una joven pareja. Era la última novela de Isabel Allende. Como por descuido, al marcharme, dejé sobre su mostrador un pequeño volumen que solía acompañarme: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Neruda. La canción desesperada era el himno que gritaban mis facciones; los veinte poemas, los que mis dedos ansiaban por escribir para mi nueva musa. Según salía de la estancia, ella apareció corriendo y se interpuso en mi camino. El cielo que me cerraba el paso venía con una sonrisa pintando su cara:

– Oye, te has dejado olvidado este libro sobre el mostrador.

A la par que subían mis pulsaciones, noté como un leve acaloramiento encendía mis mejillas. Aún así, me repuse al momento para contestar con atrevimiento.

– No, no lo he olvidado. Este libro lleva mucho tiempo conmigo. No tiene la etiqueta, pero he querido practicar el bookcroosing con él. Y, no sólo eso, he querido que tú fueras la siguiente en leerlo, y que fuera de mis manos a las tuyas. Si, alguna vez, nos volvemos a encontrar, ya me dirás que te parece. Por cierto, a mí me encanta el poema que empieza diciendo: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…”

Volví al local de lecturas. Una vez conseguí relajarme, con demasiado esfuerzo saqué el temario de mis oposiciones y me dispuse a enfrentarme a él. Las aburridas frases del libro que miraba, una y otra vez, para terminar de retenerlas en mi memoria, se fueron haciendo más y más difusas. Ella se apoderó de mi mente, y yo ni supe ni quise poner resistencia.

Ignoro cómo y porqué sucedió, pero, de pronto, el fondo de la estancia se tornó en una pista de baile. Atraído por las luces de neón accedí a aquel recinto. Y allí la vi, con su inconfundible boina roja. Moviéndose como danzan las aguas cuando un suave viento las corteja. Y yo, que nunca reiné en territorio alguno más allá de la timidez, no sé que me tomé, pero me acerqué a ella y, sin más presentaciones que las recientes y pretéritas, ni corto ni perezoso, no es que le pidiera bailar: di por sentado que bailaría conmigo.

Terminado el baile, una perentoria y liviana necesidad me llevó a los aseos de la biblioteca. Entré en ellos y, cuando, por fin, sentí el placer de haber satisfecho mis inaplazables exigencias, acudí a lavarme. Según cogía el jabón del dispensador, y acercaba mis manos bajo el grifo, levanté la cara. Lo que vi frente a mí me llenó de terror: mi rostro se había llenado de surcos y de arrugas, mi pelo se había vuelto gris e incluso había desaparecido de algunas partes por encima de mi frente. El señor que estaba frente a mí tenía la mirada cansada, un abdomen abultado y el espinazo algo reclinado. Miré mis manos y su piel tersa se había agrietado. Aquello era una pesadilla. Pellizqué mi imagen con aquellas, intentado arrancarme la supuesta careta que me escandalizaba, pero, aparentemente, no había nada postizo ¡Todo era real! Cuando salía de allí, una vieja melodía sonaba en la pista de baile. Tras varios acordes de guitarra, Don Henley, batería de The Eagles, se puso a cantar:

Last thing I remember 
I was running for the door
I had to find the passage back
To the place I was before
Relax said the night man
We are programmed to receive
You can check out
Any time you like
But you can never leave (1)

Lo último que yo recuerdo es que mi chica seguía bailando en la pista. Y yo fascinado con ella. El lazo de terciopelo marrón que, sobre el cuello, cerraba su blusa, se desató. Según volaba en el aire, la música dejó de sonar, las luces de neón se fueron difuminando y una lúgubre oscuridad se adueñó del local. Aterrado, corrí en la dirección que creía se encontraban las puertas. La primera la encontré cerrada; la segunda me recibió con un soplo de aire fresco en el rostro. Huí del ascensor y, en total penumbra, bajé los nueve pisos que separaban la biblioteca del suelo de la calle. Cuando conseguí acceder a la vía pública, la noche se había adueñado de la ciudad y las calles estaban totalmente desiertas. Durante un tiempo, que no sabría precisar, permanecí aturdido, vagando sin rumbo. Después de todo aquello, logré recordar que había acudido allí con mi coche y, haciendo titánicos esfuerzos de memoria, al fin lo encontré.

Según lo arranqué, en la radio del auto volvió  sonar Hotel California.

There she stood in the doorway 
I heard the mission bell
And I was thinking to myself
This could be heaven or this could be hell (2)

El corazón se me disparó. Las manos me temblaron hasta que conseguí apagarla. Intentando recobrar la calma, me dirigí hacia el río. Buscando el aire para respirar, oí cómo se deslizaban las aguas, según observaba las calles vacías: allí, en la soledad del Valle, frente a mi ciudad.

Por la pendiente de la montaña, sosteniendo las farolas de hierro forjado que me permitían verlas, las casas bajaban cuidadosamente hasta llegar al embarcadero y a la del diamantista. La penumbra estaba instalada en estos últimos lugares. Rompiendo la quietud del paraje, una lechuza sobrevoló el río, ululando. Y, buscando encontrar sosiego, pese a que hacía tiempo que había dejado de hacerlo -no me preguntéis cómo-, me encontré encendiendo y aspirando el humo de un cigarrillo ¡Qué enorme placer! Jugué con sus volutas, a la par que, asustado, contemplaba la fortaleza de la ciudad que, tiempo atrás, alguien había decidido convertir en biblioteca. Todo parecía en calma, pese a que algunas nubes negras, de improviso, ocultaron una Luna redonda.

El lugar se llenó de oscuridad. Aún más. Mis ojos preguntaron al cielo, intrigados: era algo esporádico. Con el satélite oculto miré en la dirección en la que el río se perdía, y, levantando la mirada, pude ver una bóveda oscura resplandeciente de estrellas. El humo que expulsaba de mis pulmones se elevaba lentamente. Lo agarré con las manos y, contemplando el solemne y monumental paisaje, lo soplé, una vez más, en dirección a los torreones del alcázar.

Cuando todo pareció recobrar la normalidad, miré el reloj. Marcaba las dos y media. Alguien me había robado cinco o seis horas de las últimas. Y me temía que no me las iban a devolver. Creí llegado el momento de volver a casa.

Por el camino, decidí escuchar una canción, la que daba el título al disco del CD que había conseguido en la biblioteca: Chica de Ayer. Al llegar a mi hogar, como era de esperar, me encontré todo cerrado y apagado. Según abrí la puerta, sobre una mesilla, las fotos sonrientes de mis dos hijos me dieron las buenas noches. Subí las escaleras y me asomé al salón. Mis retoños seguían mirándome desde los portarretratos del aparador. Pensé comer alguna cosa, pero sólo bebí un vaso de agua para calmar mi sed. Luego, a oscuras, accedí al dormitorio. Mi compañera se hallaba dormida sobre la cama y, a su lado, un vacío de más de la mitad del lecho, esperándome. Me desnudé y me puse el pijama. Según fui a colocar la ropa en el galán de noche, lo encontré ocupado. Desligada de sus ataduras, una Luna inmensa alumbraba la habitación. A su luz, pude ver las ropas que llenaban el galán: desde un jersey y unos leotardos me saludó un color rojo; el azul marino lo hizo desde una capa y una falda vaquera; por último, una boina encarnada remataba el galán. Con los pies descalzos noté en el suelo algo más suave que la madera del parquet. Me agaché a recogerlo. Era un fino lazo de terciopelo marrón. La mirada se me llenó de agua, y de recuerdos, y de nostalgias. Con los ojos cerrados, mi compañera respiraba con una suave cadencia. Cuando ya me iba a acostar, sobre su mesilla observé un breve libro. Me acerqué para verlo más de cerca. Era un pequeño y desgastado libro de poemas y estaba abierto por una de sus páginas. Pese a mi presbicia, la claridad de la noche me permitió leerlo. Llegué a los últimos versos:

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.”

_________________________________________________________________

NOTAS

(1)

Lo último que recuerdo,
estaba corriendo buscando la puerta,
tenía que encontrar el pasadizo de vuelta,
hacia el lugar donde estaba antes.
“Relájese”, dijo el portero,
estamos programados para recibir,
puedes hacer el check out
en el momento que quieras,
pero nunca te podrás ir.

(2)

Allí estaba ella en la entrada,
escuché la campanilla (de la recepción),
y pensaba para mí,
esto podría ser el cielo, o el infierno.

La Madelón

botticelli-venus-cuadro-644x362

David O’Hara (de los O’Hara de toda la vida) tenía el culito más apetitoso en trescientos kilómetros a la redonda. Nadie le podría negar, jamás, que no fuera un tipo bien parecido y que tuviera una sonrisa enormemente seductora, ante la que, en tiempos, hacían cola legiones de tontas, dispuestas a lo que fuera. Pero, de un tiempo a esta parte, lo que más llamaba la atención era su culito. Y lo bien que lo movía.

Con los años, en determinados ambientes, había terminado ganándose una merecida fama y una reconocida reputación, que le seguirían para el resto de su vida: era más puta que la Madelón. Y por ese sobrenombre era conocido.

Llegó a Madrid, con la idea de cursar estudios de filología hispánica en la Universidad Complutense, un catorce de septiembre de 1988. En aquel entonces era todo un yogurín: su cara barbilampiña, sus ojos azules y una cuidada cabellera rubia, de media melena, con la que gustaba jugar continuamente, echándosela hacia atrás.

No tardó en hacerse a la ciudad y, dados sus posibles y atributos, aficionarse a la noche madrileña, que le proporcionó todo tipo de sabrosas experiencias. Embebido en ellas, avanzó un poco más en sus distraimientos, para terminar aterrizando, cada fin de semana, en la ruta Destroy de Valencia, que, con el tiempo, terminaría por ser conocida como la ruta del bakalao. Se aficionó a ciertas sustancias y, superados los clásicos, probó todo tipo de caramelitos, que, con origen en Holanda, en aquellos años, comenzaron su esplendor. Atrás quedaban los viejos y psicodélicos tripis y demás zarabandas. Cada fin de semana, de unas ininterrumpidas cuarenta y ocho horas sin dormir, rozaba el éxtasis, entre botellines de agua, pildoritas y la música, entre otros, de un tal Chimo Bayo.

Terminó por entablar una buena relación con su camello y, para aligerar la carga de tanto dulce, por convertirse en compañero suyo  de oficio y aventuras. Fue adentrándose en tugurios y adquiriendo relaciones peligrosas, incluida la de un conocido traficante de los nuevos productos, a quien, emulando el lenguaje mafioso, le apodaban El Don. Hasta que, como si fuera una campanada salvadora, llegó el final de su tercer curso, y, con él, las vacaciones.

Volvió a su hogar, después de pasar una noche casi en estado catatónico, un ocho de julio de 1991, en un avión regular con origen en el aeródromo de Barajas y destino a la ciudad de New York. Llevaba a cuestas un descoloque de campeonato, después de una ininterrumpida juerga de siete días. Sus nuevas amistades le ayudaron a hacer las maletas y se encargaron de sacarle de la cama, soltarle unos cuantos guantazos para reanimarle, atiborrarle a cafés y meterle durante una hora bajo una ducha de agua fría, antes de ponerle unas gafas oscuras, que ocultaran sus ojeras, y llevarle al aeropuerto.

Cuando, por fin, llegó a su casa y abrió una de las maletas, la encontró llena de cinco enormes hogazas de pan huecas, y, dentro de cada una de ellas, una bolsa rebosante de dos mil pastillas multicolores. Sin apenas reponerse de la sorpresa, poco más tarde, recibiría una llamada telefónica. Era el Don. Le explicó lo sucedido, los destinatarios de las bolsas y el dinero que esperaba de vuelta: diez mil dólares por cada talega. Es decir, un total cincuenta mil dólares, contantes y sonantes, que esperaba le devolviera a su vuelta a Madrid. Él ya recibiría, aparte, una pequeña comisión.

Más por miedo que por convencimiento, David se deshizo en cuanto pudo de la mercancía, a cambio de los cincuenta mil dólares de vellón. Y el mismo susto que le invitó a deshacerse de aquello cuánto antes, le impidió volver a España, pero no pulirse tanta pasta gansa en un Pontiac Firebird del sesenta y ocho,  que terminó por estrellar contra un árbol, incendiándolo, tras una noche de jarana, reminiscencia de sus aventuras madrileñas y valencianas. Por el camino, relataría a su capo infinidad de excusas, para quedarse en su país.

El Don, pasados tres meses, harto de tanto embuste, se montó en un avión con destino a los Estados Unidos, y, sin más, se presentó una tarde a la puerta de su casa. Según salía a la calle, le agarró con fuerza de la parte de atrás del cuello del abrigo.

– Por hablar de algo -le dijo- llevo un Star 45 en uno de mis bolsillos.

No era cierto, pero en su voz sonó terrible y amenazante. Le condujo a un asqueroso motel de carretera, situado a las afueras de la ciudad. Y allí, tras escuchar de su voz lo acaecido con sus dineros, le propinó una larga paliza, le chasqueó las manos con dos puertas y le sometió a todo tipo de vejaciones, incluida la de comer sus propios excrementos. Después de aquello, pasada una semana, sin ver más luz que la de una linterna enfocando sus ojos, según le caían leches a espuertas, el Don le introdujo en un avión de vuelta a Madrid, no sin antes haberle metido botella y media de Jack Daniel’s por el gaznate.

Cuando llegaron a Madrid, tras empujarle por media ciudad, le encerró en una paupérrima habitación de un mugriento hostal, en la calle del Desengaño, algo más arriba de la Plaza del Callao. Pasados tres días, compró una cuchilla de barbero y le afeitó todo el cuerpo, de arriba a abajo; luego, acudió a una tienda de moda, donde compró algunas prendas sugerentes; después, le restregó la boca con un pintalabios barato de color carmesí, le vistió con una blusa transparente, una minifalda, y unas braguitas de seda y, pese a su metro ochenta y cinco de altura, le calzó dos plataformas rosas de diez centímetros cada una. Sin palabras, según anochecía, le arrastró por media Gran Vía, por la calle Hortaleza y algunas otras callejas, hasta situarlo en un chaflán de la calle de la Libertad, frente a los que años más tarde sería el Delirio Dance Club, junto a la plaza de Chueca. Allí se lo espetó todo:

– ¿Te gustaba la ruta del bakalao, eh? Ahora vas a aprender cómo es la ruta de la alcachofa (1), aquí en Madrid. En esta esquina  estarás el resto de tus días hasta que me pagues los cincuenta mil dólares que me debes con sus intereses.

Le agarró por los bajos, apretando hasta casi cascarlos. A David se le doblaron las piernas, a la par que un chillido casi infantil salía de su garganta.

– Ten la hombría de mantenerte de pie, niñato -le escupió- y, tras oírle suplicar por su vida con total desesperación, se los soltó.

Según David caía de rodillas al suelo, con una cierta espuma blanca asomándole entre los labios, terminó su mensaje:

– ¿Has entendido, verdad? Te espero al alba con la recaudación. Para todo lo que te vas a tener que comer ¡Buen provecho!

David quedó arrodillado en el suelo, babeando, mientras, mirando la espalda del Don que se alejaba, en su interior, una voz le pedía, a gritos, apuñalarle por detrás. Pero no tenía con qué. Y, lo que era peor, tampoco tenía agallas. Nunca las tuvo. A la par que se levantaba del suelo, a unas decenas de metros de él, según se abrían y cerraban las puertas, en el Café Libertad, 8, se oía como Rosana cantaba El Talismán.

No me detendré en detallar los escabrosos avatares de cada una de las noches de David. Sólo diré que, desde la primera hasta la última, en todas ellas, gemía en lo más hondo de su ser, sintiendo, una vez tras otra, cómo el vigor de medio kilo de carne humana de todos los colores cruzaba, repetitivamente, sus fronteras insondables, hasta terminar asomándose a sus intestinos, a la par que las salivas de centenares de viejos goteaban sobre su cuello y sus orejas. Tras todo aquello, cada mañana, David volvía con veinticinco mil pesetas para el traficante, a quien, bajando la cabeza, se los entregaba.

Pasados doce meses, después de haberle devuelto cerca de ocho millones de pesetas, el capo le dejo libre. Tuvo una original forma de hacerlo. Ordenó arrancar el cartel de la calle Libertad, situado en la esquina, donde cada noche, David acudía a sus menesteres, y, con los perfiles doblados y oxidados -y algún que otro chinarro aún no desprendido- se lo soltó sobre su regazo:

– Para que nunca se te olvide quién soy yo y lo que significa esa palabra ¡Apártate de mi vista y vete a tomar por culo de aquí, maricón! Sin duda, ya sabes el camino.

David se alejó cuánto pudo. Había perdido todo contacto con su familia y no se sintió en disposición de retomarlo. Abandonó la nauseabunda habitación del hostal y, con un pequeño ahorro alquiló un modesto y pequeño piso en la calle de Fuencarral, que cuando mejoró su fortuna, cambió por otro en el número siete de la calle Bárbara de Braganza, junto a las Salesas. Sin embargo, sería por la rutina, sería vaya usted a saber por qué, cada noche sus pasos le encaminaban al mismo lugar. Ahora, aunque por precio, ya lo hacía por amor al arte. Y, en muchas ocasiones, en las que era él quien elegía el cliente, sin precio. Se convirtió en un asiduo de aquellos ambientes, y, para muchos, el último recurso que siempre estaba dispuesto y nunca fallaba, fuera quien fuera, y pidiera lo que pidiera, el cliente. No tardaron en apodarle, jocosamente.

Con su vida instalada en aquella normalidad, volvió a encontrarse con el Don. No era una noche de sexo, drogas y rock and roll. Simplemente, era una noche de juegos, en principio, inocentes.

Acudió al piso de unos viejos conocidos para  echar unas partidas de cartas. Luego, la noche se torció. Inesperadamente, en el umbral de la puerta, apareció el Don. David palideció. Lo que se aventuraba como una noche de mus, tute y julepe, terminó por convertirse en una timba de póker. La modalidad elegida para la ocasión fue una especie genuina de póker descubierto, con dos cartas vistas y un descarte, y, para satisfacer al Don, las apuestas, sin límite.

– Yo no juego ni con niñas, ni con putas ni con mariconas -dijo.

David se levantó, aliviado, para marcharse.

– Pues tendrás que hacerte a ello. Además, con lo de mariconas nos estás ofendiendo a más de uno -dijo uno de los presentes, invitando a David a tomar asiento.

La noche empezó bien, para David. Fue ganando algunas manos con apuestas suculentas, hasta que llegó la que sería la última. El Don se descartó de tres cartas. Quedaron al descubierto una jota y un rey. Otros dos jugadores se retiraron a la primera. Un tercero pidió cartas con dos damas. David fue el último en decidir: también pidió tres cartas, levantando un as y un comodín. Cuando miró lo que la fortuna le había deparado supo que aquella era su noche y aquel día el de su suerte. Desplazando con suavidad los naipes conocidos se encontró con el as de tréboles; al descubrir la siguiente carta, casi le da un patatús: allí se asomaba el as de corazones. La quinta carta resultó ser el ocho de picas.

– Tranquilo, David -se dijo- Dejemos que los pájaros se metan solitos en la trampa.

El tercero en discordia abrió la apuesta con fuerza. Había logrado enganchar un full de damas y dieces. David respondió con parsimonia. Los dos quedaron mirando al Don. Éste igualó la apuesta. Se miraron. David entró en acción, elevando el límite, pero no en demasía. Respondieron el Don y el tercero, este último, quintuplicando lo apostado hasta entonces. El Don miró a David, que puso cara a la ocasión, esperó que aquél contestara a la apuesta y luego la volvió a triplicar. El Don vio el envite. El tercero miró sus cartas y, con buen criterio, abandonó.

Jugaban con fichas. El Don miró lo que había en la mesa y, dirigiéndose a David, le soltó

– Madelón ¿Tú tienes para responder de eso? ¿Cómo te juegas lo que no tienes? Así no se puede jugar. Porque me imagino que sabrás el valor que tienen las deudas del juego ¿Verdad?

– Usted siempre ganaría si el límite lo pone lo que uno tiene.

– ¿Ah, sí? ¿Con qué me pagarás si pierdes? ¿Estás dispuesto a trabajar para mí en lo que ya sabes?

A David no le quedaba otra. O aceptaba las reglas o se rendía. Pero, si se rendía, ya tendría que responder en carnes con lo apostado. Y, además ¡Cómo iba a hacerlo con un póker de ases en la mano!

David no dijo una sola palabra. Sus gestos hablaron por él. De nuevo triplicó la apuesta. Y según lo hacía y apretaba los dientes, una fuerte voz sonaba en su interior:

– ¡Jódete, cabrón! Te vas a enterar. Me vas a pagar de golpe más de media vida. Y ojalá te pudras vivo ¡Órdago, coño! ¡Órdago!

El Don aceptó el envite y fijó una apuesta definitiva: quince millones de pesetas. David acudió a cerrar la apuesta. Luego, con una desafiante e incontenible sonrisa, tiró su póker de ases sobre la mesa.

– Vas a tener que hacer sesiones dobles, Madelón. Te quedan un par de años haciendo trabajo intensivo, para pagar la deuda. Y ya no tienes el esplendor de otras épocas ¡Jajajajajaja! -dijo el Don.

Luego, al tiempo que una sonora carcajada atronaba la estancia, fue dejando caer, uno a uno,  sus naipes. Todos de picas. Un diez, una jota, una dama, un rey y un as: escalera de color.

David entró en un ataque de ansiedad.

Tres años más tarde le vieron arrastrándose por la calle Fernando VI, camino de la plaza de Las Salesas. Llevaba, ya raídos, los mismos zapatos de tacón rosa que le regalara el Don. Sobre ellos, tambaleándose, iba midiendo, despacio, cada uno de sus pasos. Le faltaban veinte kilos, ocho molares y dos incisivos.

Hacía diez años que Rod Hudson, en ruinas, había sorprendido al mundo confesando su homosexualidad y un par de ellos que Antonio Banderas, después de rodar Los reyes del mambo y La casa de los espíritus, se hubiera abierto paso en Hollywood tras su interpretación como actor secundario en Philadelphia

– ¿Qué pasa, Deivid? ¿Cómo estás? -le espetó un viejo amigo, más por cortesía, que por obtener una respuesta que, a todas luces -visto su estado-, no necesitaba.

– Estoy jodido, tron. Estoy jodido. No puedo masticar nada y, para colmo, no me puedo ni peer, porque me voy por la pata abajo. Estoy de médicos hasta el gorro.  Me han dicho que tengo SIDA y que vaya no sé dónde para curarme. Pero yo ya estoy harto, tío. No me da la gana ir. A mí no me dan por culo esos matasanos.

– Di que sí. Cuando a uno le dan por culo, por lo menos elegir quién te va a dar.

Se despidieron. David avanzó, despacio, unos cien metros más, buscando su hogar. Comenzó a chispear y las fuerzas terminaron por traicionarle. Sobre su espalda, las gotas de la llovizna se mezclaron con un pequeño hilillo de sangre que iba cayendo desde poco más abajo de sus hombros. Pese a la lluvia, decidió sentarse en un viejo banco de la acera que aún estaba seco. Llevaba una mochila a cuestas, y, dentro de ella, algo le iba arañando y rasgando la piel por debajo de su jersey. Descolgó la dichosa mochila. Abrió su cremallera y extrajo de su interior un viejo trozo de chatarra, con restos de tacos y tornillos, todavía adheridos a la misma. La chapa tenía un tono azul en una de sus caras. La giró para verla. Frente a él un letrero rezaba una pequeña frase. Con mayúsculas. Tal cual él la sintió. Como un navajazo mortal. De sus ojos hundidos, y secos de tanto mundo, comenzaron a chorrear pequeñas esferas transparentes que terminaron por confundirse con las gotas de la lluvia.

No llegó a recorrer los pocos cientos de metros que le restaban hasta su casa. Se quedó dormido sobre el banco, mirando el trozo de chapa, que terminó por escurrírsele de los dedos, caer al suelo y colocarse entre sus pies.

En la madrugada, a las tres de la noche, mientras en el café Libertad, 8, Rosana volvía a cantar El Talismán, pasó el camión de la basura. Interrumpida, de vez en cuando, por los ruidos de los émbolos apretando la escoria, en la radio de la cabina se oía a Gloria Gaynor interpretando I Will Survive. Uno de los empleados del servicio bajó de la parte de atrás del camión e intentó despertarle. El corazón se le había petrificado para siempre. El trabajador recogió la chapa del suelo y abrió la puerta del camión para avisar a su compañero.

Cuando, por fin, llegó la policía, les ordenaron continuar con su ronda. El camión echó a andar. Según se alejaba, entre los tubos oblicuos de acero que iban presionando la inmundicia, un trozo de chapa azul se doblaba como si fuera papel. Tenía una pequeña leyenda que, ante la indiferente mirada del operario, al primer envite se desdibujó. Antes de perderse para siempre entre los residuos, en ella pudo leerse: CALLE DE LA LIBERTAD.

Y el camión engulló ese hierro.

(1) Así era conocida, en aquella época, una serie de prostíbulos clandestinos que se sucedían a lo largo de varias carreteras secundarias en el sur de la provincia de Alicante, conocido como la Vega Baja, y que recibía su nombre de la hortaliza predominante en los cultivos que existían a lo largo de la misma.