Butaca de patio

butacas 2

Su padre escuchaba al otro lado del teléfono, ofreciéndole la vida cómoda que siempre tuvo. Para él era su niña, su única niña. Mientras ella mordisqueaba la yema de sus dedos encallecidos, que asomaban a través de unos viejos guantes ya perforados, dos lágrimas, redondas como lunas, se congelaban en sus mejillas, al tiempo que entre sollozos se desataba:

– ¿Acaso tú sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es sentir un escalofrío que te congela las venas por unos breves segundos? ¿Sabes lo que es sentir un calambre que te recorre el cuerpo desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la coronilla? ¿Sabes lo que es embriagarse sin probar el etílico? ¿Sabes lo que es el hechizo de despertar el anónimo reconocimiento? ¿Sabes lo que es sentir el éxtasis -sí, el éxtasis-, como muy pocos hombres serían capaces de hacerte sentir? Un éxtasis que te eleva, que te hace sentirte orgullosa de ser tú y hacer lo que haces  ¿Tú sabes lo que es eso?

– No, no lo sabes. Pues de saberlo no me vendrías con esas monsergas. Y no, no te haré caso, porque yo sueño cada día con esto, trabajo cada día para esto y vivo cada día para esto. No concibo la vida sin esos segundos interminables en los que el público se pone en pie y aplaude sin parar tu trabajo. Algún día se lo diré. Algún día, cuando acabe la función, tendré que decirles para qué estoy allí. Y eso sucederá,  ¡vaya que si sucederá!

– ¿Que no me dará para comer? Hace tiempo que vivo en una miserable habitación de un piso mugriento y sin calefacción; que me salen sabañones en las manos y tengo los calcetines agujereados; que, en silencio y en secreto, acudo algunos días a comer a una casa de caridad. Me da igual. Yo sé que valgo para esto. Yo sé que puedo hacer vibrar a la gente con mi voz, con mis gestos, con mi risa, con mis lágrimas. Lo sé, aunque tú nunca me lo hayas querido reconocer. Aunque tú quisieras ver a tu niña estudiando leyes o quién sabe qué…. Y podría hacerlo. Y no solamente podría hacerlo, sino que, seguro, lo haría muy bien. ¿Pero es que no lo entiendes? ¡Yo he nacido para esto¡ ¡Yo he nacido para esto!

Como tantas otras, aquella tarde, Julia, con un halo de melancolía, se subió a las tablas. Su mirada cristalina hacía tiempo que se había ido apagando y el contorno de su cara no era cosa que una mueca de desánimo y retraimiento. No recordaba muy bien si fue la soledad de su condición de huérfana, la tristeza que acumuló esperando la misma, o las largas jornadas de trabajo de su padre, lo que un día la llevó triunfante a los escenarios; aquello que, inicialmente, fue sólo un juego de niños, en el que su madre gastó sus últimos cartuchos y emociones, se había convertido en la pasión de su vida. Quedaban lejos aquellos gloriosos comienzos en los mejores teatros de la geografía nacional, merced a su entusiasmo y natural talento. Desde allí, su espíritu rebelde y honesto le había hecho descender a los infiernos del ostracismo. Hacía tiempo que recorría la península, de pueblo en pueblo, representando el discurso de La Mujer Sola, de Darío Fo. En aquel momento y lugar, un mes de enero en un pueblo perdido, escenificaba el monólogo dentro de unas jornadas culturales subvencionadas por el ayuntamiento, de entrada libre y gratuita. La sala presentaba algo más de media entrada y Julia terminaba el acto de su parlamento. En una fila trasera, un hombre de mediana edad se levantaba de su butaca y caminaba hacia la salida de espaldas al escenario.

– ¡Oiga! ¡Oiga! Sí, sí. Me refiero a usted. A ese que intenta salir por la puerta.

 El hombre se giró; y ella, interrumpiendo su soliloquio, comenzó un discurso que llevaba tiempo quemándole las cuerdas de la garganta:

– ¿Cuánto lo ha costado la entrada? ¿Cuánto ha pagado por ver este espectáculo? ¿Nada? ….¡Pero, bueno!

– ¿Cuánto cobra usted por su trabajo? ¿Lo hace gratis? ¿Estaría dispuesto a hacerlo gratis? ¿Cree que su trabajo tiene más valor porque cobra por ello?

– No, no. No se dé la vuelta y míreme. ¿Se creería usted con el derecho de chulearme? ¿De negarme el pan que honradamente me gano? Sepa que yo vengo  aquí, exclusivamente, a cambio de una comida y unas cervezas a las que, graciosamente, me invita su pueblo ¿Vendería usted su trabajo por tan poco? Pues yo no. No estoy dispuesta a venderme ni a prostituirme por tan poco. Tras estos ropajes apenas ven mi piel, pero yo les aseguro que, cada tarde, desnudo mi alma para ustedes. ¿Cuánto creen que vale eso? ¿Cuánto? Yo me conformo con muy poco, pues lo que yo quiero es algo que sólo ustedes tienen y, si lo dan, no les supone un quebranto. Yo quiero algo que para ustedes es tan poco, y para mí ¡es tanto! Perdonen mi osadía y atrevimiento, pero ya que no alimentan mi cuerpo, háganlo, al menos, con mi espíritu.

– Sí, se lo diré muy alto y muy claro, para que nadie se llame a engaño. Mi padre me espera en una casa acomodada con suficientes posibles para darme una vida relajada. Y yo estoy aquí, renunciando a ella, con estas gastadas ropas y un único repuesto que me espera en el camerino, para darles entretenimiento. Así que, si no les importa, compórtense. Yo no regalo mi trabajo. Menos aún mi alma. Por todo ello, he venido por sus aplausos.  Sí, han oído bien: ¡he venido por sus aplausos! Si he hecho bien mi trabajo, ¡páguenme!

– ¿Usted qué piensa? ¿Me he ganado su aplauso? Pues si me lo he ganado, denme esa satisfacción. Porque, en otro caso, tendré que concluir que mi trabajo no es bueno, o que son ustedes malos pagadores, o, peor aún, que ustedes no son merecedores del mismo.

– ¿Y qué mejor juicio que su aplauso? Se lo volveré a repetir: he venido por sus aplausos. Y si no me han de pagar, ¿para qué voy a actuar? No saben a cuantas cosas he renunciado para estar aquí. Sé que mi trabajo es bueno: pongo todo mi ser y mi conocimiento en ello, al igual que lo ponía cuando triunfaba en las mejores salas. Por eso, ha llegado el momento de que aflojen su bolsillo, se quiten sus guantes, calienten sus manos y me paguen como es debido. ¡Es tan poco lo que pido! ¡Y es tanto lo que me enriquece! Usted decide: si sale por la puerta como un cretino y un miserable, o se comporta como un hombre digno y agradecido.

– He venido por sus aplausos. ¡Páguenme, pues!

El tramoyista dejó caer el telón y una delicada canción comenzó a sonar en la sala: tres notas de un bajo, unos dulces acordes de guitarra y, después, un suave redoble de tambor. Duffy cantaba Breath Away (1).

Desde el pasillo, con la boca abierta, el hombre no supo cómo reaccionar. Un tímido aplauso comenzó a sonar al noroeste de la sala. Le siguieron otros un poco más adelantados. El caballero de la puerta de salida dejó su sombrero sobre una butaca. Julia dio media vuelta y se dirigió a su camerino. Desde allí, llorando sus miserias, escuchó lo que sucedió a continuación. El resto lo dejo en vuestras manos. El invierno es frío. Quizá sea hora de ir calentándolas, pues son esas las mismas manos en las que Julia, conteniendo el aliento, dejó aquel instante.

(1) Sin aliento

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